Brigitte Lacombe

Entrevista a Leon Wieseltier: “La identidad es el principio, pero no es nunca suficiente, y no puede ser el fin”

Es un intelectual influyente y a menudo polémico, y un escritor singular, perspicaz y profundo. Ahora dirige la revista 'Liberties'. En esta entrevista habla del trabajo del editor, de sus orígenes y de su cancelación, y de sus ideas sobre la cultura y el liberalismo.
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Leon Wieseltier (Nueva York, 1952) fue el editor literario de The New Republic durante más de treinta años. Reinventó la sección y la convirtió en una referencia. Ahora dirige la revista Liberties. Autor de ensayos como Against identity y Kaddish, traductor de Yehuda Amichai, responsable de una antología de Lionel Trilling, es un intelectual conocido, influyente y a menudo polémico, y un escritor singular, perspicaz y profundo: sobre cuestiones de filosofía, de política internacional, del liberalismo y su autocrítica, del judaísmo e Israel. Combina el gusto por la filosofía y la aspiración al examen profundo de las ideas y la cultura con una personalidad llamativa y amistades conocidas, de Barbra Streisand a Larry McMurtry, pasando por Leonard Cohen. En 2017, en el momento álgido del movimiento MeToo, varias mujeres reprocharon a Wieseltier una conducta inapropiada hacia sus subordinadas en The New Republic. El editor se disculpó; fue expulsado de The Atlantic, Brookings Institution y otros puestos; también se suspendió un proyecto de revista. En esta conversación, por videoconferencia, hablamos del trabajo del editor, de sus orígenes y de su cancelación, y de sus ideas sobre la cultura y el liberalismo.

Alguna vez ha dicho: antes que un escritor estadounidense soy hijo de mis padres.

Por un lado, uno siempre debería ser cuidadoso a la hora de derivar la visión del mundo o las opiniones políticas de los orígenes que tenga. Buena parte de la vida intelectual consiste en ofrecer una resistencia a los propios orígenes. Es una obligación intelectual desafiarlos, aunque uno acabe llegando a un lugar similar. Pero desde el principio me pareció claro que una de las razones por las que he dedicado gran parte de mi trabajo a cuestiones de genocidio y derechos humanos tiene que ver con la experiencia de mis padres como judíos polacos durante la Segunda Guerra Mundial, durante el Holocausto. Había otras razones. Después de estudiar filosofía durante muchos años, decidí estudiar historia judía a nivel avanzado, por varios motivos. Uno de ellos era que para mí la historia del pueblo judío es una de las historias humanas más primarias, antes incluso de ser una historia judía. Es una historia humana. Y una de las implicaciones de esa historia humana es la primacía de la preocupación por la justicia y la realidad de la injusticia. Cualquiera que haya estudiado la historia judía lo sabe. Saldrá sabiendo de algo más que de los judíos: sabrá de la crueldad y resiliencia humanas. Sabrá de ángeles y demonios. De algún modo, mi origen era ser el hijo de mis padres, y eso fue muy formativo. No me siento avergonzado por decirlo, me siento orgulloso.

Ha escrito Kaddish y varios ensayos sobre el tema.

Está el judaísmo como religión, con el que tengo una relación profunda y muy complicada. Ser judío es difícil de definir, porque somos un pueblo, una religión y una civilización. Lo que no somos es una etnia o una raza. Como somos una cultura y un pueblo y una religión y las fronteras son muy porosas, tu obligación más importante como judío es estudiar para llegar de manera inteligente a tu propia comprensión y práctica de las relaciones entre la religión, el pueblo y la civilización. Es una tradición escandalosamente rica. No tiene fondo. Ser un judío reflexivo, honrar a las obligaciones intelectuales, requiere una gran cantidad de trabajo.

Ha hablado de ese trabajo sobre cuestiones como el genocidio y los derechos humanos y su relación con los valores liberales. La guerra de Ucrania, en la zona donde se empezaron a plantear algunos de esos debates, hace que para muchos la cuestión sea menos teórica y más acuciante.

