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“América Latina vive uno de los momentos más bajos del latinoamericanismo”. Entrevista a Rafael Rojas

El historiador Rafael Rojas desmenuza algunos aspectos clave del discurso en el que Andrés Manuel López Obrador hizo un llamado a construir algo semejante a la Unión Europea en América.
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El pasado 24 de julio, Andrés Manuel López Obrador hizo un llamado a construir “algo semejante a la Unión Europea” entre los países de América. En el discurso que pronunció durante la conmemoración del 238 natalicio de Simón Bolívar, López Obrador ensalzó la figura del prócer, contó una historia de los intentos fallidos de unidad latinoamericana como una confrontación entre liberales y conservadores –siempre a la sombra de Estados Unidos– y propuso, de cara a ella, un plan que, como el mismo reconoció, se antoja inalcanzable.

En esta entrevista, el historiador Rafael Rojas, profundo conocedor de la historia política e intelectual de América Latina, desmenuza algunos aspectos clave del discurso, de sus referencias históricas y de las rutas diplomáticas que parece anunciar.

 

¿Cuál fue la visión de Simón Bolívar sobre la independencia de México? ¿Vislumbraba una unión que incluyera a la Nueva España?

Me parece que Bolívar tuvo más interés del que se cree en la independencia de México. Desde la “Carta de Jamaica” (1815) se interesó en la Nueva España, por su posición geográfica estratégica y su densidad demográfica que, incluyendo a Guatemala, calculaba en cerca de 8 “millones de almas”. Tenía muy presentes los escritos de Raynal, Humboldt y Fray Servando Teresa de Mier. Impresiona que en aquel momento de feroz contrainsurgencia, a punto de ser capturado José María Morelos, no tuviera dudas de que la Nueva España se independizaría. Decía que todo el fernandismo y el monarquismo de los insurgentes mexicanos era de “apariencia” y destacaba el papel del mito de Quetzalcóatl y la veneración guadalupana en la gesta novohispana. Creo que Bolívar intuyó que México podía organizarse como imperio o federación y que sus fronteras llegarían hasta Panamá. Esa fue, justamente, una de las razones por las que pensó en el istmo como sede del Congreso Anfictiónico de 1826: Panamá delimitaba la frontera entre la América septentrional y la meridional.

A Bolívar le generaban desconfianza tanto el régimen imperial como el federal, las dos formas de gobierno que se adoptaron en México entre 1821 y 1824. Su ministro plenipotenciario, el veracruzano Miguel Santa María, fue un republicano vehemente que, sin embargo, acabó firmando el primer acuerdo diplomático con España. Pero los líderes de la independencia mexicana nunca simpatizaron con el modelo unitario de poder concentrado, vitalicio y hereditario que defendió Bolívar.

 

En su discurso del sábado, López Obrador dijo que los obstáculos principales para la integración de América “han sido el movimiento conservador de las naciones de América, las rupturas en las filas del movimiento liberal y el predominio de Estados Unidos en el continente.” En lo que respecta a la historia de México, el presidente ha optado por contar una versión maniquea. ¿Hay un ejercicio de ese orden en este sumario del sueño trunco de la unidad latinoamericana?

Esa visión maniquea de la historia política del siglo XIX no se sostiene. Uno de los grandes defensores del proyecto anfictiónico de Bolívar fue el mexicano Lucas Alamán, pensador y estadista que en las etiquetas de los políticos –no tanto de los historiadores– muchas veces aparece como “conservador” o “reaccionario”. Alamán no solo respaldó los congresos de Panamá y Tacubaya como canciller del gobierno de Victoria, sino que entre 1831 y 1832, luego de la muerte de Bolívar, intentó concertar un “pacto de familia” entre México y los demás países latinoamericanos, incluyendo al imperio brasileño. En esto de la relación de los liberales y conservadores del XIX con el legado bolivariano no se pueden trazar rígidas genealogías, ya que Bolívar fue reivindicado por líderes conservadores como Gabriel García Moreno y por liberales como Antonio Guzmán Blanco. En el siglo XX, ese culto desde la diversidad del espectro ideológico latinoamericano no hizo más que reforzarse. Como han estudiado Germán Carrera Damas, Elías Pino Iturrieta y Luis Castro Leiva, en Venezuela hubo culto a Bolívar lo mismo bajo Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez o Hugo Chávez.

