La voz de Ofelia, de Clara Janés

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La voz de Ofelia cuenta la historia de una fusión espiritual: la de la autora, Clara Janés, con el poeta checo Vladimir Holan. Tal fusión presenta los siguientes jalones: convaleciente de una enfermedad, cae en las manos de Janés un libro del poeta, Una noche con Hamlet y otros poemas —aunque la autora no lo especifique, probablemente se trate de la edición de Guillermo Carnero en Barral Editores, aparecida en 1970—; lo lee, fascinada, y le envía un poema a su autor. Holan le responde, diciendo que la estaba esperando y que puede visitarlo, cosa que a casi nadie permite, recluido como vive en su casa de la isla de Kampa, desde que los comunistas de su país prohibieran su obra, en 1948, por sus “orígenes mallarmeanos”. Ambos se encuentran, en 1975, y traban una relación singular, que va del silencio inicial —no hablan lenguajes comunes— a la plena identificación entre ambos; una identificación que, en el caso de Janés, llega hasta el punto de desear que su sangre y su carne sean sustituidas por las de Holan. Janés aprende checo y traduce los libros del poeta —su última entrega ha sido Abismo de abismo, en Bassarai Ediciones, aparecida en 2000—, y, tras muchos años de amistad, descubre, cuando Holan está a punto de morir, que éste había ya intuido su existencia, en Barcelona, su ciudad natal, antes de que se conocieran. Clara Janés tiene a Holan por Orfeo y Hamlet, y a sí misma, por Eurídice y Ofelia. La lectura y el conocimiento del bardo de Praga le permiten salir de su silencio poético, en el que llevaba seis años, esto es, Holan-Orfeo rescata a Janés-Eurídice de los infiernos del alejamiento de la poesía. Holan es, pues, un “aliento vivificador que poblaba el silencio”, un “susurro del ser”. Los nexos entre ambos no acaban aquí: Clara Janés halla también un sorprendente paralelismo entre el encierro del poeta en Kampa —y luego en U Luzického Semináre— y los que protagonizaba ella misma, cuando niña, en el jardín de la casa familiar, en Pedralbes. Ambas reclusiones perseguían, en su sentir, lo mismo: la búsqueda interior, la profundización en la semilla, el apartamiento de la insuficiencia y la congoja. Janés reivindica lo que Holan despliega en su poesía y en su vida: “el silencio, la contemplación y la visión interior”, una inmovilidad mucho más que estoica: nihilista, aunque de un nihilismo centelleante y genésico. Hay que ser Orfeo de uno mismo: hay que arrancarse del averno de tinieblas en que mora el ser. Para ello es menester prestar atención a las pequeñas cosas, a los sucesos cotidianos, cuyo significado e irradiación suelen escapársenos. Captadas en su íntima plenitud —unas rosas, el zarpazo amarillento de una luz, la cabeza de piedra de una virgen—, estas menudencias pueden transportarnos al otro lado de la realidad, lo que constituye una de las más antiguas aspiraciones del arte: “Él estaba también en el otro lado y ahora ya en la inminencia de su transformación. Y el rojo intensificado y árido susurraba la total extrañeza del aquí. Hacia la tierra, sí, se orientaban las rosas. Hacia la tierra, el cárdeno decantado en oro, en efusión ardiente…”, escribe Janés.
     La voz de Ofelia presenta una estructura fragmentaria y una burbujeante mezcla de géneros, un rasgo de modernidad que se convierte en uno de sus principales atractivos: el libro es, inextricablemente, un diario, un volumen de memorias, un poemario —incluye varios poemas íntegros, tanto de Janés como de Holan—, una crónica de viajes —geográficos y espirituales— y una sintética biografía del poeta checo. Aunque lo que sobre todo es, es un ensayo: sobre la poesía de Holan y sobre la concepción poética de la propia Janés, en gran medida coincidente con la de aquél, y que puede sintetizarse en una afirmación del libro: “la poesía es establecer el ser por la palabra”. Como ha acreditado en su ya larga actividad lírica —integrada por más de veinte poemarios, desde Las estrellas vencidas, de 1964, hasta Fractales, de 2005—, Janés entiende la poesía como canto, como ritmo que vincula al yo con la naturaleza, pero al que se accede por el silencio. Ese canto es transformador, y se impone al poeta, que ejerce de médium: a su través cuaja en “concepto, melodía y verbo”. La voz de Ofelia, transido de lirismo —cabe considerarlo, a ratos, un poemario en prosa—, contiene también intensos momentos narrativos, como el que relata la muerte del padre en un accidente de automóvil. Janés emplea entonces una prosa telegráfica, en cuyo absoluto despojamiento cifra su máximo dolor. A lo largo del libro constatamos las semejanzas entre los estilos de Holan y Janés: los dos escriben con una sencillez metálica, con una húmeda sequedad muy propias de la literatura centroeuropea y generalmente ajenas a la hispánica, que tiende a lo quevedesco y abombado. Ambos manejan bien uno de los principales reactivos poéticos, la paradoja; ambos urden descripciones certeras; y ambos se inscriben en la milenaria tradición de la oscuridad como luz: “la claridad del negro”, escribe Janés; y también: “el fulgor que anida en las tinieblas”.
     El libro, empero, no está exento de defectos. En su fragmentarismo y pluralidad, resulta un tanto desgalichado. A ello puede haber contribuido el hecho de que, como explica la autora en su nota epilogal, La voz de Ofelia conviviera, al principio de su larga gestación, con otro que estaba escribiendo entonces, Jardín y laberinto, de cuya primitiva redacción conserva diversos fragmentos. Acaso esta convivencia no haya sido bien resuelta. Por otra parte, La voz de Ofelia abusa de las apelaciones al misterio y a lo ignorado. El lector sabe que el no saber constituye un requisito para que surja el conocimiento verdadero, pero no desdeña las certezas; y este libro ofrece pocas. El recurso al enigma puede ocultar, además, la impericia de la trama o la gratuidad de sus hitos: se agradece, pues, la verosimilitud lógica, y hasta la ilógica, siempre que resulte razonada y coherente, algo que no siempre sucede en La voz de Ofelia, plagado de premoniciones e ignorancias. La forma se contagia de esta delicuescencia, y resulta blanda y vaga en ocasiones. Algunos pasajes se me antojan especialmente desdichados, como éste de la página 68: “Y así vivía él ya adelantando su inexistencia, porque para todos tiene que llegar el momento en que el cuerpo queda invadido por una aparente quietud que se demostrará encierra movimiento desintegrador en la masa carnal pues, de ella, no quedará nada, cada átomo partirá en una fuga…”. Por último, Janés no duda en elogiarse por interposita persona, y transcribe este aserto de Holan: “Por primera vez comunicaba su sentir: ‘No crea que no me di cuenta desde el principio de que es usted una mujer hermosa, pero sobre todo es usted una mujer misteriosa, mágica y apartada'”. Un error disculpable, sin duda —la vanidad humana no conoce límites—, aunque también fácilmente evitable. Y un misterio más que añadir a la cuenta de misterios de este libro meritorio y borroso, atinado e imperfecto. –


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