La lectura de El mundo de ayer. Memorias de un europeo me causa una nostalgia singular, casi vicaria. Es difícil no meterse en la piel de Stefan Zweig y sus prolijos recuerdos, escritos entre 1934 y 1941, poco antes de suicidarse, con su esposa Lotte, en el soleado exilio brasileño el 22 de febrero de 1942.
Zweig escribió estas memorias para que sus lectores podamos imaginar los tensos momentos previos a la Gran Guerra, la caída del Imperio Austrohúngaro y la gestación de una mutación metafísica –para decirlo con Houellebecq en Las partículas elementales–, una de esas alteraciones radicales en la forma en que la mayoría de la humanidad comprende y vive el mundo, y posteriormente el desmoronamiento de una civilización bajo el impulso irresistible del endriago nazi y el inminente estallido de una segunda conflagración planetaria.
Europa había vivido un siglo de relativa paz desde el final de las Guerras Napoleónicas hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Esto duró hasta julio de 1914. Transcurrió un siglo sin una guerra general entre las principales potencias europeas. Aunque no fue una paz absoluta, pues hubo conflictos importantes, desde la guerra de Crimea (1853-1856) hasta las guerras balcánicas (1912-1913) y algunas guerras coloniales o entre potencias menores, y todos se armaban intensamente, por si acaso.
La Gran Guerra fue la más sangrienta y brutal de la historia hasta entonces, con el uso de nuevas tecnologías militares, cañones de tiro rápido, aviación, tanques, armas químicas, submarinos, minas, granadas, ametralladoras… Un solo nido de ametralladoras podía detener regimientos enteros. La guerra “romántica” quedaba atrás y surgía la guerra industrial masiva, con un saldo de decenas de millones de militares y civiles muertos.
Stefan Zweig nació en una familia judía asimilada y cosmopolita de la Viena de la Belle Époque, y no le daba mucha importancia a su ascendencia hebrea; ante todo, se sentía europeo, humanista y ciudadano del mundo, inmerso en la cultura universal sin barreras étnicas o religiosas. Con una nostalgia contagiosa describe en El mundo de ayer aquella era de tolerancia relativa en el Imperio Austrohúngaro, cuando el antisemitismo era marginal o “civilizado”, es decir, no racista, como Karl Lueger, alcalde de Viena de 1897 a 1910, y fundador del Partido Social Cristiano, de sello populista, católico, antisocialista y antiliberal, que apelaba a la pequeña burguesía, artesanos y clases medias bajas descontentas con el liberalismo económico, a menudo asociado con judíos. Lueger fue un pionero del antisemitismo populista en Europa; en sus demagógicos discursos arremetía contra esta minoría, a la que acusaba de corrupción, de controlar la prensa y de practicar un capitalismo opresivo, lo que influyó en el joven Adolf Hitler, quien residía en Viena en esa época y admiraba a Lueger, el “mayor alcalde alemán”, como lo escribiría en Mein Kampf.
Desde principios del siglo XX circulaban en Europa ediciones de Los protocolos de los sabios de Sión, un libelo en el que se acusaba a los judíos de ser causantes de todos los males de la humanidad. Traducido a decenas de idiomas, influyó ampliamente en el auge del antisemitismo; hubo versiones en alemán (1919), francés e inglés, y poco después en italiano, sueco, noruego, polaco y japonés. Hitler afirmó que Los protocolos “revelan la naturaleza y la actividad del pueblo judío y exponen… sus objetivos finales definitivos”. En 1925 se publicó una traducción al árabe en Siria.1 El periodista alemán Benjamin Segel publicó en 1924 Los protocolos de los sabios de Sión, críticamente iluminados; en el prefacio a una edición inglesa de su libro, Segel escribió: “Esta falsificación ha causado una miseria incalculable a los judíos, y todavía ejerce un hechizo increíble en las mentes de las masas seducidas”.