Tiene que ver con el liberalismo clásico, no el izquierdismo. El futuro de nuestra historia en Occidente vendrá determinado por la capacidad de establecer una distinción entre el liberalismo y la izquierda. Porque si no, estamos perdidos. El liberalismo fue el arreglo más amable y justo, desde el punto de vista político y moral, que se ofreció nunca a los judíos. Dicho esto, yo no soy liberal por ser judío; soy un judío agradecido al liberalismo. Mi liberalismo no viene del judaísmo; el liberalismo fue una innovación moderna. Era algo nuevo, aunque uno pueda encontrar atisbos y precursores. Hubo una ruptura que se produjo en Occidente en algún momento de finales del siglo XVIII y a comienzos del siglo XIX. Los liberales ofrecían razones genuinas para la esperanza –las libertades civiles, más justicia social y aceptación y tolerancia–, y eso era algo nuevo. El intento de derivar estos derechos modernos, y esas bendiciones modernas, de la religión es erróneo. Si quieres valores liberales, no vayas a la religión porque aunque encuentres algunos, los conservadores o algo peor van a ganar en ese juego. El liberalismo era algo que podía desarrollarse internamente a partir de la cultura occidental y de la política y la economía. Y ofrecía a los judíos y a muchas otras minorías oportunidades, beneficios y derechos que no disfrutaban antes. También hay una diferencia entre el liberalismo y la experiencia judía del liberalismo en Estados Unidos y en Europa. Europa estaba en una situación más delicada porque los derechos no se consideraban axiomáticos. Los otorgaba el rey, con las cartas de tolerancia y esas cosas, y los derechos que se dan se pueden quitar. Así sucedió al final en la mayoría de los países europeos. Todos conocemos la historia. Estados Unidos es por definición una sociedad pluralista y multiétnica, y Europa o sus Estados nación discuten si podrán verse un día como sociedades multiétnicas. A menudo prefieren describirse como sociedades con mayorías nativas y un problema de minorías. En Estados Unidos no tenemos algo así, aunque tengamos multitud de otros problemas. No tenemos ese problema de legitimidad de las minorías. 

Algunos, como John Gray, dicen que el liberalismo pecó de arrogancia tras la caída de la Unión Soviética. Y que las políticas de la identidad en las universidades también tienen algo de liberalismo tergiversado, transformado en un visión dogmática.

La política de la identidad es un error y se practica más entre los progresistas. Una de las diferencias centrales entre liberales y progresistas es que en cuestiones de derechos y libertades civiles, y ahora hablo de la situación en Estados Unidos, los progresistas preferían basar esos derechos en la política de la identidad, en celebraciones de la diferencia o celebraciones de identidades particulares. Los liberales prefieren basar los derechos y libertades civiles en principios universales que obviamente respetan las diferencias. Pero consideran que las similitudes entre los diferentes son el cimiento de la justicia, la tolerancia y la equidad, y se preocupan si les parece que subrayas demasiado las diferencias. No hay duda de que la celebración de la diferencia es una de las actividades primarias del fascismo. Así que los liberales y los izquierdistas, o si prefieres los progresistas, tienen enfoques distintos de la política de la identidad, y desde mi punto de vista, aunque es honorable respetar la identidad propia y cumplirla, no es el logro más alto que puede alcanzar un ser humano. En cierto momento debes hacer que tu propia tradición sea extraña para ti. Y uno debe entrar en el mundo más amplio. Cuando lo hace, lleva consigo su tradición. No estoy a favor de los casos más drásticos y no respeto a la gente que no es otra cosa que sus raíces. Los seres humanos no somos plantas. Y si somos plantas, somos más que raíces. Las plantas tienen ramas y flores y hojas. La identidad es el principio, pero no es nunca suficiente, y no puede ser el fin. 

Lionel Trilling fue importante para usted.

Sí, fue mi maestro y tuvo un enorme impacto sobre mí. Yo estaba estudiando en Columbia, era 1973. Había estudiado filosofía. Él anunció un curso sobre Jane Austen. Y yo quería hacerlo. Así que fui. Debía de haber unas mil personas, porque Trilling era la mayor celebridad intelectual del campus, y uno de los héroes intelectuales de su época. Anunció que, a causa de esa asombrosa asistencia, sobre la que escribió en el comienzo de un ensayo que dejó incompleto al morir dos o tres años más tarde, solo los estudiantes de licenciatura y posgrado de literatura inglesa serían aceptados. Yo era un joven intelectual judío, hambriento y algo irritante, y no aceptaba un no por respuesta. Así que llamé a la puerta de su oficina para pedirle misericordia y me dejó entrar. Tuvimos una primera conversación extraordinaria al final de la cual me dijo: no puedo aceptarte en el curso, pero te daré una tutoría privada semanal a partir de unos libros que propondré. Se me abrió el cielo. Lo hicimos durante el curso. Fue muy importante para mí. Aprendí mucho de él, de su seriedad.

