En el ensayo “Sion” incluido en Los libros que nunca he escrito (2008), George Steiner sentenció que el odio contumaz que la humanidad le profesaba al pueblo judío no era por haber “matado a Dios” sino por haberlo inventado. En su argumentación, el gran crítico se preguntaba cuál era la necesidad tan humana de renunciar a la idea de las múltiples deidades y cómo el cristianismo, apenas tuvo oportunidad, volvió a llenar nuestro mundo de cientos de imágenes de hombres y mujeres ahítas de adoración. Esa tensión entre iconoclasia y proliferación de cuerpos divinos es, quizá, el punto de fuga del libro de Antonio Rubial, El sexo de los ángeles y de los santos, una obra inesperada –todavía– entre historiadores mexicanos reacios a apartar la mirada del ombligo patrio.
La trayectoria de Antonio Rubial hace que este libro no surja de la nada, sino de una larga preocupación por la forma en que las sociedades cristianas han negociado sus formas de vida, sus modelos de virtud y poder. Ya en La santidad controvertida (1999) –ese estudio indispensable sobre los conflictos en torno al culto de los mártires y la pugna entre devoción popular e institucional– Rubial mostró que la santidad nunca fue un territorio pacífico, sino un campo de batalla simbólico donde se cruzaban disputas políticas, ansiedades comunitarias y pulsiones profundamente humanas.
Aquel libro ya dejaba claro que la Iglesia no solo administró la gracia: tuvo que controlar relatos, censurar excesos, domesticar imaginarios y, al mismo tiempo, alimentarlos. Su nuevo trabajo lleva esa intuición más lejos, situando a los santos, los travestismos piadosos, las veneraciones ambiguas y las violencias celebradas en un horizonte más amplio: el de la construcción de Occidente. De un Rubial atento e instruido en todo lo concerniente a la Nueva España pasamos ahora a un historiador que dialoga de tú a tú con Peter Brown, Jean-Claude Schmitt o Jacques Le Goff. Y es que Rubial ocupa un lugar importante, que lo coloca junto a Jean Meyer, Jaime Cuadriello y algunos más, como uno de los hombres que se mueven con mayor desenvoltura en cuanto a catolicidad se refiere.
El libro está dividido en cinco partes que recorren el amor, el ascetismo, lo asexual, la violencia y la construcción política de lo santo. Cada sección revela cómo la tradición cristiana fue elaborando modelos de conducta, de sensibilidad y de corporalidad que moldearon –y aún moldean– nuestras formas de percibir la virtud, la pureza, el sacrificio y el heroísmo. Lejos de ser una crítica al cristianismo, el texto puede ser leído por un creyente reflexivo sin sobresaltos. Rubial no juzga: reconstruye, interpreta, desarma cual buen relojero y vuelve a montar el mecanismo cultural de la santidad.
Es curioso que una de las piedras angulares del cristianismo, como lo es el martirio, haya hecho entrar en polémica hasta a los Padres de la Iglesia. Si bien Jesús aceptó su muerte como cumplimiento de la voluntad divina, pronto surgió la discusión sobre si el deseo de buscar el martirio era una virtud o una forma de soberbia espiritual. Orígenes, por ejemplo, advertía contra la tentación de precipitarse hacia la muerte como si se tratara de un mérito propio, mientras que Tertuliano exaltaba la sangre de los mártires como semilla de nuevos cristianos. Agustín, más tarde, insistió en que el martirio debía ser recibido como gracia y no como ambición.
Nuestro autor no deja de señalar que incluso en este punto la Iglesia católica comienza a quedarse atrás. Son peores, nos dice Rubial, los horrores narrados por Grossman en Vida y destino (1980) o por Herling-Grudziński en Un mundo aparte (1951) que cualquiera de las hagiografías, fueran las de la legión tebana o el monte Ararat. Como él mismo escribe: “Los genocidios cometidos durante el Holocausto infligido por los nazis y las purgas étnicas promovidas por el estalinismo soviético y por otros regímenes totalitarios rebasan con su brutal realidad cualquier ficción imaginada por las viejas hagiografías.”