 

López Obrador habló ampliamente sobre el origen y el sentido de la Doctrina Monroe. ¿Qué tan apegada a los hechos históricos es su visión de esa doctrina?

Las ideas de la Doctrina Monroe que manejan tanto López Obrador como el propio Trump y el canciller ruso Serguei Lavrov son muy de la Guerra Fría y han sido cuestionadas por una copiosa historiografía. La Doctrina Monroe era limitadamente expansionista, ya que Estados Unidos solo ambicionaba Texas y Cuba. Se trataba, sobre todo, de un llamado a la contención de España, Francia y la Santa Alianza, que entonces armaban planes de reconquista de Hispanoamérica, y también de Gran Bretaña, que ganaba relevancia como aliada de las nuevas repúblicas. Bolívar, lo mismo que Guadalupe Victoria, Lorenzo de Zavala y otros líderes de la República Federal, aplaudieron la Doctrina Monroe y el reconocimiento de la independencia por parte de Estados Unidos. El proyecto de “amistad, liga, defensa y confederación” de Panamá y Tacubaya –que equivocadamente se llama de “integración”– se produjo después de la Doctrina Monroe, por lo que no fue obstaculizado por esta. Es con la doctrina del “Destino Manifiesto”, en tiempos de la guerra del 47, que la política exterior de Estados Unidos adopta una línea claramente expansionista contra Hispanoamérica.  

Creo que el uso que el presidente López Obrador está haciendo de la figura de Bolívar y de esa mitificada versión de la Doctrina Monroe tiene que ver con una evidente corrección de su política exterior en la primera mitad del sexenio. Entonces el presidente y la cancillería, encabezada por Marcelo Ebrard, se concentraron en la buena relación con Donald Trump y la firma del TMEC. Esa prioridad llevó al presidente a decir en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca que la Doctrina Monroe ya no guiaba la política exterior de Estados Unidos. Cosa curiosa, porque entonces Trump estaba aplicando sanciones contra Venezuela y Cuba, que reforzaban la hostilidad tradicional de Estados Unidos contra esos gobiernos. Ahora el presidente pide a la administración demócrata de Joe Biden que revoque las restricciones de viajes y remesas a Cuba que aplicó Trump y que el presidente nunca cuestionó públicamente.

 

En su visita a Washington de julio de 2020, López Obrador celebró que el entonces presidente Donald Trump no se guiara por la doctrina Monroe en sus relaciones con México. En su discurso del sábado, sin embargo, dijo que “Washington nunca ha dejado de realizar operaciones abiertas o encubiertas contra los países independientes situados al sur del río Bravo”, poniendo de nuevo el ejercicio de dicha doctrina en tiempo presente. ¿A qué atribuyes este cambio de tono?

Tiene que ver con la reorientación de la política exterior hacia América Latina, aunque preservando una línea de diferenciación geopolítica con el bloque bolivariano, que comparte con el gobierno argentino de Alberto Fernández. Todo esto puede parecer un acercamiento ideológico a Cuba y a Venezuela, pero, en realidad, el presidente no ha dejado de marcar ciertas distancias sutiles con esos regímenes. Cuando las protestas del 11 de julio en la isla, dijo que llamaba a cuidar el uso de la fuerza, a respetar el diálogo, la no violencia, la no confrontación, cuando era evidente que la mayor parte de las acciones violentas provenía del Estado cubano. Ahora, en Chapultepec, ha dicho que la disyuntiva entre la “integración” con Estados Unidos y la “oposición defensiva” a Washington es falsa. Es decir, que se pueden tener marcos de relación interamericanos y latinoamericanos a la vez. En síntesis, está diciendo que México seguirá la doble línea de su política exterior: no dejará de ser un país de América del Norte, integrado comercialmente a Estados Unidos y Canadá, y defenderá también el avance de la interrelación regional. Ahí el presidente también está diferenciándose del bloque bolivariano.

