Testimonio del Maoísmo

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Desde que un buen día hizo autoestop de Madrid a París, había visitado varios países y había fijado residencia en tres, pero nunca había sentido tanta soledad ni había tenido tanta conciencia de ser extranjera como en China durante su estancia de un año como profesora de español. Impresiones que nada, o muy poco, tuvieron que ver con la materialización en directo de los tópicos occidentales sobre el mundo oriental, puesto que la por entonces joven profesora y socióloga Mercedes Rosúa, consciente del privilegio que suponía el acceso a una experiencia cerrada a la mayoría de la gente (“por la que hubiera sido capaz de ir gratis, si se hubiera dado el caso”), no pretendía constatar en directo el “hermetismo” y la “inaccesibilidad” de ese mundo, sino ser testigo y participante, en tanto que trabajadora asalariada, de los logros del maoísmo.
     Habíamos tenido un avance de esa escueta y lúcida estancia en Archipiélago Orwell (2001), en donde, además de analizar de forma un tanto atropellada su experiencia, Mercedes Rosúa alertaba de las peligrosas coincidencias entre el modelo educativo maoísta (eliminación de los suspensos, defensa de las actuaciones grupales frente a la acción individual, falta de autoridad del profesorado o mínimo común denominador en el terreno intelectual) y el español gestado a mediados de los ochenta y aplicado a partir de ese “híbrido de maoísmo revenido y exaltación del Sistema de Bienestar” que fue la logse de 1990. Pero es en este recién publicado Diario de China —que incluye el Libro I, sobre Sian, publicado con anterioridad, y el Libro II, inédito, titulado Los náufragos de la utopía— donde Mercedes Rosúa logra un excelente y estremecedor testimonio de su desengaño.
     En la primera parte, “Sian”, la autora relata las impresiones de los primeros meses en China. La llegada a Pekín, a finales del verano de 1973; el encuentro con otros cooperantes y, en especial, con Ruiz, el único español, que se encargará de manejar en la sombra los hilos que tejen el destino de la autora en el país; el traslado forzoso a Sian y, antes de que concluya el tiempo pactado, el regreso también forzoso a Pekín; la dificultad para integrarse y compartir esfuerzos con sus colegas chinos y el contacto con quienes, apenas unos años atrás, participaron con entusiasmo en la Revolución Cultural; la dolorosa toma de contacto con lo que significa la realidad cotidiana de esa experiencia política en la que creyó y que día a día se le deshace ante sus ojos.
     En Los náufragos de la utopía, en Pekín, Mercedes Rosúa padece el delirante ambiente del Hotel de la Amistad, en donde más o menos acomodados, resignados o en sintonía intelectual con el régimen, viven obligatoriamente los trabajadores extranjeros, cuya máxima preocupación pasa por ver cómo conseguir ayuntamiento carnal. Y en contra de lo esperado, tiene, si cabe, menos posibilidades que en Sian de “vivir con y entre los chinos”. Trabaja en un par de institutos de enseñanza de lenguas extranjeras y, a pesar de los intentos repetidos, tampoco puede establecer relaciones personales sin la mediación de ese funcionarismo sumiso y comedido que impregna el contacto de los chinos con los extranjeros. Discute, quiere debatir, poner sobre el tapete sus dudas y sus opiniones, exige que la dejen participar, junto a sus colegas chinos, en los quince días de trabajo manual en una fábrica, algo que consigue y que le cuesta el despido forzoso un año antes de lo pactado. Pero le da tiempo de ver cómo opera el régimen ante la nueva campaña ideológica que ha desencadenado el Gran Timonel “contra Lin y contra Con” (Lin Piao y Confucio); observar la arbitraria aplicación de una legalidad no escrita y la infantilización de las personas; asimilar, en definitiva, el desengaño y la alteridad absoluta ante la imposibilidad de hacer suya esa realidad política.
     En esta especie de cuaderno de bitácora que constituye el Diario de China, la autora no abunda en la relación de anécdotas, chismes y peripecias personales (“Mucho había huido de escribir sobre mí misma”), aunque, cuando se presentan, le sirven no tanto como exposición narrada cuanto de ilustración de un fenómeno o como punto de partida de un análisis sobre una situación política o sobre algún exceso, llámense control ideológico, propaganda, culto a la personalidad o supresión de la libertad individual. Porque las razones de Mercedes Rosúa para ese viaje-narración están expuestas muy claramente desde el principio y son un intenso deseo de vivir con y entre los chinos —frustrado una y otra vez a causa de las barreras que el régimen alza entre éstos y los extranjeros— y una voluntad casi spinoziana de conocer (“¿Tan mezquina vas a ser de anteponer circunstancias materiales a la oportunidad de estar en este país, de observar el más impresionante fenómeno psicológico que has imaginado jamás? ¿Tan alicorto es tu interés intelectual? Aguanta. Es el principio.”), de llegar a la verdad de lo que está viviendo al precio que sea.
      Ciertamente, este Diario de China no constituye un texto perfecto. Sobra el apartado titulado “Un punto suspensivo”, reflexión sobre la experiencia, entre filosófica, política y sociológica, y tampoco queda muy clara la razón por la que en el Libro i la autora incluye las encuestas que hizo a algunos de sus colegas chinos en el Instituto de Sian, ni el objetivo (¿sociológico?) de su realización. Pero este libro merece la pena ser leído y tenido en cuenta, no porque esté escrito por una mujer ni porque sea prácticamente el único en su género en el panorama literario español (y por lo tanto acreedor de una políticamente correcta protección), sino porque constituye un ejercicio extraordinario de lucidez y honestidad literaria y porque sirve para ponernos en estado de alerta respecto a tendencias y realizaciones políticas posibles no sólo en China sino en nuestro “democrático” mundo occidental. Razón por la que el texto concluye con una cuestión (“¿Y si lo que ocurre en China hoy es el futuro?”) de lo más orwelliana y atinada. –

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