Analogía de Madrid , de Hugh Thomas

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En Madrid, en el siglo XVII, había ocho “cantoneras” o putas de esquina a sueldo del ayuntamiento, regularmente visitadas, también, por un médico. El abanico, de moda en las últimas décadas del siglo XVIII, y cuyo uso llegó a convertirse en un arte con lenguaje propio, desapareció de las manos de las madrileñas ya en el XX, sustituido por los cigarrillos. Una vez tomada Madrid, Napoleón, convencido de que el populacho desearía ver en persona a una celebridad de su altura —como estadista, se entiende—, atravesó la ciudad con gran pompa: nadie acudió, y los que pasaban por allí ni siquiera lo miraron. En el siglo XIX proliferaban las tiendas dedicadas a la venta de peinetas, las mercerías y las ¡librerías! En 1916, Trotski fue detenido, y el agente de policía que lo trasladó a la cárcel Modelo —donde ocuparía una celda de pago durante doce días—, hipando y llorando, borracho como una cuba, le dijo que él amaba muchísimo al pueblo ruso. Estas son algunas de las curiosidades que aparecen en Antología de Madrid, la interesantísima recopilación sobre la capital española realizada por el británico Hugh Thomas, que abarca desde el verano de 1561, cuando Felipe II estableció la corte en Madrid, hasta 1930, y que comprende más de doscientos textos firmados por escritores, viajeros, políticos, nobles y gentes de variada condición y origen. Publicada en 1988 bajo el título de Madrid: a Travellers Companion, la actual es una edición revisada por el autor, de fácil manejo y muy cuidada, a cargo de la atractiva editorial Gadir.
     Hugh Thomas, entre cuyas obras destacan La Guerra Civil Española (1961, premio Somerset Maugham), La conquista de Méjico (1993) o El imperio español (2003), es un conocido hispanista, aunque él prefiera que se le denomine “especialista en historia española”. Ni siquiera un miembro de la Royal Historical Society se libra de las manías, aunque no favorezcan la economía del lenguaje. En la introducción, Thomas repasa la evolución de Madrid capital, y lo hace con erudición y amenidad, desde múltiples perspectivas, imbricando la alta política con la arquitectura, o las costumbres populares con la economía del Imperio. Además, justifica la no inclsión de textos posteriores a 1930 —sobre la República, la Guerra Civil, la dictadura de Franco o la transición— amparándose en que ya existen innumerables publicaciones acerca de estos periodos relativamente cercanos de la historia de España. Probablemente Thomas tomó está decisión, además, porque hacerlo le hubiera supuesto un ingente trabajo suplementario —y la redacción de un segundo tomo—, y porque el resultado habría sido polémico, fuera el que fuese. Naturalmente, el lector echa de menos textos sobre la Guerra Civil, sus protagonistas y sus consecuencias, tan vivas todavía en nuestro presente.
     De todos modos, si el objetivo de Hugh Thomas era el de describir el carácter de Madrid y el de sus habitantes mediante una antología muy personal, y por lo tanto subjetiva, sin duda lo ha logrado. Para empezar, es de lo más madrileño que la idea de una antología de este tipo se le ocurra a un historiador e hispanista inglés de renombre, y no a un madrileño, que vive su ciudad día a día y suele ignorar su historia. Y aunque pocos de los textos seleccionados hayan sido escritos por madrileños, la visión de Madrid, que alterna la burla y el desprecio con el cariño y la admiración, la suscribirían buena parte de sus actuales ciudadanos, ya sean escritores, concejales, delincuentes, dependientas o barrenderos.
     Y es ahí, en ese juego de contrastes, en este fresco plagado de imágenes corrosivas o embriagadoras, austeras o coloristas, en ese variopinto catálogo de personajes, donde el lector puede aprehender el carácter de Madrid, una ciudad extranjera de sí misma, única, abierta, desmañada y contradictoria, capaz de encajar los golpes propios y ajenos con una sonrisa irónica pintada en los labios.
     Unamuno la describe como “una lechuza enorme que se dispone a irse a dormir”. Según Richard Ford, viajero inglés del siglo XIX: “Cuanto más se conoce Madrid, menos gusta”. Para Baroja, refiriéndose a los Jardines del Retiro: “El espectáculo era exclusivamente madrileño, un tanto cortesano, un tanto provinciano, elegante, y al mismo tiempo pobretón”. El Marqués de Custine, del XIX, no se corta al definirla como “un pueblo casi africano”. Manuel Azaña pondera con cierto desdén: “Primero, en Madrid no hay nada que hacer, ni adónde ir, ni (para un madrileño) nada que ver. Segundo, Madrid es un pueblo sin historia… Toda la historia de Madrid son unos besamanos y unas intrigas de cámara y alcoba regias… Reconozco que el no ser Madrid una ‘vieja ciudad prócer’ es acaso el más elegante atractivo que tiene para mí este pueblo”. Lope de Vega, en carta a su protector el duque de Sessa: “Madrid sigue lo mismo que cuando Vuesa Merced lo dejó; el Prado, carruajes, mujeres, polvo, ejecuciones, comedias, mucha fruta… y muy poco dinero”. Charles Bouffleur, oficial médico británico en la Guerra de Independencia, dice que “la ciudad es la más hermosa que jamás viera”. Juliet Adams, alias conde Paul Vassili, escritora francesa del XIX, comenta: “Esta ciudad tan fea y tan amada por Felipe ii no le recuerda a uno en absoluto al rey inquisidor. Aquí todo es alegre, incluso la miseria; aquí los tipos como Don Quijote, Sancho Panza y César de Bazán se cuentan por centenares. La sociedad de Madrid, tal vez de un modo inconsciente, es democrática, franca y sincera, de modo que carece por completo de engreimiento y afectación.” George Borrow, otro inglés, asegura: “He visitado todas las capitales importantes del mundo; pero, en conjunto, ninguna me ha interesado tanto como la villa de Madrid.”
     El acierto de Hugh Thomas en la selección de los pasajes se concreta en la inclusión del de una tal Nina Epton, quizás amiga del autor, definida como una “medio española que vivió en Madrid durante su infancia”. Ella es, en mi opinión, quien realiza el análisis más certero de qué es Madrid. Ni Azaña, ni Quevedo, ni Hemingway, ni Beaumarchais, ni Antonio Machado, ni Napoleón. Nina Epton. Para esta mujer, aguda observadora y de una gran sensibilidad, el peculiar encanto de Madrid no se puede definir con palabras, es una clase de reacción química que no resiste análisis alguno. Dice que Madrid se le escurre a uno entre las manos, se ríe en la cara de los filósofos, se burla de los solemnes, se encoge de hombros ante la tragedia, es amiga de la gente de corazón alegre, ama las mujeres bonitas y los varones ingeniosos, carece de raíces y, más que permanecer, desea gustar. Nina, forastera en Madrid y, por lo tanto, muy madrileña, acaba con una pregunta: “¿Quién es y dónde está un auténtico madrileño?” A saber. –

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