Otro de sus maestros es Isaiah Berlin.

Fue mi otro padre. El segundo nombre de mi hijo es Isaiah. De nuevo, fui el estudiante más afortunado que ha nacido. Cuando iba a Oxford, Trilling escribió a Berlin para decirle: “Te voy a mandar a este joven; por favor cuídalo.” Y me cuidó. Nunca fue mi profesor oficialmente. Pero pasaba cada sábado por la tarde por su casa, en Headington. Subía en bicicleta una colina alta. No era divertido, pero merecía la pena. Fui a Oxford a estudiar filosofía. Pero la filosofía que se enseñaba era analítica, una filosofía angloamericana. Era lógica, para la que no tengo talento, y filosofía del lenguaje, por la que siento muy poco interés. W. V. Quine, Saul Kripke y Donald Davidson habían estado allí antes. No era una situación agradable. E Isaiah me ofreció un refugio. Leía cosas y las debatía con él y discutía mis lecturas con otros tutores. Tenía tutores maravillosos que me enseñaron muchas cosas, pero en los márgenes de la lógica y el lenguaje. Fui increíblemente afortunado. Lo echo de menos cada semana. 

Para muchos, usted era sobre todo el editor literario de The New Republic.

Sí, entre 1983 y 2014, cuando su dueño la destruyó y me fui. Era una situación ideal. Me alegra decir que la he reproducido en mi nueva revista, Liberties. Tenía verdadera libertad para escribir y editar. Martin Peretz era el camarada y dueño más tolerante e ilustrado con el que he trabajado. Pude usar mis páginas para crear un público atento a una especie de agenda intelectual. Nuestros temas eran el odio al antiintelectualismo, la defensa de las humanidades, la desincronización de la política y la cultura, para que se considerasen dominios independientes. Trataba del deber de la crítica negativa. No estábamos solo para elogiar, sino para orquestar luchas y montar peleas. Y no lo hacíamos porque fuésemos agresivos y belicosos: reaccionábamos a los ataques a cosas que apreciábamos. 

Hace años decía: “Vivimos en una época llena de elogios inmerecidos.”

Y seguimos así. Las críticas negativas siempre recibían acusaciones. Pero la cuestión no es si uno es negativo o positivo. La verdadera pregunta para un intelectual es: ¿crees en algo? Y cuando digo “creer” no me refiero a opiniones. Tampoco a prejuicios o estados de ánimo. Quiero decir creencias, posiciones que pueden defenderse con razones que son producto de una reflexión cuidadosa, que son conceptual e históricamente defendibles. La revista era el producto final de una buena cantidad de trabajo intelectual. La primera responsabilidad, por tanto, es tener creencias. Si las tienes, elogiarás o condenarás de acuerdo con ellas. Y si tus creencias se vuelven impopulares, te descubrirás escribiendo muchas críticas negativas, porque estarás defendiendo tus creencias contra críticas que te parecen injustas o incorrectas. Eso es lo que solíamos llamar la batalla de las ideas. Y a mí me gusta la batalla de las ideas. La sociedad abierta se creó para la batalla de ideas. La democracia se creó para la batalla de ideas. Impone una enorme obligación intelectual a los ciudadanos comunes, porque nos gobernamos. A contar nuestras opiniones lo llamamos votar: la cuestión de la calidad de nuestras opciones es decisiva para la calidad de nuestra democracia. Y si nuestras opiniones solo son prejuicios, cambios de humor o tópicos, nuestra democracia se hunde. Cierta versión de la democracia se construyó para la confrontación intelectual, para el conflicto intelectual. No ocurre con todas las versiones. La idea francesa, la versión de Rousseau, tiene una fantasía de la voluntad general, la confianza en que algún día todos estaremos de acuerdo. Como judío que heredó el Talmud y como estadounidense que heredó los Federalist papers sé que nunca ocurrirá. La gente que comparte mis creencias no alberga una fantasía de unanimidad, de acuerdo perfecto. En vez de eso, tenemos que equiparnos para la reflexión rigurosa. Trilling, Isaiah y otros de mis héroes eran los antiestalinistas que también estaban contra McCarthy. Participaron en la batalla de ideas, en una época en la que el coste personal en términos de trabajo y amistades era muy alto. Pero pienso especialmente en eso ahora, sobre todo cuando todo parece a punto de volver a irse al infierno. Tenemos que renovar el conflicto entre demócratas y autócratas, como dice Biden. Los talentos de la creencia fuerte y el argumento riguroso nunca fueron más necesarios. La paradoja es que vivimos en una época, en buena medida a causa de las redes sociales, en la que más que nunca antes el argumento riguroso tiene dificultades para encontrar una audiencia y ser respetado. La montaña que debemos escalar es mucho más alta. 