 

Tal vez el aspecto más comentado del discurso de López Obrador fue su llamado a “una nueva convivencia entre todos los países de América”. Es un llamado que involucra a un buen número de interlocutores: en primer lugar, a Estados Unidos. ¿Crees que existan posibilidades de que un tema así avance entre los gobiernos de López Obrador y Joe Biden?

Realmente lo veo muy difícil. La administración Biden no ha avanzado, como se desprendía de su campaña presidencial, en la revocación de las sanciones de Trump contra Cuba y la normalización diplomática con la isla. Tampoco creo que las relaciones de Estados Unidos con Venezuela y Nicaragua, otros dos miembros del bloque bolivariano, den señales de mejoría. Por el contrario, se observa un incremento de tensiones de la izquierda bolivariana con la administración Demócrata, que no deja de ser paradójico, aunque comprensible. América Latina vive uno de los momentos más bajos del latinoamericanismo, ya que hay una polarización ideológica múltiple, entre derechas e izquierdas, que se traduce en conflictos entre Colombia y Venezuela, Brasil y Venezuela, Argentina y Brasil o Chile y Bolivia. En esa atmósfera de tensiones ascendentes, que no excluye, desde luego, a Estados Unidos, ya que se relaciona directamente con la alianza, la hostilidad o el activismo democrático de la política exterior de Washington, es difícil que pueda avanzarse en un reemplazo de la OEA o en algo parecido a la Unión Europea.

 

El llamado involucra también a 33 naciones americanas. ¿Crees que México tiene una posición diplomática que le permita encabezar la construcción de “algo semejante a la Unión Europea”? ¿Tiene futuro un proyecto así?

No creo que sea posible ni que sea un verdadero propósito de López Obrador y el gobierno mexicano. Para negociar algo parecido a la Unión Europea, México tendría que integrarse a acuerdos de mercado común ya existentes, como el Mercosur, que se encuentra en crisis desde hace años, fundamentalmente, por la falta de respaldo regional del régimen de Maduro. Me llamó la atención, por ejemplo, que cuando el presidente habló de “no descartar un reemplazo de la OEA”, habló de un “organismo verdaderamente autónomo, no lacayo de nadie, sino mediador a petición y aceptación de partes en conflicto en asuntos de derechos humanos y democracia”. ¿Derechos humanos y democracia? Esos siguen siendo términos muy incómodos para varios gobiernos latinoamericanos. El primer experimento que habrá que observar de cerca, en el camino de cualquier estrategia de distensión regional, es el anunciado diálogo entre el gobierno de Nicolás Maduro y la oposición venezolana en México. Eso puede dar una idea del grado de realidad, fantasía o simulación que hay en la nueva retórica presidencial.

 

Luego de su discurso, en su conferencia de prensa del lunes, López Obrador llamó a Biden a levantar el bloqueo. También ordenó el envío de un barco con insumos médicos a Cuba. ¿Qué opinas de estas iniciativas?

Pienso que la demanda de fin del embargo comercial a Cuba es coherente con la política exterior mexicana. También los gobiernos priistas y panistas, incluso en los momentos de mayor aspereza con Cuba, durante los sexenios de Ernesto Zedillo y Vicente Fox, se opusieron al embargo. La ayuda humanitaria de México, en un momento de rebrote de la pandemia en la isla, también me parece correcta y se afinca en una política de asistencia regional que México ha practicado por años en el Caribe, especialmente a favor de Haití. Lo único que echo en falta en esa política es que el gobierno mexicano no haga más explícito, con todo el cuidado que demanda el lenguaje diplomático, su rechazo a la represión en la isla, tal y como ha hecho en relación con Nicaragua.