El humo está lleno de niebla

Daniel R. Blume

Evitar la niebla

Fernando Sanmartín

papeles mínimos

Madrid, 2022, 40

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En la muy cuidada editorial papeles mínimos se acaba de publicar, con el número 13 de la colección de poesía, el libro de Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) Evitar la niebla, que es ligero y pálido como un librillo de papel de fumar. Quizá esta imagen me la haya sugerido el título evanescente, dos veces evasivo, y de pronto y de paso me sugiere que los catorce poemas que antecede son como pitillos, por un lado por el aspecto estilizado, vertical, que les confiere la disposición en versos cortos, a veces de una sola palabra, y por otro por el desarrollo sinuoso de las asociaciones fugitivas que contienen.

La nota de la contraportada advierte de que por las páginas del libro circulan variedad de personajes, como madame Bovary, Jan Potocki, Bob Dylan (o más bien una canción suya), John Berger, Leo Messi o el rey Juan Carlos. Hay otro personaje, quizá más difuso pero central: el que aflora de la lectura de los poemas, escritos en primera persona, alrededor de cuyas cotidianas circunstancias son convocados los anteriores. Todas las imágenes llegan como percepciones de alguien que se va definiendo por el contacto con el mundo exterior, que a su vez le va devolviendo reflejos en los lugares recorridos o recordados: un gimnasio, una perfumería, la casa que se intuye por el televisor o el buzón, una fiesta en Londres, el aeropuerto de Heathrow o la sala de espera del médico. Algunas impresiones que recibe el personaje sobre sí mismo: “Recorro mis promesas / como el que mira un mapa” o “Yo vivo algunas noches en un bar cerrado” o “Soy un sospechoso / cuando escribo” o “Rechazo siempre / que el poema / se convierta en la llaga” o “Y siento miedo / de lo que no me infunde miedo”.  Y también, para ser alguien, recurre a una segunda persona: “Dame una identidad / o el disfraz, / cuando suceda / que tú abandones”.

Hay algo errante y casual en el libro; el personaje se desplaza y observa lo que va encontrando, y su figura difusa se distingue cada vez mejor sobre los fondos bien definidos. Los títulos de algunos libros anteriores de Fernando Sanmartín confirman esta tendencia vagabunda, de aire y movimiento (Manual de supervivencia –consejos inútiles–, Apuntes de París, Viajes y novelerías, Hacia la tormenta, Ciudades que se posan como pájaros, Ir al norte o Días en Nueva York y otras noches). El hallazgo poético hay que salir a buscarlo. Hay que dar la vuelta a muchas esquinas si queremos tener la suerte de toparnos con nosotros alguna vez. 

La acumulación de los lugares por los que se transita genera un murmullo que acompaña la lectura del libro. A partir de ese rescoldo indistinto va formándose una figura humana. Hay como un ruido de fondo que va creciendo, y sin que nunca llegue a distinguirse nada de manera totalmente clara, el empeño desapegado del personaje que se expone a multitud de escenas sencillas –en mitad de las cuales se planta hasta captar una voz inteligible– va revelando una obstinación en sacarle algo en claro al mundo que se escabulle sin decir su secreto, y más que evitar la niebla parece que se dirige a ella con resolución, para atravesarla. Así se manifestará su silueta. Si es así el título puede tomarse como un consejo entre una lista de consejos para vivir (pero por suerte nadie los sigue; la vida humana se extinguiría), y si es así ese personaje que es como un antihéroe desgarbado que asiste a la escena desde una esquina (“soy un poste de luz / y llueve demasiado”) parece erguirse de pronto, como si aceptase que es el único capaz de comprender lo que ha de ser comprendido y de afrontar lo que ha de ser afrontado (él su vida, como cada cual la suya). La silueta del personaje se va dibujando ante nuestros ojos con el mismo trazo mágico que cuando nos enamoramos de alguien al ir viéndole cualidades que sospechamos que nadie más ha advertido. Lo que tenemos de vulgares y de especiales está contenido en este librito de manera discreta, con el mismo cuidado mágico con que se fotografía al protagonista conmovedor y un poco hastiado que lleva protagonizando tantas películas desde por lo menos la mitad del siglo XX. Y en medio de su deambular existencialista encuentra el tiempo y conserva el humor para encarar las cosas con talante patafísico ([a la vendedora de la perfumería] “… querría preguntarle / si su perfume / cura cicatrices / a qué colegio ha ido, / si besa / en un desván”; “la monotonía de un verano / donde pego patadas / a mi fecha de nacimiento”; “cuando aburrirse / era una estación de cercanías”) y así incluir el conjunto de los fenómenos que se dan entre la niebla en el inventario de las rarezas del mundo, que es tan raro a su vez que nos ha permitido existir en él. 

Evitar la niebla
Fernando Sanmartín
papelesmínimos poesía
Madrid, mayo de 2022
40 páginas

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