Zweig no experimentó una discriminación significativa en su juventud ni en su carrera literaria. Con el auge del nazismo en los años treinta –la llegada de Hitler al poder, la anexión de Austria en 1938 y las leyes raciales cada vez más drásticas–, esa indiferencia se transformó en una dolorosa conciencia forzada: el odio racial lo obligó a reconocer su origen judío como una marca de persecución inevitable, lo que lo llevó al exilio –París, Londres, Nueva York, Petrópolis– y a un amargo desarraigo, con el triste final que conocemos.
Profuso en anécdotas –de la infancia a los últimos días–, El mundo de ayer es un inmenso y colorido mural de un periodo de la historia de Europa que resume el sentido de una vida, del compromiso de un escritor y el rompimiento de su mundo. Es imposible no advertir las resonancias de aquellos tiempos en nuestros días. Un libro penetrante y conmovedor, esencial si queremos comprender el siglo pasado y, obligadamente, nuestro presente. Me asombré, por ejemplo, al leer esto sin sentir cierto escalofrío:
Toda una generación de jóvenes había dejado de creer en los padres, en los políticos y los maestros […]. La generación de la posguerra se emancipó de golpe, brutalmente, de todo cuanto había estado en vigor hasta entonces y volvió la espalda a cualquier tradición, decidida a tomar en sus manos su propio destino, a alejarse de todos los pasados y marchar con ímpetu hacia el futuro. Con ella había de empezar un mundo completamente nuevo, un orden completamente diferente en todos los ámbitos de la vida. Y, naturalmente, los comienzos fueron impetuosos, exagerados y hasta brutales.2
Aunque siempre ha sido así en la historia. Un filósofo griego se quejaba de los muchachos rebeldes y maleducados, pero, como dice el Eclesiastés, “nadie parece recordar hoy lo que sucedió en el pasado, y las generaciones futuras tampoco recordarán lo que hacemos ahora”. Sigamos con Zweig:
En las escuelas, siguiendo el modelo ruso, creaban soviets escolares que controlaban a los maestros e invalidaban planes de estudio porque los niños debían y querían aprender sólo aquello que les venía en gana, por el simple gusto de rebelarse se rebelaban contra toda norma vigente, incluso contra los designios de la naturaleza, como la eterna polaridad de los sexos. Las muchachas se hacían cortar el pelo hasta el punto de que, con sus peinados a lo garçon, no se distinguían de los chicos; y los chicos, a su vez, se afeitaban la barba para parecer más femeninos; la homosexualidad se convirtió en una gran moda no por instinto natural, sino como protesta contra las formas tradicionales de amor, legales y normales.3
No quiera verse en las líneas anteriores ningún prejuicio, sino el azoro genuino del escritor ante la abrupta transformación que presenciaba en tan solo unos meses. El mundo súbitamente se volvía al revés: la mutación metafísica. Sigue Zweig:
¡Qué época tan alocada, anárquica e inverosímil la de aquellos años en que, con la mengua del valor del dinero, todos los demás valores anduvieron de capa caída en Austria y en Alemania! Una época de delirante éxtasis y libertino fraude, una mezcla única de impaciencia y fanatismo […] Se vendía fácilmente todo lo que prometía emociones extremas más allá de las conocidas hasta entonces: toda forma de estupefacientes, la morfina, la cocaína y la heroína; los únicos temas aceptados en las obras de teatro eran el incesto y el parricidio y, en política, el comunismo y el fascismo; en cambio, estaba absolutamente proscrita cualquier forma de normalidad y moderación…4
Stefan y Lotte ya no vieron los horrores de la Segunda guerra. El mundo armónico en que había vivido Zweig en la civilizada Viena, amante de las artes, de la música y del teatro, se había derrumbado.
El mundo de hoy
“¿Qué nos asegura que la locura nazi no volverá a ocurrir? ¿El comercio transnacional, la globalización, los acuerdos transfronterizos? ¿La buena fe?”, se pregunta el periodista mexicano José Soto Galindo.
En el mundo contemporáneo la humanidad enfrenta males profundos que erosionan la convivencia y un progreso armónico. Las guerras, el auge del antisemitismo, la misoginia, la homofobia, las dictaduras de uno y otro signo, las teocracias y el islamismo integrista, los populismos autoritarios, el racismo, la pobreza y el preocupante cambio climático. Problemas que no solo causan sufrimiento individual y colectivo, sino que amenazan la estabilidad global, exacerbados además por la polarización en las redes sociodigitales, las desigualdades económicas y los numerosos conflictos geopolíticos (por lo menos sesenta conflictos activos). Es difícil de creer que hoy coexisten los mayores avances de la ciencia y la tecnología con las más altas cotas de miseria y crueldad.
