A veces un caballero, de Javier Marías

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El caballero MaríasJavier Marías, A veces un caballero, Alfaguara, Madrid, 2001, 398 pp.Tan sólo por Los dominios del lobo, Corazón tan blanco, Mañana en la mañana piensa en mí, Javier Marías (Madrid, 1951) pasaría a la historia como uno de los pocos novelistas españoles indiscutibles de la segunda mitad del siglo XX. Quienes le regatean ese lugar, en España o en América Latina, sólo muestran el diente verde de la envidia. Pero, como muchos de los escritores contemporáneos, Marías se expone ante el público mediante artículos semanales. A veces un caballero reúne los textos de Marías aparecidos entre 1998 y 2001 en El Semanal español y en Letras Libres.
     Esa exposición, en el caso de escritores como Marías a quienes ha beneficiado la fama y la fortuna, siempre me ha parecido una loable y persistente defensa del oficio del escritor, por lo que tiene de arriesgada y cansina. No es fácil escribir cada semana y hacerlo bien; menos lo es tener esa conciencia de la premura y la fugacidad del artículo. Pero Marías posee ese instinto de naturaleza ética que exige al verdadero escritor la defensa pertinaz e incómoda de la literatura como una de las bellas artes, amenazada con recurrencia por viejos y nuevos fundamentalismos.
     En mi caso me es difícil reseñar A veces un caballero, pues estoy de acuerdo con la mayoría de sus opiniones y algunas de ellas las suscribiría sin cambiar una coma. Otras, desde la Ciudad de México, me son por fuerza indiferentes, como su personalísima batalla con el correo español, que anuncia un desenlace al estilo Thomas Bernhard, o sus duelos de esgrima con Arturo Pérez Reverte, acaso apasionantes para los sicofantes de uno y otro autor.
     Javier Marías pertenece a una especie que en la democracia española, por raro que ello pueda parecer, escasea: el hombre público de temple liberal. En sus observaciones de la realidad española, Marías es caritativo sin ser humanitarista, solidario con individuos antes que con abstracciones, enemigo sin mácula del viejo franquismo y del ya no tan joven nacionalismo vasco, que, tanto en su vertiente dizque moderada como en su variante llanamente homicida, le repugna. No me parece mala idea, como lo sugiere un conocido de Marías en A veces un caballero, que le pregunten, vía referéndum, al resto de los españoles si quieren mantenerse unidos al país gobernado por el PNV.
     Supongo que Marías estará de acuerdo con Harold Bloom cuando dice que la política cultural es la peor enemiga de la literatura, y que por ello algunos escritores nos vemos obligados a combatir las dudosas hazañas del igualitarismo posmoderno —para llamarlo de alguna manera— que pretende, como Marías lo cuenta, la reforma de la gramática en aras del feminismo, la censura de las obras maestras de la tradición occidental en aras del antisexismo o que prohíbe, como en Suecia, el derecho de la mujer a usar su cuerpo para prostituirse si ese es su deseo o su necesidad. Tal parece que la difusión universal de los derechos humanos trajo consigo, como todo avance civilizatorio, su barbarie, la cultura de la queja, como la bautizó Robert Hughes. En España, como en los Estados Unidos y en América Latina, hay que combatir la beatería laica del multiculturalismo, infestado, como leemos en A veces un caballero, de nuevos clérigos y sacerdotisas que no sólo creen en la voluntad general sino que la usurpan.
     El liberalismo es esencialmente un temple. Templanza viene de templar, es decir, de "combinar adecuadamente", y esto lo hace Marías con naturalidad. Le indignan las miserias y las catástrofes del Tercer Mundo, abona a las organizaciones no gubernamentales a riesgo de ser estafado, tiene una página memorable sobre el hijo del general Pinochet y no es indiferente ante el conflicto en Chiapas. Pero Marías, a diferencia de los tardo-estalinistas disfrazados de damas de la caridad, no fatiga su millaje aéreo haciendo turismo revolucionario. El temple liberal de Marías proviene de que piensa, no predica.
     Algunos artículos de A veces un caballero tranquilizan a quienes, desde ultramar, consideramos detestables algunas aspectos del carácter hispánico, de la misma manera en que las cuentas que mexicanos, colombianos, argentinos o chilenos rendimos a diario a la humanidad dejan mucho que desear. Comparto la abominación de Marías por el ruido, la pasión nacional española ("un país que hace ruido es un país que no escucha, y quien no escucha ni atiende a razones, ni por supuesto se entera de nada") combinada con la pobreza expresiva del castellano hablado en Madrid, una jerigonza que ya el fraile novohispano Servando Teresa de Mier diseccionó hacia 1800. Y aunque se agradece el elogio del español de América, no sería yo tan optimista, como mexicano, de la salud de la lengua por estos lares. En fin, una persona como Marías, capaz de pelear porque se dice la Argentina, y no Argentina, goza de todas mis simpatías, lo mismo que alguien que detesta las estadísticas, las encuestas y el teléfono, el principal enemigo de los escritores, como decía Octavio Paz, quien por cierto lo utilizaba con genio y frecuencia. En cuanto a la red, dudo que un fanático de las librerías de lance y un cazador de primeras ediciones o de autógrafos, como dice serlo Marías, se haya abstenido de asomarse a ciertos paraísos prohibidos.
     Marías es autor de excelentes libros de reseñas literarias como Vidas escritas y Pasiones pasadas, obras que pertenecen, por su gracia y penetración, a la literatura mundial. Pero esperaba yo encontrar en esta nueva recopilación un artículo que Marías publicó hace algún tiempo en El País y que me escandalizó dado que me atañía como crítico literario. Decía Marías que los críticos no deberíamos conocer a los autores ni tratarlos personalmente, pues ello invalidaba total o parcialmente nuestros juicios. No sé si esa utopía proviene del espíritu oxoniense o del telquelianismo, pero aplicada de manera retroactiva hubiera impedido las obras de Sainte-Beuve, Cyril Connolly, el príncipe Mirsky, Edmund Wilson y tantos otros críticos que Marías querría expulsar de la república y confinar en algún no-lugar aséptico donde no existan los prejuicios ni las pasiones. Esperaré a que Marías me dé la oportunidad de discutir el asunto. En fin, A veces un caballero es un libro de conversaciones semanales donde se transparentan los amigables fantasmas literarios que educaron a Javier Marías en dar a cada lector el trato de caballero. –


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