Una ciudad que se llamó Buenos Aires

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La ciudad alucinada. Conaculta Nuevo León, 2014.

El ojo transforma lo que ve y a su vez “es transformado por todo aquello cuanto observa”. Rafael Toriz, joven escritor xalapeño, llega por primera vez a Buenos Aires en 2006, a los veintitrés años. Su deslumbramiento inicial es absoluto. Buenos Aires “es una potente experiencia urbana”. Regresaría al año siguiente con un proyecto más concreto: “me han asignado un apoyo y me iré a vivir a la Argentina para escribir sobre y desde Buenos Aires”. La ciudad alucinada,escrito en forma de diario, es el registro de esa experiencia porteña.

La ciudad pronto lo acoge. “Me siento en casa”, dice, “integrado con la realidad”. Para Carlos Fuentes, visitante frecuente, Buenos Aires era “la más bella, sofisticada y civilizada ciudad en América Latina”. Toriz la recorre, la disfruta. Poco a poco va desvelando sus secretos: “Este país es más extraño y contradictorio de lo que pensaba. También más triste”. Descubre Toriz la ciudad a la par que se descubre a si mismo. ¿A qué vuelve a Argentina? Va por algo más que cumplir un proyecto de escritura. Regresa para paliar su orfandad, retorna porque no se encuentra a gusto en México. No hay comparación. Por un lado, “la arrebatadora belleza de Buenos Aires”, donde “los cielos son más altos y más hermosos”, por el otro, la Ciudad de México, “una cara del espanto”, una urbe hipertrofiada que “siempre tiene sed de corazón y sacrificio.”  

El asombro cede, conforme pasa el tiempo, a una mirada más atenta, que ausculta y critica. El centralismo que se vive en México, señala, “es un juego de pibes comparado con el que campea en Buenos Aires”. La ciudad desconoce todo lo que está más allá de sus bordes, se ha amurallado “al interior de la Avenida General Paz”. Los suburbios, la provincia, parecen no existir. Un centralismo que es también un reflejo de una sociedad profundamente clasista. Al salir de Buenos Aires, Toriz encuentra “un país absolutamente diferente”, “un territorio quebrado, morocho e injusto, doloroso y horrendo”. Más allá de la muralla invisible que circunda la ciudad vieja que levantaron los patricios, Buenos Aires se le revela “como una realidad pobrísima y hermana”. Esto es, una capital muy parecida al resto de las grandes ciudades de América Latina.

El anhelo argentino de ser espiritualmente europeos –“mirando hacia Europa mediante las aspiraciones de quien se siente desterrado”- se estrella de continuo con su realidad americana. Como en otras naciones del continente, en Argentina la justicia “es más que una ilusión, una derrota y un misterio”.  Como efecto de la dictadura que padecieron, Argentina, “aunque todo se empeñe en simular lo contrario, sufre también una herida en carne viva”.

La estancia de Rafael Toriz en Argentina se prolonga varios años –aún sigue allá, ganándose la vida en diversas actividades en la prensa y la radio. Su visión del porteño se vuelve cruda. Así explica lo que otros ven como soberbia: “un galopante complejo de inferioridad que se disfraza de altanería y autosuficiencia, son rasgos innegables de una adolescencia dilatada”. Y es que “a buena parte de la intelectualidad porteña le fascina el esnobismo, la petulancia y la mariconería espiritual”. Respecto al marcado interés de los argentinos por el psicoanálisis, dice Toriz: “al ser una sociedad tan reprimida (…) buscan desfogar sus frustraciones en la palabra”. La cercanía le hace ver una sociedad compleja y con complejos: “el profundo provincianismo del porteño puede ser desesperante. La mezcla entre inseguridad y vulgaridad se vuelve funesta. No alcanzo a comprender cómo una sociedad con un humor tan inteligente puede vivir sofocada por tantísimos complejos”.

La ciudad alucinada, colección de estampas sobre Argentina y los argentinos, es un libro entrañable. Descuidado a veces, inspirado otras, “es un libro moderno y elegante, a la manera de un diario poblado de maravillas”, dice Sergio Pitol en la contraportada. Un libro fresco, por momentos grandilocuente (“escribir es darse cuenta de que la tierra es un abismo y la conciencia su cáncer fulminante”) y con frecuencia arbitrario, desbordado, incluso banal (“escribir es una manera exquisita de mentar madres”).  

Si las observaciones sociológicas de Toriz pecan de superficiales, La ciudad alucinada en cambio ofrece magníficos y penetrantes retratos literarios de escritores poco frecuentados más allá de sus fronteras. Autores como José Edmundo Clemente, Juan Rodolfo Wilcock, Héctor Murena y, por encima de todos ellos, Witold Gombrowicz, que fue, a decir de Ricardo Piglia, el mejor escritor argentino del siglo XX.

De Wilcock (“que con toda seguridad debió de ser un tipo insoportable”) destaca su “perversa inteligencia”, su excentricidad, que lo llevaría a abandonar Argentina, trasladarse a Italia y volverse un escrito italiano. Según Pier Paolo Pasolini, que allá lo conoció, “Wilcock sabe, antes que nada, desde siempre y para siempre, que no existe otra cosa que el infierno”. Adolfo Bioy Casares lo retrató, en su cuento “El perjurio de la nieve”, como un poeta molesto y cretino. Toriz destaca en cambio sus estrechas concordancias con la obra de Virgilio Piñera, que durante años vivió en Argentina. Con Wilcock, Toriz aprende que la literatura es el arte supremo de la crueldad, “sobre todo para los que saben que la incomunicación, la estupidez y la usura son el único retrato posible de la condición humana”. Algo muy diferente le ocurre con Héctor Murena, poeta, narrador y ensayista. Le irrita, como lector mexicano, la profunda ignorancia histórica del autor argentino. Como ocurre con Ezequiel Martínez Estrada, Murena fue incapaz de documentarse sobre la realidad americana, deshacerse de sus prejuicios escandalosamente provincianos. Murena “tampoco abrió los ojos ante el hecho efectivo del mestizaje en su país, particularmente en la provincia”. Pero, como antes mencioné, el retrato más intenso es el que nos brinda de Gombrowicz, que en su estancia argentina “fue un personaje insufriblemente arrogante y esnob, majadero y cretino (…) y ¡cómo no iba a serlo, si Gombrowicz era un conde, un artista!”.

Toriz recorre Argentina, padece la “contundente homogeneidad” de su comida, asiste al fútbol, camina sus calles, frecuenta sus bares y sus bibliotecas. Toriz ve y se transforma con lo visto. En su exilio autoimpuesto ocurre “la transformación del sujeto en sus multiplicidades, en esos otros que lo habitan”.

Rafael Toriz, narrador y ensayista, es una de las voces más singulares de la literatura mexicana contemporánea. Como David Toscana desde Polonia, o Juan Pablo Villalobos desde Brasil, Toriz escribe desde Argentina, sin los complejos que antes ataban a los escritores nacionales al terruño. Lo que haga en adelante habrá que prestarle mucha atención.

 

 

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