Tocata y fuga del pastelero loco

Puigdemont. El integrista que pudo romper España

Iñaki Ellakuría y Pablo Planas

La Esfera de los Libros,

Madrid, , 2024, , 326 pp.

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El día 10 de enero de 2016 Carles Puigdemont fue investido al frente de la Generalitat de Cataluña. Desde las instituciones controladas por el nacionalismo se le presentó rápidamente como el presidente 130. El relato nacional-nacionalista, erigido en dominante en tierras catalanas, asegura que la cuenta de mandatarios empezó en 1359 con Berenguer de Cruillas y se interrumpió entre 1714, el fatídico año del final de un inexistente Estado catalán y de la crisis de una nación catalana asimismo inexistente, y 1931, con la Segunda República. A los 121 presidentes que supuestamente se sucedieron antes de 1714 se suman otros nueve: Francesc Macià, Lluís Companys, Josep Irla, Josep Tarradellas, Jordi Pujol, Pasqual Maragall, José Montilla, Artur Mas y el ya mentado Puigdemont. Quedan excluidos curiosamente –o no– los que encabezaron la institución entre octubre de 1934 y febrero de 1936.

Pese a que la lista de los 130 esté avalada por algunos historiadores, próximos al poder nacionalista, resulta muy difícil establecer relaciones de continuidad entre la antigua Diputación del General y la Generalitat contemporánea, una institución nueva creada en 1931 aunque vestida, como la mona del refrán, con la seda de un nombre histórico. Épocas, circunstancias y funciones resultan enormemente disímiles. El abuso de las continuidades, tan suspiradas por los nacionalistas de toda ralea, choca, casi siempre, con la realidad. La obsesión por el pasado convertía en 2016, así pues, al noveno máximo gobernante de la Generalitat en el 130, en una mentira venial si la comparamos con las mentiras gordas de una presidencia asimilable a una tocata penosa y una cobarde fuga, previo golpe de Estado más o menos posmoderno.

En el libro que los periodistas Iñaki Ellakuría y Pablo Planas dedican a Carles Puigdemont, titulado Puigdemont. El integrista que pudo romper España, se alude a “la creativa contabilidad histórica del catalanismo” en la nómina de la presidencia de la Generalitat. Se trata de una interesante biografía que intenta explicar las razones profundas y también las más superficiales que llevaron a dicho personaje a emprender, desde el poder y antes desde fuera, una cruzada contra España y por la independencia de Cataluña. Su elección en 2016 fue, para muchos catalanes y no catalanes, una sorpresa: un político gris, bastante outsider, independentista a machamartillo, ajeno al núcleo de poder barcelonés y casi un desconocido para buena parte de la ciudadanía.

Todos los anteriores elementos, aparentemente negativos, le convertían, en un momento concreto, intrincado y decisivo, con Artur Mas en la famosa “papelera de la historia”, en la persona ideal para conducir el procés hasta el anhelado e imprevisto final. Era inflexible e intransigente –sin llegar a kamikaze–, no estaba quemado en la primera línea política regional, se entendía bien con las asociaciones que impulsaban el proceso desde la sociedad civil, no era un converso –a diferencia de los muchos catalanistas mudados al independentismo en el siglo XXI, él lo fue siempre–, representaba bien la pujante Cataluña menestral e interior, base del movimiento indepe, y resultaba difícilmente influenciable por unos poderes fácticos que prácticamente desconocía. Su “idealismo tronado y su patria imaginaria” iban a convertirse, a fin de cuentas, en señas de identidad de este ingenioso iluminado.

La singularidad de Puigdemont en el mapa político catalán y sus rarezas personales le han conllevado apodos como el de “pastelero loco”, acuñado por sus propios correligionarios, poco convencidos en algunos momentos de su cordura; “mocho”, esto es, fregona, por el pelo, o “cocomocho”, y, asimismo, “el Vivales”, un certero mote lanzado por el periodista Albert Soler. Puigdemont, apuntan los autores, “es un tipo que lleva trajes demasiado grandes, de mercadillo de provincias, zapatos anticuados, corbatas feas, pelo mal cortado y un flequillo rebelde que le da un aire entre monje de clausura y el Georges Harrison de la primera época de los Beatles”. Un político, añaden, que no habla el castellano con soltura, considera Barcelona demasiado española, impura e incomprensible, no entiende España ni le interesa y otorga una enorme trascendencia a los gestos simbólicos.

El volumen está un poco descompensado cronológicamente –tres capítulos para la etapa 1962 a 2016, mientras que los años 2016-2024 merecen diez capítulos–, pero resulta evidente que las razones de actualidad se han impuesto. Nieto e hijo de pasteleros, Carles Puigdemont Casamajó nació en 1962 en Amer, en el interior de la provincia de Gerona. Insisten con acierto los autores del volumen en los orígenes carlistas y franquistas de la familia, aunque sacan algunas conclusiones precipitadas, como relacionarlos con la aversión a España del biografiado. Desde muy joven iba a dedicarse al periodismo. Sufrió un grave accidente de circulación en enero de 1983. Empezó los estudios universitarios de filología catalana en Gerona, que compatibilizaba con su trabajo en la prensa, pero los abandonó en el segundo año. A pesar de presentarse públicamente como filólogo y periodista, además de intelectual, únicamente posee el título de bachillerato y una escritura mediocre. En mi opinión, se pasa demasiado por encima del año 1992, el de los Juegos Olímpicos de Barcelona, pero también de la denominada operación Garzón. Puigdemont se marchó repentinamente al extranjero.

