Clases de artificio

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Álvaro Enrigue

Valiente clase media

Barcelona, Anagrama, 2013, 192 pp.

Una sospecha da vueltas en la cabeza luego de atravesar el prólogo y las 150 páginas de estos ensayos. ¿Y si, en realidad, eso que llamamos “América Latina” no fuera otra cosa que un acto de voluntarismo hermenéutico? Esa herejía, que no desentona con los modos académicos de exposición y comentario, acaba siendo el resultado de una lectura de conjunto y no de algún ensayo en particular: técnicamente hablando, este libro hace un poco la historia de “lo hispanoamericano”, en avatares que incluyen desde la fase “proto”, el Imperio virreinal, hasta nuestras “Repúblicas de aire” con sus desvelos identitarios y su acusada cursilería, pasando por los letrados jesuitas que en el siglo xXVIII inventaron un paisaje latinoamericano indisociable de la riqueza y de las oportunidades de negocio para la metrópoli.

Lo común, lo que permite saltar por encima de ese amplio espectro temporal es el lenguaje, o más bien, la manera en que cierta pulsión social se coagula en el lenguaje literario. Al lenguaje va Álvaro Enrigue para probar algunas tesis demasiado apegadas a la sociología, en ocasiones, pero en otras, las más, su close reading nos descubre resortes fundamentales de ese complejo y fascinante proceso que es la invención literaria de un continente.

En el primer ensayo, dedicado a Rubén Darío, se siguen las huellas parisinas del poeta nicaragüense. Tras revisar con cuidado las obras de Ángel Rama, Gutiérrez Girardot y Julio Ramos, Enrigue encuentra una veta original del viejo problema de la autenticidad de la escritura modernista y propone vincular la cursilería poética a la expresión de una nueva clase: “La cursilería es una ruta de escape para una sociedad que no ve con buenos ojos los valores del trabajo y el ahorro; es el vehículo mediante el que ventilamos nuestras tímidas ideologías desesperadas por librarnos del pecado original de la medianía; el oropel con que gritamos que somos lo que no somos pero podríamos ser.” Así, la operación renovadora que lleva a cabo Darío en el español literario sería un gesto de resistencia arribista, pero también un signo de fracaso fechado, que permite releerlo, años después, como un gran virtuoso.

El segundo ensayo, dedicado a Manuel Gutiérrez Nájera, es a mi juicio el más centrado del volumen, el menos digresivo. En el primero de los poetas modernistas hay signos reveladores que se analizan con gran agudeza: los trasfondos de lo privado y lo público, la mezcla de poesía y periodismo (con seudónimo y sin), la profesionalización de la escritura en la naciente economía de mercado, una nueva idea de la belleza que incorpora al mundo urbano, con su velocidad y su nueva moralidad…

El tercer ensayo, dedicado a la figura de Manuel Antonio Carreño, autor del célebre Manual de urbanidad y buenas maneras, que ha hecho historia en América Latina, sirve más bien como pretexto para un corte transversal de nuestra modernidad católica y sus procesos de afirmación de valores burgueses. Un proceso civilizatorio, donde destaca la persistencia del galateo por encima de todos los panfletos y escritos de los próceres de la Independencia. El análisis de estos códigos sistematizados por un liberal venezolano, esa suerte de inocencia que trasluce su casuística, desvela el mecanismo de legitimación de ese equivalente latinoamericano del honnête homme francés del XVII, la “gente decente”, clasificación destinada a saltar sobre divisiones de clase y estratos para terminar convertida en perdurable modelo que hoy domina el continente. Ese interesante proceso de secularización civilizada delata la evolución de las relaciones entre el mito y la modernidad: “La modernidad hispanoamericana –nota Enrigue– está construida sobre una paradoja fascinante: al conseguir la disolución del imperio, los criollos ganaron el control político de América, pero perdieron el mito que consagraba su identidad; su lazo de sangre con España dejó de diferenciarlos con respecto al resto de los americanos.”

Esta suerte de orfandad o de ausencia de parámetros se tradujo en una nueva movilidad social, donde el Manual de Carreño funcionaba como una especie de guía, a la manera de los antiguos oráculos o tratados cortesanos de Europa en siglos anteriores: libros para aprender a conducirse en un mundo cambiante y engañoso, catálogos del artificio.

