Historia de las sensibilidades es un libro raro, pero en el buen sentido: no termina de ajustarse a lo que habíamos previsto y, sin embargo, deja un buen sabor de boca. Su título, de lo más sugerente, invita a imaginar un volumen ambicioso que recorra la manera de sentir y emocionarse de los humanos a lo largo de las distintas etapas históricas, una especie de gran atlas de los sentimientos. No obstante, su brevedad (apenas unas 120 páginas) obliga más bien a ofrecer una serie de incursiones, no a mostrar un mapa completo. Aun así, el libro funciona como una puerta de entrada eficaz a esta rama de la historia y, sobre todo, como una pequeña caja de herramientas para entender cómo trabajan los historiadores contemporáneos: cuáles son sus límites y sus precauciones metodológicas, entre ellas el anacronismo psicológico, algo así como el pecado mortal del gremio.
Según indica la cubierta, el libro está escrito a dos manos por Hervé Mazurel y Alain Corbin, a quien los lectores hispanohablantes reconocerán por ensayos como Historia del silencio o Terra Incognita. Una historia de la ignorancia (siglos XVIII–XIX), también publicados por Acantilado. Sin embargo, el volumen tiene algo de obra coral: participan otros cuatro historiadores, cada uno con un ensayo centrado en aspectos concretos del sentir en distintas épocas. “El llanto en la Antigüedad romana”, de Sarah Rey, abre el conjunto y en él aprendemos curiosidades como el hecho de que los romanos distinguieran entre tres tipos de llanto –la lacrimula o lagrimita, la lacrima a secas y la crisis de llanto (fletus)– y que los oradores podían permitirse llorar cuando se aproximaba el final del discurso.
Le sigue el texto de Damien Boquet sobre las emociones en la Edad Media, que desmonta la idea de un Medievo necesariamente “impulsivo, hipersensible y emotivo”. La Edad Media aparece aquí más reglada de lo que suele suponerse, con marcos de expresión bastante definidos. A continuación, Anouchka Vasak propone un ensayo que vincula el tiempo atmosférico con el discurso sobre los estados de ánimo en la Ilustración y el Romanticismo, estableciendo paralelismos sugerentes entre clima y carácter. Cierra esta primera parte Clémentine Vidal-Naquet con un estudio sobre la correspondencia entre enamorados durante la Primera Guerra Mundial, donde el vínculo sentimental se construía en diferido, entre cartas que intentaban sostener una intimidad a distancia y bajo amenaza constante.
Los dos textos finales adoptan un tono más metahistórico. En ellos, Corbin, Mazurel y otros autores revisan los orígenes de este enfoque, la terminología que ha ido cristalizando –“emocionología”, “egodocumentos”– y los pioneros sin los cuales no habría sido posible, como Lucien Febvre, al que muchos rinden homenaje. Ya Friedrich Nietzsche, en La gaya ciencia, se preguntaba dónde encontrar una historia “del amor, de la avaricia, de la envidia, de la conciencia moral, de la piedad, de la crueldad”, y preocupaciones de ese tipo, en relación con el cuerpo, los apetitos y las pasiones, ocuparon también a Sigmund Freud y a Karl Marx. “Lo sensorial es un objeto histórico de pleno derecho”, afirma Corbin, y así lo demuestran estos ensayos que nos hacen querer leer más al respecto, no solamente sobre las emociones, sino también sobre el auge de los distintos sentidos a lo largo de la historia. Un ejemplo particularmente oportuno es el de la vista en nuestra época: en la actualidad es el eje privilegiado en nuestra relación con el mundo, pero durante siglos no fue así. En el Renacimiento, según apunta Febvre, citado por Mazurel, las personas mantenían una relación con el mundo “sinestésica”, pues en ella intervenía la totalidad de los sentidos. Mazurel también subraya la importancia de la generalización de las farolas de gas en las ciudades europeas del siglo xix, hecho que cambió radicalmente el modo de enfrentarse a la vida nocturna.
El libro abre líneas para que el lector pueda seguir profundizando por su cuenta. De ahí que la bibliografía final de cada ensayo resulte especialmente útil: permite, como dice Mazurel, “restablecer la atmósfera mental de otras épocas”, aunque seamos conscientes de que siempre habrá una distancia insalvable con ellas. Además, esta historia de las sensibilidadesno se detiene en la Primera Guerra Mundial: también ofrece algunas pistas para pensar el presente, un tiempo en el que el auge de la categoría de víctima en la escena pública o el declive del sentimiento de culpa (asociado a la pérdida de la observancia religiosa) configuran nuevas formas de sentir. No es poco para un volumen tan breve, que nos ayuda a desplazar el eje desde el que miramos la historia. ~