Desde sus inicios en política, sostienen los autores, Puigdemont “combina la capacidad de supervivencia del pícaro de provincias con una determinación fanática por conseguir la independencia de Cataluña”. Fanatismo, intransigencia y ciclotimia caracterizan al susodicho. Se afilió a las juventudes de Convergència, las jnc, a principios de los años ochenta. En 2006 obtuvo un escaño en el parlamento catalán y fue, al año siguiente, candidato inesperado y de emergencia a la alcaldía de Gerona. Sin embargo, no se convirtió en alcalde de la ciudad, controlada durante lustros por los socialistas de Joaquim Nadal, hasta 2011. Puso todos los medios municipales al servicio del proceso independentista, que le iba a servir en más de una ocasión para tapar su discutible gestión. Revalidó el cargo en 2015 y resultó elegido presidente de la ami (Associació de Municipis per la Independendència).

La reconstrucción de la vida política y personal de Puigdemont entre 2016 y 2024 se mezcla inexorablemente con la historia política de Cataluña. Biografía y crónica avanzan a la par, tanto para los dos años de la presidencia de la Generalitat, coronados con el 1 de octubre, la declaración por unos segundos de la independencia de Cataluña y la aplicación del artículo 155, como fuera de España, en su condición real de expresidente prófugo que el relato nacionalista ha convertido en “presidente legítimo en el exilio” –un insulto evidente y vergonzoso para los exiliados de verdad, no infrecuentes en nuestra historia–. La obsesión por la seguridad, el temor a caer en el olvido y el miedo atroz a la cárcel ayudan a entender algunas decisiones de Puigdemont antes y después de 2017. El resentimiento progresivamente acumulado en Waterloo no es un tema menor.

Un doble juego de espejos cóncavos permite al lector profundizar algo más en la personalidad política y las acciones del último decenio del expresidente de la Generalitat y fugado hasta el día de hoy (“aventurero de la república que no existe”). El primero le confronta con Oriol Junqueras, el líder de erc: no se soportan, se desprecian, nunca ha habido un atisbo de empatía entre ellos, afirman Ellakuría y Planas. Los años de 2016 a 2024 han estado marcados por esta confrontación personal en el seno del independentismo. El segundo de los juegos le sitúa delante de Pedro Sánchez: comparten adn político y son “hábiles tahúres posmodernos”, estrategas, tramposos, esquivos, desconfiados y ególatras. De ahí su cínicas y algo psicopáticas negociaciones. Existe, sin embargo, una diferencia, como nos recuerdan los autores: Puigdemont, a diferencia de Sánchez, “no es un descreído de barrio, ni un yonqui del poder sin escrúpulos”, sino “un integrista catalán que, como todo fanático religioso, encuentra en la utopía –en su caso, lograr la independencia de Cataluña– la justificación de toda una vida malgastada”. Alto y claro.

Ellakuría y Planas nos dejan en el libro ingeniosas frases y pullas afiladas sobre la cup, “una suerte de juventudes neoconvergentes, pero de estética antisistema y borroka”; los cdr, “una extraña compota de pacifistas partidarios de la lucha armada”; erc, un “partido termita” o, asimismo, la mansión de Puigdemont en Waterloo, “Palmar de Troya del independentismo”. Tampoco se libran algunos personajes del panorama político nacionalista del siglo XXI: Artur Mas (“pijo barcelonés”), Raül Romeva (“referente de los ecopijos descorbatados que habitan el soberanismo catalán”), Pilar Rahola (“la musa del procés”), Jaume Giró (“conspirador eterno y hábil trepador”), Miriam Nogueras (representante del “trumpismo de barretina y fin de semana de esquí en Baqueira”), Jami Matamala (“chambelán de Waterloo”), el abogado Gonzalo Boye (“siniestro personaje”) o Ferran Mascarell (“no es precisamente un hombre dotado para la diplomacia, pero sí para el trinque político y colocarse en puestos con buena remuneración y escaso trabajo”).

Los dos presidentes de la Generalitat que sucedieron a Puigdemont no merecen elogios, sino todo lo contrario: “mediocridad” de Pere Aragonés, “inútil” Quim Torra. Comoquiera que sea, todos los anteriormente citados han acompañado, en una u otra manera, a Carles Puigdemont, el “político que se cree llamado a una misión superior” que gobernó y desgobernó la desastrada Cataluña de 2016 y 2017. De estos años al frente de la Generalitat de Cataluña, aseguran los autores de Puigdemont. El integrista que pudo romper España: “Hay quien le mira con respeto y hay quien le desprecia, en uno y otro lado, pero existe una coincidencia general en que él no es un líder ni especialmente inteligente ni muy carismático.” Fracturó Cataluña e intentó romper España. En la etapa posterior se ha abonado, como forma de supervivencia política, al ingenioso espectáculo populista, como vimos todavía con estupefacción en Barcelona el 8 de agosto de 2024. Tienen razón Iñaki Ellakuría y Pablo Planas, en esta recomendable obra, al asegurar que Carles Puigdemont ha sido y es el político más incómodo de la España del siglo XXI. Y, si puede y se le permite, me atrevo a añadir, va a seguir siéndolo. ~


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