El antisemitismo ha resurgido con fuerza en redes sociales, en las calles y en discursos políticos, y se ha manifestado en ataques violentos –contra personas judías, sinagogas e instituciones en muchas partes del mundo–, teorías conspirativas, boicots y discriminación en universidades e instituciones. Antisionismo es solo uno más de sus nombres, pues si se tratara únicamente de una crítica al Estado de Israel y la guerra contra Hamás y Hezbolá, ¿a qué se deben los frecuentes atentados y agresiones contra judíos no israelíes en Estados Unidos, Europa y otras partes del mundo?
El 1 de marzo pasado, Enrique Krauze escribió en su cuenta de X: “Existe el Mal radical: es el imperialismo ruso que agrede a Ucrania; es el fanatismo islámico, que oprime a sus mujeres y mata a sus jóvenes; es el populismo aliado al narcotráfico que destruye la democracia. Pero los valores de Occidente también existen y triunfarán”. Por estas palabras, que muchos demócratas liberales compartimos, recibió una andanada de descalificaciones e insultos antisemitas.
En México ni siquiera la presidenta Claudia Sheinbaum se salva del odio más antiguo. El sábado 15 de noviembre de 2025, hubo una marcha convocada por jóvenes de la llamada “Generación Z” contra el gobierno de Sheinbaum para reclamar por las crecientes violencia e inseguridad en el país. La marcha culminó en el Zócalo; hubo algunos enfrentamientos con la policía e intentos de derribar vallas alrededor del Palacio Nacional. Entre las pintas y los grafitis aparecieron insultos antisemitas y misóginos dirigidos a Sheinbaum, frases soeces en las puertas de la Suprema Corte de Justicia junto a una estrella de David tachada con aerosol rojo.
En las ediciones 38 y 39 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (2024 y 2025) hubo groseras interrupciones durante las presentaciones de libros de personas judías, y los stands de Israel y de la Tribuna Israelita estuvieron ausentes por temor a sufrir un ataque o atentado; la secretaria de Turismo de Jalisco, Michelle Fridman, también ha sido víctima de agresiones por expresar su punto de vista sobre la guerra. Durante una actividad académica en la UNAM, un grupo de estudiantes protestó contra la presencia del historiador israelí Diego Olstein y lo obligó a abandonar las instalaciones del plantel.
El viernes 27 de marzo, durante la exposición del artista israelí Amir Fattal, la fachada de la galería König, en la colonia Condesa de la Ciudad de México, fue completamente pintada con aerosol con suásticas y estrellas de David tachadas y las leyendas “sionismo = nazismo”, “aquí hay terroristas”, “666”, “200 mil niñxs asesinados”, además de símbolos comunistas y anarquistas. Un grupo de manifestantes gritaban “Fuera sionistas de Palestina” y bailaban salsa. El artista dijo: “El motivo de todo esto es por el simple hecho de que nací en Tel Aviv. Eso es todo”. La galería recordaba las pintas de la Alemania nazi. ¿Hasta dónde piensan llegar?
Para Stefan Zweig, la guerra era una locura irracional que no se podía “coordinar con la razón ni con el sentimiento adecuado”. La veía como un crimen colectivo provocado por nacionalismos fanáticos, propaganda y la industria armamentística, no por auténticos conflictos entre pueblos. En El mundo de ayer escribió: “La guerra no se puede conducir con razón y sentimiento adecuado. Requiere un estado emocional exagerado, entusiasmo por un lado y odio por el otro”. Y también: “Cuando se preparan para la guerra, los que gobiernan por la fuerza hablan más copiosamente de paz hasta completar la movilización”. La paz, en cambio, era para Zweig el único estado digno del ser humano: solo posible a través del humanismo, la cultura compartida y la unidad europea. Soñaba con una Europa sin fronteras donde la literatura, la música y el diálogo unieran a las personas por encima de las naciones. El nacionalismo era, para él, “la peste última que ha envenenado la flor de nuestra cultura europea”. Antes de 1914 se vivía en la “edad dorada de la seguridad”, en la que nadie creía posible que Europa se destrozara en guerras fratricidas.
