Los señores del límite, de W. H. Auden

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W. H. Auden (York, 1907-Viena, 1973), poeta y prosista inglés que vivió buena parte su vida en Estados Unidos (hizo el viaje inverso a Eliot y Pound), fue quizás el más completo de su generación en cuanto a la amplitud de registros poéticos. En la segunda mitad del siglo XX, si queremos pensar en alguien con semejante ductilidad para el verso y su facilidad para enfrentar temas distintos, hay que citar a Charles Tomlinson (1927), quien no sólo leyó desde su propio taller a Auden (aunque con poética distinta), sino a poetas norteamericanos como Pound, Hilda Doolittle y Moore. Por otro lado, Auden fue un crítico perspicaz, maestro de los recursos propios de la astucia, hasta el punto de que, sospecho, su idea de que “la poesía es magia: nacida en pecado” es causa de su antirromanticismo y de la necesidad de sujetar las riendas de lo imaginario en el sentido de revelación y transformación de la persona. Un poeta que se ve escribir. Prefirió la lucidez de controlar el verso, saber lo que estaba haciendo, y lo hizo por momentos con una maestría que resiste el paso de los años, tal como podemos observar ahora en esta completa antología bilingüe de Jordi Doce. Poeta católico, percibió que la poesía, al menos como se postula en el Romanticismo y luego en muchos otros poetas, de Rilke a Neruda pasando por los surrealistas, es una defensa de la imaginación como originaria y fundadora, y por lo tanto, para Auden, una herejía. Su labor fue crear un mundo paralelo de poemas para soportar la desazón de la historia sin negarla. Creo que es necesario recordar que al final de sus años condenó ciertos extremos poéticos, tanto de expresión erótica como religiosa (en el mundo hispánico: San Juan de la Cruz y al Lorca de Poeta en Nueva York). Quizás Auden no puede reconciliarse con el fondo irreductible que percibía en lo poético como tampoco pudo hacerlo con el erotismo (homosexual, en su caso). Es curioso: Eliot no creía realmente en la poesía sino en la religión, en la que tampoco terminaba de creer, en un sentido fervoroso; Auden, también puritano, fue un poeta notable que no terminó de creer en la poesía, quizás porque le hubiera gustado que la poesía fuera esencialmente celebratoria del hecho de ser (algo que nos da Dios) y acontecer, pero no en el sentido de Octavio Paz, sino como un mundo de imágenes relativas a un hecho preexistente: la creación.

Jordi Doce es conocido entre nosotros como poeta y por su extensa labor de traductor y crítico, con especial atención al mundo anglosajón. Ha traducido, entre otros, a Simic, Heaney, Hughes, Tomlinson y Eliot. Auden es un poeta muy traducido a la lengua española en los últimos años, y fue leído con provecho por José Ángel Valente y, sobre todo, por Jaime Gil de Biedma, en cuya obra, si bien no lo tradujo, la presencia es notable, y no sólo en cuanto a procedimientos sino en su idea de la poesía (pero sin el puritanismo que padeció Auden). Aunque algunas de las traducciones en español son valiosas, creo que ninguna se había planteado el reto de Jordi Doce: una antología en la que además de atender a etapas muy distintas y representativas, con poemas de factura muy diversa, ha recogido diversos textos en prosa que conforman una síntesis de su poética. Auden es un poeta que trabaja de manera exhaustiva los recursos del verso y de la lengua literaria, que, en su caso, se apoya en la lengua hablada. El habla, incontrolable, se inserta en estrofas y rimas fijas, características todas que desafían a cualquier traductor. Doce no ha podido mantener las medidas equivalentes siempre y ha optado por otras que no atenten contra el significado de la forma original, además de respetar la noción de verso, acentuado, no mera línea medida y rítmicamente aleatoria; e incluso ha procurado responder ocasionalmente a la rima (consonante o asonante) en diversos poemas. Ha hecho un trabajo esmerado y por momentos brillante, aunque es lógico que en algún punto pensemos en algunas alternativas posibles. En definitiva, y si me extiendo es porque no estamos hablando de un poeta en su lengua, sus traducciones están logradas, suenan en español, participando de una lengua poética que a su vez confirma, contradice y renueva. Estos poemas suenan en un español pensado por Auden, gracias, entre otros, al mismo Gil del Biedma que supo contagiarse de determinadas cadencias y construcciones propias del poeta inglés y que Doce ha sabido recuperar para su traducción. Los logros de la traducción no sólo son visibles en los poemas de los años treinta, en los que ciertos aspectos de imaginación verbal tienen más equivalentes en la tradición del modernism, y donde se encuentran piezas magníficas como “Una noche de verano”, “En memoria de W. B. Yeats”, “Herman Melville” sino también en el poema en prosa “Calibán al público”, resuelto admirablemente, o los más voluntariamente retóricos de Bucólica, de finales de los cuarenta.

Jordi Doce hace un retrato de Auden en su prólogo en el que, sin entrar en muchas contextualizaciones, penetra en el taller y en el imaginario de Auden. Lo ve como un poeta de la ciudad pero no en el sentido crítico que lo fueron Eliot o Lorca (para la megápolis), sino como un poeta que se sitúa a nivel de calle, como un ciudadano más que asiste a la polifonía cambiante de lo urbano. Aunque conceptúa al poeta inglés entre los más altos del siglo XX, Doce afirma que el valor de su prolífico corpus radica en las relaciones complejas que mantienen las piezas entre sí. Es una afirmación que da que pensar, porque si Auden no tiene varios poemas de altura incontestable (aunque muchos notables), entonces es un autor que podríamos calificar de muy interesante por el efecto acumulativo de su obra y porque fue un poeta inteligente y lúcido (en el sentido en que lo fue Valéry). Algo de eso le ocurre a buena parte de Juan Ramón Jiménez (poeta poco constructivo en el sentido en que lo fue Auden, además de la diferencia notable ante el vocabulario), y que, como el poeta inglés para su lengua, ha sido un verdadero semillero de inspiración para muchos poetas de la nuestra. Los señores del límite es, obviamente, una obra de gran complejidad cuyo examen excede esta nota, pero no quiero cerrarla sin indicar que la introducción del poema en prosa “Calibán al público” nos permite comprender mucho mejor la riqueza de uno de los poetas más inteligentes de la lengua inglesa. ~

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