Esta confrontación de ideas, esa diversidad de voces, ¿debería estar dentro de la propia revista?

Lo que distinguía a The New Republic es que algunas de las peleas más importantes de la época se mantenían en nuestras páginas, y no estábamos de acuerdo entre nosotros. Y no creíamos, o al menos yo no creía y muchos otros tampoco, en la idea de una cosmovisión holística, en la que todo encaja, en la que todo va junto, en una época intensamente ideológica. La mayoría de la gente cree en esas cosmovisiones holísticas: si estabas a favor de la invasión de Irak también estabas en contra del matrimonio homosexual. Por supuesto, una cosa no tiene nada que ver con otra. Para mí, una de las ideas fundamentales del liberalismo es que vivimos en muchos dominios a la vez, y no hay ninguno que controle todos los demás. El mayor peligro que corremos es reducir cualquiera de esos dominios a uno de los otros. En la antigua The New Republic no respetábamos algunas nociones ideológicas de consistencia. Podíamos estar a favor de una política exterior estadounidense fuerte, y del matrimonio gay y la discriminación positiva. En ese sentido, no encajábamos. El gran crítico Irving Howe, que escribió mucho para nosotros, decía: “Si lees un número de The New Republic de principio a fin, te quedas bizco.” Siempre he pensado que una revista debe tener un núcleo de convicciones. No puede incluirlo todo, porque entonces no significa nada. Pero debe hacer que el núcleo de convicciones sea pequeño, y reconocer que hay muchas cuestiones urgentes que no tienen respuestas obvias. Hay una cantidad muy saludable de desacuerdos que pueden producirse en la órbita de ciertas creencias fundamentales. De lo contrario, tenemos una serie de catecismos, y eso es el fin del pensamiento.

La crítica literaria era más relevante que ahora.

Era muy diferente. Siempre ha habido escritura filistea sobre libros, y había el mismo pastoreo del consumidor, qué novela debería llevarme a la playa, cuál es el mejor libro de Hemingway y cosas así. Pero hubo un largo periodo en el que la crítica literaria fue un género primario de ideas, donde el objeto no era solo analizar formalmente una obra de arte, aunque eso también era parte del asunto, sino incluir ideas sobre lo humano, sobre el mundo, sobre la realidad, como parte del proyecto de la crítica. Algunos dicen que esa vocación se remonta a Matthew Arnold; sin duda, yo la heredé de Trilling, que lo reverenciaba. Este tipo de crítica empezó a finales del XVIII y comienzos del XIX, en algunos textos sobre el tema en Francia y en la estética de Hegel, que me parece la primera gran obra de la crítica moderna. Ahí surge la idea de que no evalúas solo una novela, un cuadro o una obra de ballet en sus propios términos, y que no solo lo haces formalmente, aunque también, sino que utilizas las obras de arte como inspiración de conceptos sobre la verdad, la bondad y la belleza. Ahora, por una amplia variedad de razones, la crítica literaria ha degenerado en opiniones sobre libros, cuadros y en el tipo de política intestina de ciertas subculturas de nuestra sociedad. La magnitud intelectual de la crítica literaria ha desaparecido casi por completo. En The New Republic, cuando asignaba una nueva novela para que la reseñaran, especialmente cuando tenía al excepcional crítico James Wood, hablábamos mucho del tema. Una reseña debería tener una idea que sobreviva cuando el libro se haya olvidado. 