Zweig miraría el presente con un horror aún más profundo que el de El mundo de ayer. Vería que la humanidad ha aprendido poco. Las mismas fuerzas que destruyeron su amada Europa –el nacionalismo agresivo, líderes populistas que prometen grandeza mientras preparan la violencia, el odio racial y la xenofobia– han regresado con máscaras nuevas: redes sociodigitales que propagan el veneno en segundos, guerras eternas –Ucrania, Medio Oriente, el Sahel–, una polarización que divide continentes y el febril regreso del antisemitismo –que él mismo tuvo que “redescubrir” a la fuerza–; un antisemitismo de nuevo cuño que se alimentó no solamente del antiguo antijudaísmo cristiano, sino del antisemitismo nazi y soviético, así como del decolonialismo5 (no deja de ser significativo cómo convergen en su furor judeofóbico personas e instituciones de todas las ideologías y profesiones, desde altos funcionarios de la ONU hasta estrellas del pop).
Me imagino al judío austriaco escribiendo una continuación desesperada: El mundo de hoy o Carta a los europeos del siglo XXI. Me atrevo a decir que diría algo como: “Otra vez Europa se desgarra, otra vez el hombre se deja arrastrar por el odio colectivo. Las trincheras de ayer son hoy drones y ciberataques, pero el alma sigue igual de ciega. Hemos construido más armas que nunca y menos puentes entre corazones. El cosmopolitismo que yo soñé se ha convertido en una palabra vacía mientras los jóvenes vuelven a marchar no por la paz, sino contra un enemigo inventado”.
Se sentiría, acaso, un extraño absoluto, “desarraigado de todas partes”, como escribió poco antes de huir. El resurgimiento de los autoritarismos, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno y la lentitud de la paz lo llenarían de la misma angustia que lo llevó a quitarse la vida en Petrópolis. Quizá, en un destello de su viejo optimismo humanista –aquel que nunca abandonó del todo–, encontraría una mínima esperanza en la interconexión global y en los jóvenes que, a pesar de todo, siguen exigiendo libertad y diálogo más allá de las banderas. En su estilo elegante y melancólico podría cerrar con una frase parecida a la de sus memorias: “Solo quien ha vivido la luz y la oscuridad, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, ha vivido de verdad. Y hoy, en este nuevo abismo, sigo mirando hacia las antiguas estrellas con la fe heredada de que este colapso no sea más que un intervalo en el eterno ritmo del progreso… aunque mi corazón, una vez más, dude”. ~
- También ha habido jefes de Estado y campañas de propaganda política que han utilizado Los protocolos. Por ejemplo, el expresidente de Irán Mahmoud Ahmadinejad (2005–2013) se basaba en temas de Los protocolos en su retórica antisemita. Otros influyentes líderes políticos y sociales, especialmente en Medio Oriente, han afirmado públicamente que el libro es auténtico. La organización terrorista Hamás los ha utilizado para justificar llamados a la aniquilación tanto del pueblo judío como del Estado de Israel, según registra la Enciclopedia del Holocausto. ↩︎
- Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo (Trad. Joan Fontcuberta y Agata Orzeszek). Barcelona, Acantilado, 31ª reimpresión, 2023, p. 379. ↩︎
- Ibid., p. 379. ↩︎
- Ibid., 381. ↩︎
- Hay, de Marruecos a Iraq, veintidós países árabes con una población de unos 500 millones de habitantes, con prácticamente ningún judío. Israel tiene una población de casi diez millones, con unos ocho millones de judíos y el resto árabes, drusos, cristianos y otras minorías. En 1948 los países árabes expulsaron a 800 mil judíos, la mayoría de los cuales se fue a Israel. Hubo oleadas posteriores desde Yemen e Irak. Los decolonialistas dicen que los israelíes son colonizadores europeos blancos. ↩︎