Locus amœnus. Antología de la lírica medieval de la península ibérica, de Varios autores

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Lo más interesante de la Edad Media es su multiplicidad, su naturaleza atomizada y bullente, sus perfiles cartilaginosos –tanto culturales como políticos–, en procura de la cristalización. Esa condición fragmentaria la acerca, como bien vio Umberto Eco, a nuestro mundo actual: a esta posmodernidad laxa y escéptica, en la que lo diverso socava lo universal. Y a esa diversidad fecunda, pero también caótica, se acogen Carlos Alvar y Jenaro Talens –reputados filólogos ambos, y excelente poeta, además, el segundo– para urdir Locus amœnus, una dilatada antología de la lírica medieval de la península ibérica, cuyo título designa uno de los tópicos más pertinaces de la literatura de aquellos tiempos, el “prado/ verde e bien sencido, de flores bien poblado,/ locar cobdiciaduero para omne cansado”, como escribe Gonzalo de Berceo en sus Milagros de Nuestra Señora. La idea esencial que sustenta la selección –un reconocimiento de lo subjetivo y artificial que es todo discurso unificador– viene enunciada al principio de su prólogo: “Toda aproximación a la poesía hispánica medieval debe asumir que las varias e irreductibles líneas de fuerza que la atraviesan no pueden ser integradas en un universo unitario, y [que] todo intento de articular lo diferente como variante de una cierta multiplicidad de lo mismo no hace sino perpetuar una prioridad jerárquica, que, no por casualidad, corresponde a quien está en uso de la palabra. No hay generalidad posible”. Ciertamente, en la península ibérica entre finales del siglo X y mediados del XVI –que son los límites fijados por los antólogos para su recolección– no hubo una poesía, sino muchas: tantas como lenguas se usaban –algunas ya fosilizadas, como el latín; otras, híbridas, como el mozárabe; otras, aún en formación, como el castellano y el catalán– en un magma de reinos, tradiciones y culturas que no convivían tan armoniosamente como se nos ha hecho creer. El que muchos de los poetas aquí seleccionados –Alfonso X El Sabio, Gil Vicente, Ramon Llull, entre otros– utilizaran varias lenguas literarias demuestra el carácter fluido del cosmos poético medieval. Alvar y Talens aportan, además de la selección y la traducción, una introducción y un útil apéndice de referencias biográficas y cronológicas. Se echa en falta, quizá, una somera bibliografía de las principales ediciones y estudios sobre la poesía hispánica medieval, y una mayor depuración –o coordinación– en el prefacio, donde algunas ideas se repiten varias veces, por ejemplo, que las jarchas se encuentran al final de las moaxajas (pp. 16 y 17); que los trovadores tienen a la dama por señor feudal (pp. 19 y 20); que la poesía tradicional está compuesta por las jarchas, las cantigas de amigo galaico-portuguesas y los villancicos castellanos (pp. 13 y 25); o que muchos poetas catalanes y valencianos se mantuvieran apegados a las tradiciones de la lírica provenzal, cuando ésta ya había declinado (pp. 33 y 34).

La poesía en latín, con la que se inicia la antología, recoge una amplia muestra de los Carmina Rivipullensia (Canciones del monasterio de Ripoll), del siglo XII, el único ejemplo de literatura goliárdica hispana. Los goliardos eran clérigos errantes, a menudo de vida disipada: frecuentaban tabernas, visitaban prostíbulos y practicaban el juego, entre otras costumbres licenciosas. Por si fuera poco, componían sátiras contra el lujo con el que vivían los papas o parodias de la Biblia. Sus poemas chisporrotean de erotismo: “[A una doncella] amé; no es censurable,/ estimo, para nadie, ni molesta.// Son sus ojos brillantes y níveos sus dientes,/ sus pechos son turgentes,/ como nieve candentes”. El canto a los senos de la amada, nutricios y amables, se vuelve una obsesión, y muchos goliardos evocan el inequívoco placer de palparlos.

La poesía árabe agavillada en Locus amœnus incluye un puñado de autores andalusíes, entre los que cabe destacar al melancólico Ibn Jafāŷa, al crepuscular Ibn Sahl de Sevilla y a varias delicadas poetisas, como Hansa Bint Al-Hāŷŷ Ar-Rakūniyya. La poesía en hebreo es aún más esplendorosa, e incorpora a alguno de los mejores poetas en esa lengua de todos los tiempos, como Yehudá ha-Leví, criado en Lucena, Córdoba, donde vivieron también otros destacados autores judíos, como Samuel Ibn Nagrella, Isaac Ibn Jalfún o Yosef Ibn Saddiq. Brillan con singular intensidad aquellos versos que desbordan el férreo marco de las convenciones líricas de la época y expresan una angustia individual, un estallido singular del alma, como el poema de Ibn Nagrella que, aunque referido a animales, anticipa el célebre alegato de Shylock a favor de la humanidad de los judíos en El mercader de Venecia (“Tienen alma y corazón como vosotros,/ como vosotros se mueven sobre la tierra”), o este escueto y devastador verso suyo, de tintes existenciales: “Muerte hay en sus ojos y bajo su ropa”. Algunos de estos autores, como Yehudá ha-Leví o Todros Abulafia, escribieron también jarchas, los poemas líricos en lengua romance –mozárabe– más antiguos de que se tiene constancia. Son brevísimas adiciones a las moaxajas, composiciones en árabe clásico o hebreo, que expresan una queja de amor, formulada siempre por una mujer. Se trata de candorosos pero también incisivos balbuceos, que configuran exactas miniaturas emocionales: “Madre mía, ¿qué haré?/ Mi amigo está en la puerta”, escribe Ibn Saddiq.