En 2020 lanzó su nueva revista, Liberties.

Fue una intervención angelical en mi vida. Estaba sentado en el salón de un viejo y querido amigo, un hombre muy notable, culto, un diplomático distinguido. Dijo: “Estoy harto de no leerte a ti,  de no leer a tus escritores. Hemos juntado dinero y vamos a empezar una revista.” Esto fue inesperado, fui rescatado de mi reciente aventura. Y hemos disfrutado no solo de su apoyo personal, sino de su apoyo a mi idea de lo que es Liberties. La revista fue diseñada para superar las noticias, para ser contracultural en su tempo. Se diseñó como una respuesta a la aceleración, para reforzar una especie de vieja paciencia intelectual. La premisa de las redes sociales es que la primera idea de una persona es su mejor idea, y sabemos que esa es una de las mayores estupideces que pueden pensarse. No mantendríamos el ritmo, que es lo que ahoga a todo el mundo. Luego pensamos –mi ángel, mi editor, la editora gerente Celeste Marcus, y un grupo de amigos y camaradas– que Liberties debía aportar un hogar para la escritura liberal clásica. Hemos publicado a liberales, progresistas y algunos conservadores, pero todos comparten una devoción básica a un orden liberal. Y en ese orden liberal hay desacuerdos. Quería clarificar la distinción entre liberalismo y progresismo. Quería exonerar al liberalismo de todas las cosas horribles que se dicen de él, porque ahora el liberalismo es un insulto. Y el neoliberalismo todavía más, aunque nadie sabe lo que significa. El liberalismo cometió errores y crímenes, como toda ideología. Pero tiene mucho menos por lo que sentirse culpable que el fascismo y el progresismo, mucho menos. El liberalismo nunca mató a millones y millones de personas inocentes.Y no suprimió ninguna fe. Me harté de todas las calumnias contra el liberalismo. Quería abrir un camino para rehabilitar y renovar lo que solíamos llamar una imaginación liberal. Ese era el otro objetivo de Liberties. Y eso se haría por medio de ensayos. En nuestra cultura, escribes mil palabras y lo llaman ensayo. Mil palabras no es un ensayo, es un post, pero un post son trescientas palabras. Quería publicar prosa argumentativa basada en convicciones y con estilo, a la antigua usanza. Pero, cuando miraba a mi alrededor, la antigua usanza había muerto. Ahora ni siquiera hablan de ensayos. Lo llaman longform journalism. Liberties no publica periodismo, publica pensamiento. Obviamente, los periodistas también pueden pensar y los pensadores también dependen del periodismo, necesitan estar informados. Hay un solapamiento entre el periodismo y el discurso intelectual, pero no es lo mismo. En Liberties quería resucitar la atmósfera de cierto discurso intelectual. La respuesta ha sido totalmente gratificante. La gente entendió que estábamos intentando llenar un vacío. Y entendían cómo intentábamos hacerlo. La verdad es que florecemos. 

¿Cómo se hace la revista?

Tengo una larga lista de cosas en la cabeza sobre las que creo que se debe escribir de cierta manera. También tengo la suerte de gozar de la amistad de muchos escritores e intelectuales talentosos, a los que se les ocurren ideas. Debe haber cierto equilibrio entre la cultura y la política, hablamos de las dos cosas porque ambas nos parecen primarias para la vida humana. La política no se puede reducir a la cultura y la cultura nunca debe politizarse. Puedes mezclar tecnología, política, sociedad; tiene que haber cierto equilibrio entre temas estadounidenses y del resto del mundo. Ha sido maravilloso tener muchos grandes escritores de todas partes en Liberties. Teníamos criterios informales para cada número. Sale cada cuatro meses, no vamos a estar en la actualidad tanto como los demás. Pero tampoco editamos pensando en la eternidad. No podía faltar la poesía, como no puede faltar en la vida. En la antigua revista, y en otros medios, se solía publicar un poema de un autor cada vez. Pensé que nuestros lectores debían estar tan familiarizados con nuestros poetas como con los autores de nuestros ensayos. No parecía justo darle mil palabras a un autor en prosa y un poema a un poeta. Así que publicamos muchas páginas de poesía. Normalmente tenemos tres poetas en cada número. Y somos muy receptivos a las traducciones.

