Tres miradas al Islam

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Roxanne L. Euben, Enemy in the Mirror: Islamic Fundamentalism and the Limits of Modern Rationalism, Princeton University Press, Princeton, 2001.Gilles Kepel, Jihad. Expansion et déclin de l'Islamisme, Gallimard, París, 2001. (Yihad: Expansión y declive del islamismo, Península, 2001.)Anthony Shadid, Legacy of the Prophet: Despots, Democrats and the New Politics of Islam, Westview Press, Boulder (Colorado), 2001.Durante las últimas dos décadas se han publicado cientos de libros y artículos de crítica contra Occidente por malinterpretar la reaparición del Islam político y del fundamentalismo, por usar el término más común, aunque no el más preciso. Todos lo acusan de no haber logrado apreciar el valor intrínseco de las ideas islámicas, su esencia profundamente democrática y pacífica, y de describir el Islam como una reacción irracional ante la modernidad y una amenaza para la civilización moderna.
     Sorprende la cantidad e intensidad de estas apologías, porque en realidad se han hecho pocas críticas al Islam político y han sido, en general, mesuradas, según dictan las reglas del discurso académico occidental. Los ataques realmente feroces hay que buscarlos en la India o en Nigeria, donde se conservan costumbres más crudas y se sigue llamando al pan, pan, y al vino, vino. Sin embargo, los apólogos occidentales prefieren no meterse con Bal Thackeray de Bombay, uno de los extremistas hindúes más radicales, sino centrarse en los estudiosos del Islam de Europa y los Estados Unidos. Dejemos de lado por un momento el asunto de si su suposición básica es correcta, es decir, si existe un verdadero malentendido o si, quizás (como ocurre en el conflicto árabe-israelí), las partes se entienden demasiado bien. Sea como fuere, esta industria florece más en los Estados Unidos y Alemania que en Francia y Gran Bretaña, y después de que se han publicado en todo el mundo tantos volúmenes enormes sobre el fundamentalismo (tanto islámico como cristiano y judío), uno se pregunta si aún se puede decir algo nuevo.
     La profesora Euben, estudiosa de filosofía política que lee el árabe, dedica casi todo su libro a un pensador islámico en particular: Sayyid Qutb, un escritor seglar egipcio que se convirtió en importante gurú del radicalismo islámico después de su larga visita a los Estados Unidos durante los años cuarenta. Su contacto con la decadencia moral estadounidense lo impresionó, y generó una serie de libros influyentes que inspiraron a grupos musulmanes radicales desde las Filipinas hasta África. Lo novedoso de Qutb no fue tanto su carácter antioccidental y antimoderno, ni su reinterpretación del Islam, que aparecen también en otros pensadores islámicos, sino su argumento de que la mayoría de los regímenes musulmanes existentes, si no es que todos, también eran corruptos y pecadores (el término que se usa es yahiliya, que se puede traducir como "pagano", o quizás, más correctamente, "bárbaro", en referencia a la situación que prevalecía antes de que apareciera Mahoma), y debían ser combatidos y derrocados. Esta innovación disgustó al gobierno de su país, al grado que pasó muchos años en la cárcel en la época de Nasser y finalmente fue colgado en 1966.
     Dada la influencia póstuma de sus escritos (entre sus discípulos estuvieron los asesinos de Anwar Sadat), el interés por Qutb es perfectamente válido. Sin embargo, la profesora Euben lo combina con una crítica al legado de la Ilustración y al racionalismo moderno. Considera a Marx un compañero en esta crítica, cosa que quizás sorprenda a la mayoría de los marxistas. Se trata de un libro enterado: el post scriptum es de El nacimiento de la tragedia de Nietzsche, y hay frecuentes referencias a Foucault, Hannah Arendt, Heidegger, Adorno, Bourdieu e incluso Hans-Georg Gadamer. Pero, ¿realmente sirven estos pensadores para entender a Sayyid Qutb, que pertenece a otra cultura? Sospecho que sirven tanto como para entender al Lubavitcher Rebe o a Pat Robertson, el predicador evangelista postulado para presidente de los Estados Unidos.
