Bundesarchiv, Bild 183-1990-0414-009 / Wolfried Pätzold / CC-BY-SA 3.0, CC BY-SA 3.0 DE , via Wikimedia Commons

La cancha en armas

Como el propio deporte, la violencia en el futbol se extendió desde su país de origen al resto del mundo. En México, los clubes, la prensa, los gobiernos y el crimen organizado alimentaron a la encarnación nacional de ese monstruo tan temido.
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En No Irish, No Blacks, No dogs, su biografía autorizada, John Lydon, exvocalista de los Sex Pistols y PiL, cuenta que siendo joven los deportes no le despertaban la menor emoción. Odiaba la gimnasia y el rugby. Pero, como buen muchacho crecido en Londres, debía elegir a un equipo de la liga profesional. Eligió al Arsenal, uno de los clubes de mayor tradición en la capital británica.

Cuando la futura voz del punk –cuyas armas eran las palabras– iba al estadio sucedía lo siguiente:

Me encantaba todo el caos que se montaba. El futbol era una auténtica anarquía que la policía no podía parar. Ni siquiera las propias bandas podían. Y sin embargo parece que no había heridos graves, las cosas se resolvían a puñetazos. Los cuchillos y las armas llegaron mucho después. A los que iban en bandas que llevaban navajas se les llamaba estúpidos. Si les hacía falta llevar armas era que eran incapaces de defenderse por sí mismos. Los clubes se hacían los tontos ante aquella violencia… lo cierto es que los clubes nunca han hecho nada para detener la violencia en el futbol, aparte de llenar las gradas de policías y eso no soluciona nada.

Lydon tenía diez años cuando Inglaterra albergó su primer Mundial de Futbol. En 1965, el Sun publicó un artículo con el inquietante título “El futbol va a la guerra”, que reportaba que un aficionado del Millwall había arrojado una granada a la cancha en el partido contra el Brentford. Ningún futbolista sufrió herida alguna, pero en las gradas la violencia fue incontenible. El artículo seguía diciendo: “La Asociación de Futbol ha actuado para erradicar la creciente violencia del populacho a menos de 48 horas del día más negro del futbol británico: el día de la granada, que demostró que los británicos pueden competir con los sudamericanos en lo que ellos puedan hacer. Faltan menos de nueve meses para la Copa del Mundo… el futbol británico está enfermo. O mejor dicho: sus masas parecen haber contraído alguna enfermedad que les hace estallar con furia”.

Veinte años después, en 1986, Norbert Elias y Eric Dunning publicaron un libro de oportuna relectura, en el que intentaron explicar, entre otras cosas, la violencia en los estadios de futbol. En Deporte y ocio en el proceso de civilización (publicado por el FCE en 1992), los autores cuentan que la inseguridad de esa “guerra ficticia con pelota” está ligada a sus orígenes. Dice Elias, por ejemplo, que un deporte parecido al futbol (reglamentado hasta 1863) fue prohibido por edictos de Eduardo II en 1314: “Dado que se producen grandes alborotos en la Ciudad debidos a ciertos tumultos ocasionados por los numerosos partidos de futbol en la campos públicos, de los cuales muchos males pueden llegar –Dios no lo permita.”

Sobre otro de los abuelos del futbol, el hurling, cuenta Elias:

Si alguien resultaba con algún hueso roto en el transcurso del juego, si alguien moría ocasionalmente debido a las lesiones recibidas en el el juego; si, en resumen, todo esto infringía las leyes del rey y era desaprobado por sus representantes, los habitantes del lugar, tanto campesinos como terratenientes, disfrutaban con el juego y se burlaban de esa leyes sin ningún reparo.

La violencia inglesa en el futbol –ya documentada en la prensa en 1899 por el Liverpool Echo– se extendió, como la pelota y la corbata, en los mismos barcos en los que viajaba el balompié. Elias y Dunning demostraron que la cerveza y lo que sucede en la cancha –muchos de los ultras de hoy ni siquiera se enteran del transcurso de los partidos– no son causales definitivas de la violencia en las tribunas.