Ha dicho que no es un editor, sino un escritor que edita.

No soy un editor. No nací para serlo. Todo lo que sé sobre editar lo he aprendido de la escritura. Y siempre he pensado que con una o dos excepciones, muy pocos grandes editores de verdad han sido también escritores. Uno de los principios cardinales de mi manera de trabajar es que si, como editor, quieres que un autor haga cambios en su artículo, estupendo, pero no le quites la gracia al texto. Mi trabajo es hacer a mis autores felices dejando que digan lo que quieren decir y de la manera en que quieren decirlo. Siempre estoy buscando escritores jóvenes. Lo más excitante del trabajo de editor es enseñar. Como editor, quiero ser el primer lector que admira lo que ha escrito mi autor. No soy un editor agresivo porque me interesan mucho las diferencias en las voces de la gente. Hay editores que intentan que las voces suenen más o menos igual. A mí me encanta la cacofonía, me encanta la idea de muchas orquestas tocando en la misma sala a la vez. No soy un editor muy agresivo también porque escribo. Tuve mucha suerte en The New Republic y ahora en Liberties, porque puedo ganarme la vida como escritor y editor, nunca aceptaría ganarme la vida solo como escritor, porque no escribo de forma constante y no me gustan muchas de las cosas que empiezo. No quiero ser responsable de producir cierta cantidad de palabras en determinado momento. Eso no es para mí. Es una habilidad, pero no es para mí.

Escribe de muchos temas en un momento de especialización. 

Un intelectual debe decidir lo que considera importante en la vida. Y esos temas sobre los que escribir y pensar pueden ser diez o cien. Yo tengo un temperamento estudioso. Intento seguir mis intereses con mucha profundidad. Mi identidad es congruente. Hay una diferencia entre una identidad incongruente y un diletante. Y hay una diferencia entre una variedad de intereses intelectuales y la promiscuidad. Yo quería tener un conocimiento especializado de dos temas. Estudié filosofía muy intensamente, y hasta cierto punto todavía lo hago, y estudié historia judía, y por tanto historia medieval de las religiones, muy intensamente por la misma razón, y todavía lo hago en la medida en que el tiempo lo permite. El peligro es el dilentantismo o, por emplear una palabra diferente, la sofisticación. Detesto la sofisticación: significa que tienes tres buenas frases que decir sobre cien cosas. Sirve para ser el invitado ideal a una cena, pero me interesa algo más profundo, y hay temas que no domino, como las ciencias físicas. Si alguien me manda un texto de biología molecular, no tengo ni idea, debo ser sincero: me avergüenza decirlo. Uno debe ser humilde. Pero si uno se toma la molestia, puede alcanzar cierto nivel de comprensión sobre las cosas que le preocupan.

Cuando estalló el Me Too, usted fue cancelado. 

Fue una experiencia muy desagradable. Pedí disculpas inmediatamente. Se me trató de manera injusta. No hubo un proceso. Hubo una masa; cada alegación se consideraba verdadera. Si querías defenderte, nadie escuchaba. Si otras personas querían defenderte, nadie las publicaba. Y no había distinción, ninguna idea de proporcionalidad. La proporcionalidad es un elemento central en la justicia verdadera. Si luchas por la justicia y haces algo que es desproporcionado, actúas injustamente. Hay cosas horribles que los hombres hacían y hacen a las mujeres. Lamento la falta de respeto que mostré hacia algunas. Resulta un poco cutre decir que mis pecados no eran muy grandes, porque hace que parezca que mi arrepentimiento no era muy grande. Diré que mi arrepentimiento era proporcionado a mis pecados, y mientras la gente hablaba de que yo había descrito maravillado la escultura helenística de un hombre desnudo, había mujeres que eran violadas. Pedí disculpas, me fui, hablé con mi conciencia, pensé mucho, leí mucho. Dormí mucho. Me preocupé mucho. Aprendí mucho.

