El mar de iguanas de Salvador Elizondo

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Quizás lo que Salvador Elizondo estuvo escribiendo toda su vida tenga la forma de una odisea, un periplo que consiste en volver al punto de partida. Solo que la salida y el regreso se dan en él a un mismo tiempo. Es la idea fija de Valéry, el eterno retorno del enigma cuyo desarrollo no formulario es la literatura. La obra de Elizondo está compuesta por dos novelas, tres colecciones de cuentos y diversos libros de artículos y prosas de difícil definición en cuanto al género. A su muerte dejó numerosos diarios con una extensión total de más de treinta mil páginas que, dado el tamaño de su letra, supongo que darán unas diez mil páginas una vez editadas. Algunas se han podido leer en varias entregas de esta misma revista, y ahora, en El mar de iguanas, se recoge el primer cuaderno de los cinco que escribió entre 1986 y 1997. Elizondo escribió diarios, según cuenta su viuda, la fotógrafa Paulina Lavista, desde los doce años hasta su muerte, en 2006. El volumen está compuesto por tres textos más, todos de carácter autobiográfico: Autobiografía precoz, Ein Heldenleben y la nouvelle Elsinore. En esta obra descubrimos dos momentos primeros de Elizondo: los casi tres años que vivió en la Alemania nazi, donde su padre fue cónsul, y su estancia en un colegio militar en Estados Unidos. Finalmente, el diario abarca una larga etapa de los años de madurez. Gran aficionado al cine, a la pintura y la fotografía, fue un grafómano y un lector enamorado de la relectura. Aprendió en Arthur Machen el uso del paralelismo en lo narrativo, un procedimiento del que obtuvo excelentes resultados. No lo atrajo la metafísica sino el misterio de la mirada en el espejo. Tuvo una infancia feliz, en la que hablaba alemán, y una adolescencia divertida, en la que habló en inglés. Elizondo es tan heredero de la indagación de Mallarmé y Valéry como de la afirmación poética de Ezra Pound.

Adolfo Castañón sugiere (haciéndose eco de una confesión del mismo autor) que quizás su género preferido fue el cuaderno, es decir: más que un género un espacio donde concurre lo literario en su definición más diversa. Hay varias fotografías de Elizondo escribiendo, y en una de ellas, de 1972, posa, creo que intencionadamente, como un calígrafo chino o japonés: la mano alzada, como sosteniendo un pincel (en realidad una pluma fuente) a punto de posarse sobre la página. Hace sol y su mano, a la justa medida, proyecta una pequeña mancha de sombra sobre el cuaderno. En una anotación del Noctuario del 6 de mayo de 1992, Elizondo afirma que “la escritura es la entelequia de la mano”. La mano arroja sobre el cuaderno sombras, palabras, pero no es una realidad platónica, un derivado al fin de cuyo gradiente se vislumbrara la realidad fuerte y total, no se trata de una entelequia en su sentido de irrealidad sino de un universo que tiende por sí mismo a su propio fin.

Aunque en muchos momentos de la obra de Elizondo se hable del sueño (Elsinore comienza así: “Estoy soñando que escribo este relato”, y El hipogeo secreto es la historia de un sueño y de su soñador), en realidad se trata de un autor muy consciente o dicho con mayor aproximación a la verdad: fascinado por la lucidez, lo que no quiere decir que sea consciente de todos sus procesos. De hecho, esta insistencia en la recurrencia como procedimiento, de origen eleático en lo filosófico, estuvo de moda desde los años sesenta (Barthes, el nouveau roman, Paz, Haroldo de Campos, etc.), y fue, entre otras cosas, una consecuencia de la ironía que Marcel Duchamp puso en pie a comienzos del siglo xx.

Creo que se podría decir que la mente que más le atrajo fue la de Valéry. Tradujo Monsieur Teste, ese doble del autor de La joven Parca, un cuento filosófico y una alegoría del espíritu en la forma de la inteligencia. Amor por el rigor y la vigilia, pero también debilidad por llevar la experiencia literaria hasta el fin, como se hace evidente en sus novelas y cuentos. El diario recogido en este volumen se titula Noctuario, es decir, lo que corresponde a la noche, y fue escrito siempre con nocturnidad. Quizás no sea necesario recordar que Valéry escribía su célebre cuaderno a las cinco de la madrugada. La escritura es la vigilia, es el sueño del que se mantiene despierto mientras los demás duermen o se aletargan. A Elizondo le atrajo el sueño como enigma relacionado con la identidad y como especulación (espejo) literaria. Al fin y cabo, fue un gran lector de Borges, del que no le gustaba nada su poesía, que conceptuó como prosa rimada, pedante y libresca. Pero también el sueño adopta en su obra la forma del deseo: un sueño que los abarca todos “y en el que todos se confunden en una sola imagen: la del Deseo” (Elsinore). El sueño también es un secreto. Elsinore, esta preciosa novelita iniciática, cuenta algunas experiencias del adolescente Salvador Elizondo mientras estudiaba en una escuela naval y militar, del mismo nombre que el libro, en California, sobre todo un episodio central: la fuga del colegio, atravesando, en una precaria barca, un lago durante una noche de niebla. Se trata de uno de los mejores momentos del libro, que se puede leer como un homenaje a Conrad y donde hay ecos de lo mejor de la prosa romántica inglesa (Quincey). Hay un aspecto del secreto que tiene que ver con el deseo; pero otro forma parte del lado nocturno de lo social, una jerarquía y conjunto de claves compartidas por unos pocos. Elizondo tenía debilidad por las sociedades secretas, reales o mentales, los laboratorios, los manuales médicos, la fotografía (como realidad fija pero sometida al laberinto de la memoria). Pensó que el escritor es, en el fondo, un agente secreto, alguien que hace un gesto, un gesto original, gestos “siempre repetidos y siempre que se repiten recordados”. La escritura concebida como laboratorio es una apuesta arriesgada, porque pocos pueden tener los ojos tan abiertos sin convertir la obra en un mero producto mecánico. Mostrar el mecanismo y que el secreto perdure, esa es la clave. Creo que Salvador Elizondo casi siempre salió airoso de su vigilia, fuera nocturna o diurna. Fue el agente secreto que supo hacer el gesto que siempre inaugura la página, es decir, al lector. ~

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