La modernidad, lejos de abolir la lógica del martirio, la radicalizó: los campos de concentración, las purgas ideológicas y las guerras totales produjeron un repertorio de martirios seculares que desbordaron la imaginación medieval. Los mártires de nuestro tiempo, sacrificados por causas políticas o sociales, suelen encontrar –fiel a su estilo– solo el silencio de la Iglesia.
Mientras leía El sexo de los ángeles no pude evitar recordar aquel magistral libro de Jean-Claude Schmitt, La herejía del santo lebrel. Guinefort, curandero de niños desde el siglo XIII, 1en el cual el medievalista francés reconstruye la historia de un perro elevado a los altares en algunas pequeñas comunidades francesas, al que se atribuía la salvación de un bebé que estaba a punto de ser mordido por una cobra. Ensangrentado el hocico del perro fue la primera imagen que la madre vio al volver a la casa. Creyendo que el asesinado fue su hijo, acabó con la vida del perro, hasta que cayó en cuenta de su error y vino el arrepentimiento. El can se volvió mártir y por tanto era capaz de interferir en favor de la vida de los feligreses.
Aquel caso, recogido en sus exempla por el fraile dominico Étienne de Bourbon, era la demostración del fracaso del gobierno de la Iglesia en Roma al no poder consolidarse como una religión plenamente hegemónica. Desviaciones como esa fueron moneda corriente durante toda la Edad Media y revelan la fuerza de los ecos del mundo antiguo, donde la naturaleza ocupaba un lugar preponderante en la experiencia religiosa.
Por otro lado, destaca una observación muy fina hecha por Rubial referida a la composición social del santoral. Como bien nos recuerda, la vida de estos hombres no solo era un ejemplo de rectitud espiritual: dieron forma a la estructura de esa sociedad estamental. Durante los primeros siglos, los santos canonizados fueron nobles, clérigos o príncipes monásticos cuyo linaje reforzaba la jerarquía social. Lo mismo ocurría con las mujeres, quienes no eran dignas de entrar o cuyas virtudes eran diferentes a las de los varones. La santidad legitimaba los valores masculinos –la guerra, el celibato activo, la autoridad teológica– frente a las virtudes asociadas a lo femenino, fuera la virginidad pasiva, el ascetismo o la maternidad sublimada.
Lo cierto es, como nos dice Rubial al final del libro, que muchos de los cultos en boga nos dicen más de lo que pensamos sobre una época. Si los cristianos medievales encontraban consuelo en mártires imposibles y la piadosa virgen, los mexicanos de nuestro tiempo lo hacen en figuras como Malverde, la santa Muerte o el propio san Judas Tadeo. Aquellos que en un futuro estudien a nuestro tiempo seguramente verán a estas figuras como síntomas mayores de un mundo en crisis que sigue pensando y sintiendo con categorías cristianas, aunque ya no lo reconozca.
Es una pena no poder dedicar más espacio a las múltiples aristas que plantea El sexo de los ángeles y de los santos, pues Antonio Rubial ha escrito un libro erudito, un libro que no solo explica la historia cristiana, sino que ilumina nuestra época, tan saturada de símbolos, tan ansiosa de pureza, tan adicta a la dramatización moral. Rubial nos recuerda que el cristianismo es una pedagogía del sentimiento: ahí radica su fuerza y su ambigüedad. Los populistas contemporáneos lo saben –explotan la emoción antes que el argumento–, pero también lo saben los nuevos movimientos identitarios, las guerras culturales, los tribunales digitales. Nada de esto es casual. Llevamos dos mil años intentando alcanzar a los santos. ~
- Rastreando esta historia, Schmitt llega a la conclusión que su verdadera procedencia era de la India y es mucho mas antigua de lo que parece. En su versión original la “heroína” es una mangosta. Habría llegado a Europa gracias a las rutas de comercio y constantes migraciones. ↩︎