Parte de lo que aprendí lo conté en un ensayo que salió en el primer número de Liberties. Aprendí cosas que no habría sabido o que no habría conocido con la fuerza con la que las conozco ahora. Estoy harto de que se cometan injusticias contra gente que solo comete errores. Como parece que ya nada es obvio, en esa categoría no incluyo a personas como Harvey Weinstein. En los tres meses después de que esto ocurriera, mi hijo adolescente me preguntó: ¿esto es como el macartismo? Había leído El crisol de Arthur Miller en clase. Dije: bueno, había una lista y salió antes de que se probase nada. Una acusación era igual que una condena. No era posible ninguna defensa. La gente perdía sus trabajos inmediatamente. Así que, sí. Y le dije: “Pero tienes que saber otra cosa del macartismo. Había algunos comunistas en el departamento de Estado. Tienes que entender que McCarthy era malvado. Pero también había villanos.” Algunas de las personas con las que luchó eran villanos. Y sobre la cuestión del acoso sexual y el abuso, no hay duda de que había muchos villanos. La cuestión es: ¿a quién contamos entre ellos y por qué? Me preocupaba mucho que nos estuviéramos convirtiendo en una sociedad totalmente carente de perdón. Una de las lecciones que aprendí de lo que me pasó no es sobre la importancia del perdón sino sobre la dificultad de perdonar. Es un verdadero logro espiritual conceder el perdón. Espero que la tempestad amaine y que lo que quede sea una mayor conciencia de las posibilidades del abuso y también una mayor conciencia de los peligros de injusticia cuando tratamos el abuso. 

De todas formas, un día, de repente, estaba sentado en el salón de casa de mi amigo y este dijo: vamos a empezar una revista. Lo hicimos… Lo que más me importaba en ese periodo era mi hijo. Y cómo lo manejó me hace llorar, y sus amigos también. Pero esperaba que esto no me afectara intelectualmente, y bueno, toco madera y demás cosas supersticiosas, pero Liberties ha sido recibida con más afecto del que esperaba. Por supuesto, uno puede criticar la revista hasta hartarse, si tienes la piel fina no deberías dedicarte a esto, pero estoy muy agradecido por el respeto y la acogida que ha tenido. 

En los perfiles y en sus textos, como su recuerdo de Larry McMurtry y Zagajewski, la amistad parece un asunto importante.

He tenido mucha suerte con mis amigos. Hay una hermosa expresión en hebreo, yedid nefesh, amigo del alma, amigo de mi alma. Su aparición más célebre es en un poema dirigido a Dios. Es una cualidad divina. He tenido muchos amigos, hombres y mujeres, con los que la conexión era muy profunda. Por ejemplo, ante una interpretación de Chopin o ver artesanía navaja. Uno lo descubría y necesitaba que el otro lo conociera. La mayoría de mis mejores amigos no viven en la misma ciudad que yo. Pero son una presencia constante en mi conciencia: comparto el mundo con esa gente. No es solo que estén ahí si los necesito. Es que estamos buscando juntos: a mil kilómetros siento una vibración en el aire. Y cuando mueren, una de las sensaciones es que esas vibraciones desaparecen. Tengo que contentarme con su recuerdo, que es valioso pero muy distinto.

En español también tenemos la expresión amigo del alma.

Este poema se llama Yedid nefesh, se compuso en el siglo XVI. Se le añadió música, es una canción muy bonita. Era una nana que le cantaba a mi hijo cada noche cuando era pequeño.

Ha dicho antes que todo parece irse al infierno.

