Afanes polémicos

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David Miklos ha propuesto leer a los narradores mexicanos nacidos a partir de 1960 a la luz de un mismo tema: las ciudades que habitan sus imaginarios, “territorios alejados de su devenir cotidiano, con el afán de eludir en lo posible los referentes comunes y situarlos en una atmósfera ajena, en aras de la ficción”. Si Una ciudad mejor que esta ingresa a la historia de las antologías de la literatura mexicana, lo hace con señas de identidad harto sospechosas: la prisa, la premura, la inmediatez y el afán polémico distinguen al libro. La editorial parece apostar a la polémica como camino al éxito editorial y no lo logra, porque a nadie conmueve una convocatoria que a los mismos antologados parece no haberles preocupado demasiado.
     ¿Cuáles son los motivos de mis sospechas? En primer lugar, el optimismo que pregona el título de la antología. El editor optó por el sesgo vitalista, supongo que con el afán de confeccionar un producto comercialmente aceptable, cosa muy válida si no fuera por lo insulso y cursi de la ocurrencia.
     En segundo lugar, los comentarios del antologador. Miklos (Texas, 1970) ensaya la parquedad y la desmesura a destiempo. Tímido desde el título que ofrece —”Nota preliminar”—, omite sin dar explicaciones y afirma sin mediar argumento. Primero dice que lo más importante de su lectura ha sido que le “permitió esbozar las características esenciales de un nuevo conjunto de escritores mexicanos”. Luego, sin decir cuáles son esas características, anuncia que su interés está más allá de hacer una radiografía de la generación naciente y proponer sus rasgos comunes. Ignoro dónde habrán quedado esas importantes características esenciales. Pero eso sí, para jugar a la videncia esgrime la valentía de quien es capaz de ver “un panorama de los autores que, en diez años, serán los protagonistas de la literatura mexicana”. Mi mayor sospecha proviene de que este contenido es obvio en toda antología de escritores vivos, aún se trate de consagrados. No encuentro ninguna justificación para hacer de esta obviedad una bandera.
     En el “mapamundi narrativo” que ofrece la antología, confluyen registros que van de la estampa costumbrista a la reconstrucción histórica que aspira a leyenda, y del relato de viajes a la fuga por la fantasía. Pero si hubiera que elegir un denominador común para la mayoría de los textos reunidos sería, a mi juicio, la búsqueda de un lenguaje antes que la creación de mundos propios. No subestimo la virtud del retruécano ingenioso y la frase lograda, pues mérito tiene escribir correctamente, pero fue sólo ante un par de textos que me sentí ante la escritura de una realidad, o un mundo, que se disparaba hacia otras regiones, que aludía a otros significados. Tomo de Raymond Carver una preceptiva casi ausente en Una ciudad mejor que esta y que me parece obligatoria en lo que entiendo por literatura: “Es bueno que en un relato haya un leve aire de amenaza. Debe haber tensión, una sensación de que algo es inminente”. Juzgar un libro por lo que no tiene es injusto, pero así son las carencias. Así que a la manera del antologador —creo que ya comienzo a entenderlo— compartiré y delimitaré mis intereses y acaso mis entusiasmos.
     Jorge Volpi escogió el tono de comedia para ofrecernos una historia banal y el recuento de sus asombros por los lugares comunes de la adolescencia. No estamos ante las mejores páginas de un escritor que sabe exigirle a la voluntad la recompensa de un buen novelista.
     Fadanelli es un narrador que ha escogido la sordidez como terreno predilecto. En su cuento, “Tres mil pesetas”, propone un mundo gobernado por el hambre, el dinero y el sexo. Fascinado por el lado duro de la vida, su texto parece casi un lamento. Da la impresión de fingir que finge ser malo. Una escena sadomasoquista, donde el castigador se aburre de dar puñetazos, culmina con la imagen de una rata que se pasea en busca de novedades. Casi me arranca un bostezo.
     De los antologados, encuentro mis mayores fobias, aparte de los mencionados, en la pretendida prosa poética que intenta Mauricio Montiel y que se agota en buena prosa, sin cuento y sin relato, pero con vocación florífera. Escribe: “El domingo era ya una franja cenicienta en el ventanal del estudio cuando Diego entendió, con un estremecimiento ahíto de bourbon…” En Ana García Bergua, en la insistencia de una matria literaria que se empeña en el mundo de la fantasía y la ensoñación gratuitas. Su personaje es tierno y tierna es su tragedia, pero trivial su anécdota.
     Mis relatos preferidos, los de Tomás Granados, García-Galiano y Bellatín. Bien escritos, sus textos dejan ver mayor dominio de sus recursos y sus búsquedas. Aún así, para jugar a la polémica con la antología, “La mirada del pájaro transparente” de Mario Bellatin me parece el relato mejor logrado. Se asiste al final de su historia con la inquietante sensación de estar ante algo inombrado e inombrable, algo que está por comenzar. Hace del silencio, de lo que no escribió o sólo sugirió, parte fundamental del relato.
     Pese a todo, la antología de David Miklos posee la virtud de promover a nuestros jóvenes narradores, de animar a la discusión y agitar al que por momentos luce como el somnoliento y apático medio cultural mexicano. Lejos de censurar el proyecto, creo que lo alentador sería que otras editoriales tomaran el reto de proponer sus propias lecturas y antologías literarias. Así empezaría la verdadera polémica. Mientras tanto, por mala o buena que sea la antología, se aplaude el arrojo y la aventura. –


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