     Vistos en retrospectiva, los ataques contra la herencia de la Ilustración, el racionalismo, la cultura occidental y el humanismo estaban muy de moda a finales del siglo XIX.

Este libro es un estudio de teoría política comparada, y señalar a algunos de sus predecesores no fue lo peor que pudo haber hecho la profesora Euben. Le hubiera parecido muy útil La guerra contra Occidente, un libro del psicoanalista austrohúngaro Aurel Kolnai, publicado en 1938 y desafortunadamente agotado durante mucho tiempo. Se trata de una compilación y crítica de escritos antiilustracionistas de los años veinte y treinta que, de muchas formas, anticipa los argumentos fundamentalistas actuales sobre el martirio, la pureza moral, la justicia social y otros temas. Sin embargo, hay un paralelo aún más llamativo, aunque no con el nacionalsocialismo alemán, que sospechaba de la religión y la rechazaba, sino con los fascistas rumanos de la Legión del Arcángel Miguel, que combinan una profunda religiosidad con la unidad nacional, la sumisión a Dios, el odio a los extranjeros (infieles), el antiliberalismo, el antirracionalismo y una firme confianza en la violencia política.
     Ciertamente, la profesora Euben no deja de criticar los argumentos "progresistas" del fundamentalismo musulmán. Reconoce que si bien los islamistas, o por lo menos los más educados, utilizan la terminología occidental de la democracia y los derechos humanos, también creen que el sagrado Corán no está sujeto a discusión por parte de los fieles. Y si el Corán dice, por ejemplo, que la soberanía no es del pueblo, sino de Dios, o que la mujer es inferior al hombre, esto no se puede contradecir ni reinterpretar. La única forma de salir del dilema es sostener que el Corán realmente no quiere decir lo que dice, y este argumento es inaceptable para un musulmán devoto.
     Sayyid Qutb también tiene apariciones destacadas en otras dos obras recientes sobre el fundamentalismo musulmán. Una página de Eventos clave/O las normas en el camino del Islam, el último libro de Qutb y el más influyente, aparece en la portada de Jihad, de Gilles Kepel. Kepel trabaja en el CNRS de París, ha estudiado el Islam radical durante muchos años y ha escrito acerca de Qutb y del anterior extremismo musulmán en Egipto. Él y su colega Olivier Roy están entre los principales estudiosos de este fenómeno, pero las ideas políticas de Qutb no los impresionan tanto como a Euben, y Kepel incluso hace referencia a la pobreza ideológica del islamismo radical. Desde su punto de vista, la expansión del islamismo se debió, por un lado, a la decadencia de los regímenes islámicos tradicionales y, por otro, a la debilidad de las ideologías radicales, como el socialismo revolucionario. Como resultado, muchos intelectuales musulmanes redescubrieron el Islam e hicieron llamados a la guerra santa (jihad) o, por lo menos, al establecimiento de verdaderos Estados islámicos. Sin embargo, Kepel considera que este movimiento tampoco ha tenido mucho éxito, y esto parece aplicarse a las facciones tanto conservadoras como radicales de los fundamentalistas islámicos. Los conservadores, como Arabia Saudita y los gobiernos musulmanes religiosos de Egipto y otros lugares, quedan desacreditados, mientras que los regímenes radicales, como Irán, Sudán y los talibán afganos, presentan perspectivas poco prometedoras. Los regímenes nacionalistas extremos, como Irak, Libia y Siria, se han mantenido alejados del islamismo e incluso lo han combatido. Los islamistas han tenido cierto éxito entre los palestinos, pero los terroristas en Argelia están a la defensiva, y un fenómeno como Osama Bin Laden, el saudita estratega y patrocinador de los terroristas, siempre será marginal, por más que llene titulares en los medios occidentales.
     A la larga, Kepel quizás tenga razón. Después de subestimar el Islam político durante muchos años, algunos observadores occidentales están reconociendo apenas su importancia, y los acontecimientos los han rebasado otra vez: ahora atribuyen al islamismo una importancia exagerada, aunque ya está en decadencia. Pasan por alto las grandes diferencias de condición entre los distintos países, así como las fisuras dentro de los Hermanos Musulmanes y otros grupos afines.