La lírica trovadoresca es una poesía laica, aristocrática, adulterina y rígidamente codificada, que floreció entre los siglos XII y XVIII, y que ha impregnado de forma duradera la poesía de Occidente y su imaginario erótico. Describe las relaciones que se establecen entre el poeta y la dama –siempre casada, pero nunca con él–, y que, contra lo que algunos han sostenido, aspira en todo momento a la unión carnal; es el fin’amors o amor cortés, propio de una sociedad simultáneamente montaraz y sofisticada, que reproduce, en la relación amorosa, los vínculos de servidumbre que unían al vasallo y al señor. La poesía trovadoresca, no obstante, se extiende a otros temas y propósitos, y cultiva la sátira, mediante el sirventés; la elegía, con el planh; y el debate poético, con la tenso, el partimen o el tornejamen, de todos los cuales hay abundantes ejemplos en Locus amœnus. Ezra Pound opinaba que sólo entre los poetas griegos, algunos autores renacentistas y los trovadores podía encontrarse la poesía objetiva, sin desviaciones ni adjetivos, directa, agudamente luminosa, que él ansiaba para la lengua inglesa. Entre quienes la practicaron, escogidos por Alvar y Talens, hay un rey, Alfonso II de Aragón, y un asesino, Guillem de Berguedà, quien mató a traición al vizconde Ramon Folch de Cardona en 1175. Locus Amœnus incluye tanto su célebre cansoneta contra el marqués de Mataplana como su no menos conocido planto por él, tradicionalmente considerado un modelo de elegía, pero cuya lectura se ha enriquecido con las recientes investigaciones de Antoni Rossell, según las cuales el lamento fúnebre albergaría, junto a su sentido elegíaco habitual, otro, escarnecedor, más coherente con la personalidad belicosa del trovador.

La poesía galaico-portuguesa se nutre de cantigas de amor, cantigas de amigo y cantigas de escarnio y maldecir. El erotismo y la burla son, pues, constantes, junto a algunas obsesiones, como el yantar, cuya consecución debía de ser, en aquellos siglos atribulados, tarea de cierta enjundia. Descuellan los poemas anómalos, virulentos, excesivos, imprevisibles: Pero da Ponte, enloquecido por la muerte de su dama, compone una pieza desquiciada y quizá blasfema: “¡En aciago día y en aciaga hora/ creó Dios este mundo!” Otro poema suyo es un planto satírico, negro y brutal: “¡Ha muerto don Martín Marcos, ay Dios, si será cierto!/ Sé que, si ha muerto, la torpeza ha muerto,/ la estupidez y necedad han muerto…” Pero Viviaez, angustiado por la poca y mala comida, pergeña una composición paronomásica, mezcla de lírica popular y ludismo vanguardista: “Pues nunca diole de comer, mal o bien,/ no debe hacerlo mal ni bien/ y más que bien a mal se lo tomaran/ que mal o bien de su yantar hablaran”. Alfonso X El Sabio, en fin, conjuga lo exquisito –en las Cantigas de Santa María y lo soez, en una lúcida síntesis de las contradicciones medievales y, en última instancia, del espíritu humano: “[El deán de Cádiz] conoce tan bien el arte de joder/ que con los libros del arte que tiene/ jode a las moras cuanto le apetece”.

La poesía en castellano de Locus Amœnus acoge a todos los grandes autores y obras en esa lengua hasta mediados del siglo XVI: Berceo, el Libro de Alexandre, el Libro de buen amor, la sátira del Rimado de Palacio, los poetas de la corte de Juan II, las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique –un monumento de la poesía universal–, y una amplia representación de los debates medievales, de la fresca y anónima lírica popular, y de la poesía de cancionero, callejera y mordaz. Aparecen también las coplas de Pere Torrellas contra las mujeres, que prolongan una antiquísima tradición satírica antifemenina, y la gallarda respuesta de Suero de Ribera “en defensión de las donas”. Pedro Álvarez Osorio firma composiciones prebarrocas, plagadas de políptotos y retruécanos, y Diego de San Pedro, otras en las que anuda lo cortés y lo grosero, como la dedicada a “una señora a quien rogó que le besasse, y ella le respondió que no tenía culo”. La pasión pectoral de los goliardos se renueva en algunas piezas anónimas: “No me las enseñes más,/ que me matarás.// Estávase la monja/ en el monesterio,/ sus teticas blancas/ de so el velo negro./ Más, que me matarás”. También las albadas –esos poemas de origen trovadoresco que lamentan la llegada del día, porque los amantes han de separarse– se reconocen en otras piezas anónimas: “Ya cantan los gallos,/ buen amor,/ y vete,/ Cata, que amanece”.

Por último, la poesía en catalán incluye a un buen ramillete de poetas nacidos en Cataluña, Mallorca, Valencia y Zaragoza –todos ellos escribieron en ese idioma–, entre los que destacan Jordi de San Jordi y Ausiàs March, dos de los mejores poetas europeos del siglo xv. Ramon Llull, uno de los principales filósofos de su época y quien convierte al catalán en lengua literaria, comparece con fragmentos del Canto de Ramon y de El desconsuelo, cuyo interés poético es menor que el que hoy despierta su extraordinario Libro de amigo y amado, no incluido en la antología, con buen criterio, por ser un compendio de aforismos morales, y no de versos.