El cuarto de los ensayos, titulado “Las prótesis del imperio”, analiza la invención jesuita de un paisaje americano presentado a menudo como los Campos Elíseos en la tierra. Esta “invención de América”, que tuvo lugar en el XVIII, fue el prólogo de la “invención americana”, y en ella están las claves de muchas visiones posteriores que aún padecemos. En este proceso, que Enrigue llega a calificar de “operación de marketing”, tuvo mucho que ver el ocio del exilio. “Alejados de los deberes pastorales que llenaban sus días americanos, limitados financieramente pero con tiempo libre –como viven en realidad la mayoría de los escritores hispanoamericanos hasta nuestros tiempos–, y asombrados por el hallazgo de que el continente ya no tan nuevo del que venían tenía pésima prensa en Europa, los jesuitas expulsos se dieron a la tarea de vender una idea de América, prestigiando sus virtudes mediante las herramientas del tratado.” Este nuevo “mapa”, que hacía un uso legitimador del paisaje, ha sido bien estudiado, y la novedad de la visión de Enrigue consiste en insertarlo dentro de un proceso más general de afirmación a través de la mentira útil, que es un poco el hilo conductor de todo el libro.

El último ensayo del libro, “Las cuentas de Sor Juana”, es tal vez el más logrado desde un punto de vista retórico. Leerlo al final permite regresar a las claves del subtítulo (“Dinero, letras y cursilería”), sin seguir una estricta perspectiva cronológica. No solo se trata del ensayo más largo del volumen, sino también del mejor escrito y del más atrevido, puesto que la bibliografía sobre Sor Juana es una de las más abultadas sobre cualquier escritor del Siglo de Oro. Su tesis, someramente parafraseada, es que el trabajo de la monja novohispana como contadora marcó de manera fundamental su obra poética. El análisis de los tropos y del imaginario económico en la poesía amorosa de Sor Juana resulta sumamente interesante, aunque su inclusión dentro de la idea general del volumen no está del todo justificada, a mi juicio. Una cosa es la idea del dinero en la dinámica global en la que se inserta el Modernismo, y otra bien distinta el lugar simbólico que ocupa el dinero en el paso de la episteme de la semejanza al modelo de la llamada “época clásica”. A fin de cuentas, como ya se ha hecho notar, el dinero es también una metáfora, y hasta el siglo XVII participó de manera muy natural de una red de correspondencias o lectura poética del mundo de la que Sor Juana también fue parte. Otros poetas de esa época, que no trabajaron como prestamistas ni estuvieron asociados a instituciones de crédito, usan los tropos económicos o financieros, o la jerga de activos y pasivos. Se trataba, sencillamente, de una forma de ver el mundo en la que el poeta, el alquimista y el ecónomo no eran figuras irreconciliables. A veces el uso de retruécanos y paradojas en la poesía de Sor Juana tiene menos que ver con Quevedo que con John Donne y una suerte de visión alquímica del mundo.

El interesante análisis del funcionamiento de la economía novohispana y del papel de las instituciones eclesiásticas como fuentes de crédito, solo explica hasta cierto punto el lugar de lo económico en ese imaginario poético. ¿Qué puede sacarse en claro de una conclusión como: “en tanto miembro de una clase social en la que el movimiento del dinero era entendido cabalmente como la garantía única de influencia, Sor Juana se sabía considerable para el imperio, como todos los demás criollos, solo en la medida en que tenían algo que los metropolitanos no: crédito y efectivo para pagarlo cuando fuera necesario”? Un análisis brillante del discurso poético y sus dilogías barrocas ha quedado reducido a conclusión sociológica, y en esos casos me temo que la literatura siempre sale perdiendo. Los tropos de Sor Juana se alimentaron, sin duda, de su profesión, pero esta profesión incluía una visión de la riqueza dentro de un orbe más complejo y poético de relaciones metafóricas que el simple provecho o la demonización.

A pesar de esta objeción, que merecería más espacio, hay en este libro la voluntad de saltar sobre los tópicos y los dogmas académicos para mostrar un territorio con nuevas luces críticas. En el esfuerzo por analizar estos “gestos de clase” inseparables de la literatura hispanoamericana, Enrigue ha dado forma a un libro inteligente, audaz, perspicaz, que merece un lugar entre la mejor crítica literaria en español de los últimos años. ~

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