Los principales grupos de la Hermandad están lejos de haber adoptado las enseñanzas de Qutb, quien además tiene poca autoridad como exégeta. Sin embargo, hay tendencias sociales que apuntan en la dirección contraria. En general, el islamismo es un movimiento de las clases bajas y medias bajas urbanas y rurales. En el mundo musulmán, estos sectores de la población sufren tanto espiritual como materialmente a causa del estancamiento económico, y entre ellos hay una considerable acumulación de dinamita social. El hecho de que algunos gobiernos islámicos, como los de Irán o Sudán, hayan tenido consecuencias desastrosas no necesariamente influirá en las masas de naciones como Egipto, más preocupadas por su situación nacional que por lo que pasa en otros países. Las últimas elecciones en Egipto indican que no ha disminuido la influencia de los Hermanos Musulmanes, y los gobernantes de Teherán y Jartum, aunque no pueden mejorar las condiciones, por lo menos predican la igualdad y frenan los gastos ostentosos. En pocas palabras, si bien la decadencia del islamismo es inevitable a la larga, como analizan atinadamente Kepel y otros, quizás tarde más en desaparecer de lo que ellos creen.
     Anthony Shadid, un ciudadano estadounidense de origen libanés, fue corresponsal de AP en El Cairo durante mucho tiempo. No es filósofo político, pero sabe árabe, ha visitado muchos países musulmanes y ha entrevistado a sus gobernantes a lo largo de varios años. Aunque ama El Cairo, como cristiano no se siente completamente cómodo allí. Es crítico de las políticas de los Estados Unidos en Egipto, Afganistán, Arabia Saudita y, por supuesto, Israel. Cree que Occidente debe apoyar la democracia en países como Egipto, aunque de hecho esté apoyando el islamismo y resulten elegidos unos gobiernos que no tienen aprecio por los Estados Unidos. Esta perspectiva sería más creíble si Shadid señalara las fuerzas reformistas de Medio Oriente que parecen tener futuro. Sí menciona al iraní Jatami, el líder religioso más moderado que se volvió primer ministro en sustitución de los fanáticos de los primeros años de la revolución de Jomeini. También menciona al partido centrista egipcio, al Hezbolá libanés (que emprende tanto la guerra de guerrillas como actividades políticas y sociales) y a dirigentes como Kamal El-Said Habib, antes líder del grupo terrorista Jihad (el que asesinó a Sadat) y ahora partidario de la acción política.
     Sin embargo, no son opciones muy prometedoras. Jatami ha demostrado una y otra vez su debilidad ante los conservadores iraníes, y es más que dudoso que el partido centrista se beneficiaría de un terremoto político en Egipto. En todo caso, todos estos candidatos reformistas creen que sus países deben gobernarse de acuerdo con la sharia, la ley coránica, que es incompatible con la democracia. El problema de estas fuerzas no es que no profesen alguna estimación por los Estados Unidos y por Occidente (los Estados Unidos seguramente soportaría esto), sino que es dudoso su aprecio por la libertad y la democracia. Como dice el autor: "En Occidente pocos estarían de acuerdo con sus metas. Algunas parecen intolerantes, otras demasiado tradicionales, incluso retrógradas". Entonces, ¿por qué apoyarlas? Porque Shadid considera que la alternativa, es decir, el statu quo, es aún peor.
     Es difícil entusiasmarse con el régimen actual de Egipto (no se diga el de Arabia Saudita), pero ¿puede Shadid, u otro, alegar con algún grado de convicción que las alternativas políticas en estos países serán menos represivas o menos corruptas? Sean o no más efectivas, sin duda no serán más democráticas en ningún sentido. Aunque esta sea una perspectiva deprimente, quizás sea la única realista, ya que todas las promesas de lo contrario son lo que en árabe coloquial se llama kalam fadi, palabras vacías. Sin duda hay fuerzas de reforma democrática en Medio Oriente y es probable que algún día prevalezcan, pero ese día no parece estar cerca. -— Walter Laqueur
Traducción de Lucrecia Orensanz
© Partisan Review