Esas causales están más relacionados con lo que pasa fuera de los estadios: desigualdad económica, educativa, grupos de choque y una mal entendida masculinidad. Estudios recientes

{{ Entre ellos: José Garriga Zucal (comp.), Violencia en el futbol. Investigaciones sociales y fracasos políticos, Ediciones Godot, Buenos Aires, 2013. }}

 confirman que la delincuencia organizada y el narcotráfico han jugado un papel relevante en el aumento de las agresiones dentro de los estadios. Argentina, Chile, Uruguay y Brasil (en el caso de América Latina; porque también sucedió en el resto de Europa y África) padecieron muy pronto los estragos de la creación de grupos ultras en las filas de sus principales clubes. Pero, como decía Lydon, sus gobiernos y federaciones no hicieron mucho para evitar sus consecuencias, algunas veces letales.

En el caso mexicano, los dueños de clubes –Pachuca, Atlas, América, Pumas, Tigres, Monterrey, Toluca y Cruz Azul, entre otros– comenzaron a promover grupos radicales en las tribunas mexicanas al estilo sudamericano desde mediados de los años 90. Pagaron entradas, viajes y parafernalia a extremistas de “hueso colorado”, sin revisar sus antecedentes penales. Andrés Fassi, del Pachuca, fue uno de los iniciadores de la “nueva moda” del balompié nacional, en cuyas arenas los casos de violencia desenfrenada habían sido pocos hasta entonces. Fassi creía que las tribunas nacionales necesitaban vida y corazón. 

Para los argentinos –la mayor parte de los jugadores extranjeros contratados por equipos mexicanos tenían esa nacionalidad– era inentendible que dos aficionados de equipos rivales se sentaran lado a lado en las gradas de los estadios. Los mexicanos no tienen sangre por los colores, dijeron entonces. Y así, los dueños de la pelota crearon, mantuvieron y fomentaron a las “barras bravas” –nombre espantoso, por cierto– para suplir a la ingenua e inocente “porra” mexicana que no pasaba del cachún cachún rara.

El futbol mexicano comenzó a “argentinizarse”, por así decirlo. Los astros hablaban con números y no con posiciones: el centro delantero pasó a ser nueve, y el volante, diez. Los cánticos, inusuales en México, se volvieron cosa de cada semana en todas las arenas del país: ¡Cómo no te voy a querer! La prensa jugó su papel: alimentó –e inventó– el “odio” entre clubes de zona; clásicos, los llamaron. Los jilgueros de las televisoras se hicieron del suyo, inventando rivalidades. El lenguaje –siempre torpe– se volvió ofensivo y discriminatorio: “Cruz Azul juega a la paternidad del América”, por ejemplo. Otro: “Pumas es papá de…”. Así de simples.

Al tiempo que los dueños de la pelota alimentaban a las “barras bravas”, la delincuencia organizaba sus filas en el país, controlando zonas donde el Estado de derecho estaba ausente. De pronto esos grupos radicales comenzaron a vender drogas dentro de los inmuebles con total impunidad. Y luego, entraron al estadio con armas, mientras a los aficionados se les impedía entrar con cinturones y banderas. Y el Estado, el gobierno federal y los gobiernos estatales y locales hicieron mutis y se convirtieron en cómplices de una subindustria de la muerte. Nadie dijo nada. Hubo avisos y muchos.

Nació así la encarnación nacional del Golem tan temido por los diarios ingleses. Todos los involucrados –dueños, jugadores, directores deportivos, marcas, prensa y aficionados– pagarían el precio de la infamia: todos, en alguna medida, son culpables de la tragedia queretana. 

Diría Lydon: las armas y los cuchillos llegaron después, es decir: ayer.  

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