El tiempo del estupor, de Valeriano Bozal

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Las huellas del horror, difuminadas durante décadas, se han vuelto a hacer visibles en la actualidad con una avalancha de escritos sobre Auschwitz y homenajes al “nunca más”, bajo la premisa estricta e irrenunciable de no olvidar. Este nuevo contexto está obligando también al historiador del arte contemporáneo a revisar la creación artística de posguerra.

El arte nunca es un mero reflejo de la época; pero sí es extremadamente sensible al ritmo de los tiempos. Por eso, era imposible que no detectase y reelaborase esa labilidad de fronteras entre barbarie y civilización que mostraba la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, y que provocaba que cualquiera se reconociese con excesiva precisión en aseveraciones como la de que “todo eso que llamamos civilización reposa sobre una montaña de cadáveres”. ¿Acaso no se había empezado a sembrar el arte de entreguerras de cuerpos fragmentados, mutilados,
que daban cuenta de la imposibilidad de recomponer lo humano de acuerdo a cualquier idea de plenitud? A esto, a lo que ocurre con el arte después de la Segunda Guerra Mundial, y, por tanto, en el “tiempo del estupor”, es a lo que Valeriano Bozal dedica este espléndido ensayo en la colección Biblioteca Azul de Siruela.

Bozal empieza constatando que la época posterior a la Segunda Guerra Mundial es excesivamente trágica y compleja para que se pueda resumir en una palabra; y así, a la del título podrían agregarse otras, como perplejidad,
horror, asombro, incredulidad, siempre y cuando seamos conscientes de que es, en definitiva, un tiempo, también, de quiebra de toda palabra, del propio lenguaje. El punto de vista del autor es fruto, de hecho, del deseo de ir más allá de los análisis formalistas a los que se ha sometido frecuentemente el arte de esta época, para intentar su comprensión y explicación a través de sus estrechos vínculos con la atmósfera y los acontecimientos propios de ese momento histórico, es decir, bajo la condición que impone estar en “un mundo que parecía no poder ser dicho”.

Una vez expuesta esta declaración de principios, Bozal acomete su personal recorrido por la obra de algunos de los artífices del expresionismo abstracto, del informalismo, y de otros responsables de las distintas “imágenes del hombre” que acuña la creación de estos momentos. Se detiene en algunos de sus capítulos inexcusables, como Pollock, Dubuffet (cuyo credo contestatario “sesentayochista”, advierte Bozal, deja por el camino un elemento fundamental de su poética: el sarcasmo, la ironía), el grupo CoBrA (el grito de su automatismo físico), Giacometti (pintando y borrando, situándose en el grado cero de la pintura), y Bacon y Fautrier (unidos por la metamorfosis que experimentan sus figuras, lo que las emparenta a su vez con Gregorio Samsa). También aborda otros asuntos y autores menos frecuentados por los estudios de conjunto sobre el arte de este momento: como “la barbarie corriente” según los dibujos de un testigo directo del estupor, Zoran Music, internado en Dachau en 1944; o los retratos pintados por Antonin Artaud durante 1946 y 1947, sobre los que Pierre Loeb escribió: “Le visage humaine est un force vide, un champ de mort”, y en los que Bozal percibe aplomo, pero sin la solidez de los personajes clásicos que parecían tan satisfechos de sí mismos.

Un último capítulo, “El muro y el monstruo”, se dedica al arte español, cuyos ritmo y tiempo, admite el autor, son distintos a los del arte europeo; y aparecen, sobre todo, aturdidos por el “ruido” del ambiente dictatorial (el de la retórica del poder, pero también el de los desfiles, los correajes, las consignas, las colas, el mercado, se especifica), ese ruido que era una forma de violencia.

Este libro podría servir, sin duda, como breve pero eficaz “manual” para el estudio del arte después de la Segunda Guerra Mundial. Pero es mucho más que eso, pues se trata de un ensayo, es decir, de un modo propio de reflexionar, de plantearse cuestiones, de ver las cosas; gracias a ello, nos permite una comprensión más profunda, matizada y rica, de las mismas. Se encuentra plagado de ideas lúcidas que arrojan una luz sensible y delicada sobre este arte de tiempos oscuros que no para de gritar. Creo que la adecuada para cualquiera que, ante el deseo de percibir mejor las poéticas de lo informal, continúe reclamando “luz, más luz”. Sin duda, la interpretación de dichas poéticas seguirá todavía su curso, rectificando aquí, matizando allá, aportando nuevos datos. Mientras llegan, el libro de Bozal, su sagacidad e intuición (argumentada con razones), nos muestra puntos de vista muy sugerentes, como el de que el “arte otro” está marcado por la “retirada de lo humano”, y el efecto de violencia que ello entraña, o que la pintura europea de estos momentos no afirma, sólo hace preguntas incontestadas en presencia de sus motivos. Situada así en la incertidumbre, creo que se parece sobre todo a la filosofía –por mucho que algunos de los artistas de este momento se quejaran de que la pintura no deja ver los cuadros–, y a la literatura, con la que mantiene una relación permanente, que Bozal ha sabido trazar con maestría. Pues al fin y al cabo son las tres las que al unísono “se preguntan por la naturaleza del mundo, sin que quepa otra respuesta que construirlo”.

Este libro explica, en todo caso, que sí, que “se podía pintar después de Auschwitz, pero la pintura era radicalmente diferente a la que se había realizado antes”. ~


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