Poesía eras tú, de Francisco Hinojosa

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En el país de Juanito es muy difícil competir, en clave de humor, con la realidad. Es mejor plagiarla, jugar con sus reflejos, acaso partirla en versos. Eso es exactamente lo que hizo Francisco Hinojosa con su libro Poesía eras tú: leyó una carta-poder, le dio un ataque de risa, decidió partir la carta en versos y ya no pudo contener ni la risa ni la necesidad de crear toda una historia alrededor del documento. Dije “crear toda una historia”, pero dudo que, a estas alturas, la narración de la vida y milagros de una diputada que antes fue porquera nos parezca una ficción. Ni siquiera necesita ser verosímil: está en el periódico todos los días, y también nosotros, los consumidores de realidad, nos atacaríamos de la risa si no nos dieran tantas ganas de llorar.

Poesía eras tú es la desopilante historia de un vivales que le escribe poemas de amor a su “amasia”, una porquera convertida en legisladora de nombre Zaharaí. Los poemas son la historia pero este no es un libro de poemas sino una novela. ¿Una novela en verso? Una novela en mal verso, para ser más específicos, pues Hinojosa ha producido, para nuestro regocijo, a un formidable mal poeta cuya mayor virtud es no dárselas de Vate. Sin embargo, excepcionalmente nos topamos con joyas como la siguiente, que nada le pide al “Estudio de dos peras” de Wallace Stevens:

 

Tu ombligo

es un punto

en medio de tu panza.

 

Pero esa monda y lironda redondez apenas logra sacar la cabeza del fango de mala leche y conmovedora poesía chafa que son el verdadero material del libro. Mejor que mala leche: en Poesía eras tú queda estampada, con toda nitidez, esa weltanschauung de bolsillo que conocemos como priismo: mucha retórica deslenguada y bienintencionada para encubrir las pequeñas transas para sacar provecho que el mexicano ya confunde con la vida misma. En este epistolario “amoroso” atestiguamos el ascenso de una mujer que cuidaba marranos a ese otro ámbito no menos espeso que es la Cámara de Diputados: quedan claras las intenciones alegóricas de Hinojosa y sus ganas de reírse, a manera de válvula de escape, en medio del cochinero: chanchullos, infidelidades, machismo, abuso de poder, violencia doméstica, movidas por debajo del agua, tráfico de influencias, borracheras infinitas, altos índices de vulgaridad y hasta un asesinato. Todo ello visto a través de los ojos –y de la pluma– de otro arquetipo nacional que en esas aguas se mueve como pez: el cábula, un licenciado seductorcillo que parece estar cebando a su amada víctima en preparación para el sacrificio final:

 

Mi linda amasia

abogada de mi alma

mañana voy a ir

ni modo

a una marcha

en contra de los legisladores

como tú

comprenderás que no es fácil

para mí

estar entre dos bandos

sabes que te quiero…

 

Hinojosa no sólo parodia las taras de nuestro sistema político, también encuentra placer en pinchar el solemne globo de la poesía. Esto queda claro desde el título del libro, pero no sólo es Bécquer su objetivo: Santa Teresa, Gertrude Stein (“un salpullido es un salpullido es un salpullido”), Borges, Whitman y Cri Cri se asoman por ahí con homenajes al revés, pues el autor los saluda magullándolos. Creo que tanto sus alusiones como la poesía mal escrita de todo el libro no se deben tomar tan a la ligera sino leerse como sacudidas a la parte más solemne y adormilada del canon; algo tiene Poesía eras tú de risa nerviosa en un velorio, de reacción frívola y divertida ante una gravedad impuesta y muy formal. No hay por qué ponerse el saco (de hecho, la poesía mexicana contemporánea, acusada más de una vez de conservadurismo y flema, está teniendo una extraordinaria reacción ante la sospecha de acartonamiento), sólo hay que reírse a gusto sin temor a que nos regañen nuestras tías enlutadas.

Y ya que el humor y la risa han imperado en estas líneas y son el motor central de Poesía eras tú, habrá que señalar su riesgo principal: el del chiste demasiado largo. Se requiere talento para no perder al auditorio con un chiste de 116 páginas, y de inmediato sostengo que Francisco Hinojosa chorrea dicho talento. Este lector no se cansó, pero sí, un poco, su oyente, con quien quiso compartir la entusiasta lectura en voz alta de muchas de sus páginas. Pasó del ja ja al je y de ahí al ejem. Pero prefiero atribuir esa culpa a mi mal histrionismo a la hora de querer encarnar al poetastro sablista y mantener intacto el mérito de Hinojosa, que no es poco: zambutió a Chava Flores, La ley de Herodes y La región más transparente en una sola e hilarante píldora.

Que este libro haya coincidido con la llegada de la influenza porcina sólo confirma que siempre vamos un poquito detrás de la realidad, tomando notas a ver si podemos escribir nuestros libros con sus migajas. ~