Han pasado más de treinta años desde la caída del muro de Berlín. Vemos el ascenso de dictadores, el mundo se convierte en un lugar genuinamente estúpido. Y la guerra de Ucrania es la expresión más extraordinaria de esa lucha. Los ucranianos luchan por nosotros. La razón por la que Putin atacó Ucrania, da igual lo que diga, era que quería detener la expansión de la democracia liberal. Cuando recuerdas la emoción de los movimientos disidentes contra el comunismo, la caída de la Unión Soviética y la emancipación de Europa central y oriental, o la ola democratizadora en América Latina o la Primavera Árabe, ves que hemos vivido momentos de verdadera excitación, en los que sentías alegría al ver la dirección de la historia, para caer decepcionado rápidamente. Pero todo verdadero liberal sabe que el progreso no es inevitable, lineal ni irreversible. No hay un final hacia el que vayamos, como querrían los marxistas. No hay fin de la historia: ni el de Marx ni el de Fukuyama. Son perpetuos altibajos: la lucha nunca termina. No es un problema de que veamos una crisis o la catástrofe del ascenso de autocracias y dictaduras. No es un acontecimiento, es toda una era. Va a llevar tiempo. Y supondrá mucho trabajo para mucha gente, requerirá sufrimiento y heroísmo en algunos lugares invertir esa tendencia. Debemos tener la mentalidad no de arreglar un problema sino de participar en una lucha. La buena noticia es que el regreso de estas dictaduras de derechas se debe al hermoso hecho del progreso moral y social que hemos alcanzado en Occidente. En los últimos cincuenta años, en cuestiones de género, raza y clase –quizá menos en clase en los últimos tiempos– hemos progresado mucho. El fascismo siempre es una expresión de pánico. Quienes desean continuar viviendo con ciertas injusticias sienten pánico. Los que están satisfechos con nuestros arreglos sociales tal como eran hace cincuenta o cien años tienen miedo. Es bueno que así sea. Por otra parte, cuando sienten pánico, mucha gente sufre. Estamos en medio de una lucha clásica liberal. Putin ha hecho un gran favor a Occidente aclarándolo. Hasta el 24 de febrero en Occidente estábamos debatiendo sobre liberalismo y el posliberalismo y el protofascismo y el comunitarismo; los crímenes y límites del liberalismo, etc. Y hacíamos eso mientras el fascismo esperaba tomar el escenario. Putin ha mostrado que estas calumnias contra el liberalismo no tenían sentido. O tenemos un orden liberal, con aire, o no podremos respirar. Ahora Zelenski es nuestro maestro. Fui por primera vez a Kiev en 2014. Pensaba: voy a una ciudad que aspira a ser europea. Pero al llegar vi que no era eso: ya era una ciudad europea. Y eso es lo que supone una amenaza para Putin, y por lo que luchan los ucranianos. La idea de que el orden liberal era el problema ha sido refutada por Putin. 

También hay tendencias iliberales en las democracias.

Los historiadores mostrarán que la crisis política en Estados Unidos no empezó con la elección de Trump. Y que ni siquiera consistió en su elección. El problema se produjo cuando el Partido Republicano lo siguió. Podíamos haber tenido a este presidente absurdo, nuestro Berlusconi, y que el partido no le hubiera seguido. Muchos sabían lo que arriesgaban, porque siempre habían soñado con dos cosas: un recorte fiscal y el Tribunal Supremo, y este cretino analfabeto protofascista les consiguió las dos. Seis conservadores en el Tribunal Supremo. Merecía la pena. Y ganaron de nuevo a los demócratas. Obama era el paraíso de los idiotas. Durante ocho años todo trataba de Obama, lo maravilloso y sexi y cool que era. Y mientras tanto, ni siquiera bajo la superficie, el país empezaba a explotar. No se puede entender la elección de Obama sin los ocho años de Bush que lo precedieron, ni la de Trump sin Obama. Pero no puedes decirle esto a los demócratas. 

Lo que tenemos es una lucha para las generaciones venideras, en la política y en la cultura. Me preocupa más la lucha cultural que la política. Porque políticamente puedes elegir a otro presidente. Biden fue elegido: un milagro, pero lo elegimos. Pero no hay elecciones para la cultura y no puedes legislar la cultura. No hay un tribunal supremo para la cultura que te diga qué debes hacer. La lucha política es contra la derecha etnonacionalista, la lucha cultural es contra la izquierda progresista. Uno debe estar en ambas a la vez. Algunos te dirán que precisamente porque tienes la amenaza política de la derecha no puedes luchar con la izquierda. Pero eso es lo de estar a la vez contra McCarthy y contra Stalin. Uno debe luchar ambas batallas a la vez. No mucha gente lo hace en este país. Tienden a elegir una batalla, la que les parece más importante. Así, para algunos lo woke es el mayor peligro que afronta la república, y escriben cosas extrañamente comprensivas con políticos xenófobos, etnonacionalistas y supremacistas blancos. Y otros que creen que el peligro es el fascismo están dispuestos a tolerar toda suerte de supresiones a la libertad de expresión. Pero nunca hay un solo peligro. Ojalá fuera así de fácil. Es lo de los paquetes ideológicos, que postulan que hay un solo paquete y una solución y que todo encaja. Esa visión consistente y omniabarcadora es la visión más iliberal que podemos imaginar. 

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