Una vida en el exilio

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Decía el francés Saint-Exupéry, citado por Claudio Magris, que “la ausencia” era la palabra “terrible” que planeaba por un melancólico chiste judío que contenía el siguiente diálogo: “—¿Así que te vas para allá? ¡Qué lejos vas a estar!/ —¿Lejos de dónde?”. Con ese sentido irónico del exilio y la ausencia permanente de un centro al que regresar desde la diáspora tendrá que entenderse el final de las memorias de Singer, Amor y exilio, aparecidas ahora en España, y que abarcan sus recuerdos desde la niñez hasta su llegada a América (“un continente donde ni Hitler ni Stalin podrían ya amenazarme”) en 1935, recién publicada su primera novela Satán en Goray. Dice Isaac Bashevis Singer (Radzymin, Polonia, 1904-Miami, 1991), único e histórico escritor en lengua yíddish al que le sería otorgado el Premio Nobel, en 1978: “Había cortado todos los lazos que me unían a Polonia, y sin embargo sabía que en Norteamérica sería un extranjero hasta el último día de mi vida. Traté de imaginarme en el Dachau de Hitler o en un campo de trabajo en Siberia. En el futuro no me esperaba nada. Sólo podía pensar en el pasado. Una vez más tuve que recordarme a mí mismo que yo era un cadáver”.
     Pero será precisamente gracias a esa identidad de frontera o de ausencia de frontera, a ese estar construyendo una literatura, la literatura en yíddish, en trance de desaparición, gracias precisamente a la práctica inmune de ese “arte moribundo”, al ejercicio terco de un arte que es fundamentalmente el “arte de la ausencia y del fin”, gracias a eso, por lo que, como recuerda Claudio Magris en su ensayo El anillo de Clarisse. Tradición y nihilismo en la literatura moderna (Península, 1993), el magnífico escritor que es Singer expresa como pocos en el siglo XX el desarraigo y el exilio permanente de la condición humana contemporánea. Un desarraigo relatado por su parte con extrema lucidez, con una clarividencia cercana a lo visionario.
     Dos libros que perfectamente se pueden completar entre sí han aparecido casi simultáneamente, traducidos al español. Uno es el ensayo de Claudio Magris —uno de sus ensayos más importantes y fundamentales, a pesar de no haberse traducido hasta ahora— Lejos de dónde (Joseph Roth y la tradición hebraico-oriental) (1971). El otro, Amor y exilio, como siempre en el caso de Bashevis Singer, significa por sí solo un brillante y esplendoroso meteorito aparte, un prodigio de escritura, de confesión personal, de recuento del momento histórico general —los turbulentos y amenazantes años 30—, de humor, pasión por la vida, resistencia a dejarse arrastrar por las ciegas y fanáticas nuevas formas de la fe secularizada, por las modas intelectuales del momento o por la rigidez del mundo religioso en el que él, hijo de un devoto rabino, creció. Unas memorias que reúnen tres volúmenes que Singer publicó en su día por separado y con significativos títulos —A Little Boy in Search of God, A Young Man in Search of Love y Love and Exile— y que venían a completar otros deliciosos libros y relatos dispersos publicados por Singer en los años 50, como sus diversas Stories from My Father’s Court, en las que revivía el mundo perdido de su infancia, a la vez que ese mundo de difícil traducción del pulmón de acero particular en el que había crecido, es decir, el mundo del judaísmo hasídico tradicional y la tensión vivida por esta cultura en los primeros años del siglo XX en Polonia.
     Y será en concreto a la desaparición en el tiempo y a la perdida vitalidad y libertad de ese específico mundo judío-oriental, a ese exilio judío que asumiría la forma de toda una gran metáfora sobre la condición desgarrada y fundamental del individuo moderno exiliado ya sin remedio “de la plenitud y de la totalidad de la auténtica vida”, a lo que dedicaría Claudio Magris su ensayo, y no sólo a Joseph Roth, aunque fuera a través de ese equívoco título y de la espléndida y simbólica obra del autor austrohúngaro que Magris centraría su exposición sobre la agonía y fin de una cultura. Una exposición que además de tratar a otra pequeña multitud de escritores de esa odisea terminal, desde “padres” de la literatura yíddish como Schalom Alejchem, Mendele Moicher Sfurim o Jizchok Leib Peretz, a otros muchos como los dos hermanos Singer, Walter Benjamin, Arnold Zweig, David Bergelson, Franz Werfel, Egon Erwin Kisch, Kafka y tantos otros, giraba principalmente sobre la fuga definitiva del shtetl —los pequeños pueblos judíos diseminados por la Europa Oriental, “paisaje inmóvil y metahistórico”, como lo llama el ensayista italiano—; sobre su definitiva y dolorosa secularización y disolución; y finalmente, sobre la total destrucción de aquella épica, aquella forma de vida y de narración de un mundo particular. Pero igual que no hay que quedarse con el simple y aparente motivo de un estudio aislado sobre la obra de Roth, Magris también advertirá en su libro de que no hay que quedarse con la superficie fatal y evidente de un único culpable de aquella evaporación en el tiempo. Dice así este especialista en la cultura austrohúngara y danubiana: “No fue sólo la carnicería hitleriana la que provocó, con sus proporciones, el ocaso de aquella épica: aunque cuantitativamente menores, las matanzas y saqueos causados por los pogroms rusos y polacos habrían sido más que suficientes para hacer pedazos cualquier optimismo humanista y cualquier firmeza estoico-religiosa”. Una violencia que también volvería a repetirse en la posterior ferocidad de las persecuciones y purgas estalinistas, de las que habla sin cesar Singer en sus memorias, comentando la cantidad de jóvenes judíos de Varsovia que habían acudido en masa a la “construcción del socialismo ruso” a comienzos de los años 30 y de los que nada se volvía a saber. Pero otro hecho fundamental tratado en el libro de Magris fue ya advertido y retratado de forma implacable y pesimista en una de las obras maestras de Joseph Roth, Judíos errantes (1927). En esta obra, Roth hablará del proceso de disolución natural del judaísmo oriental, del cual la asimilación y “la fuga hacia Occidente” constituyen momentos casi igual de decisivos y devastadores, aunque “humanamente” (como precisa Magris) no guarden paralelo alguno con la radical y exterminadora destrucción programada, con precisión demoniaca, por el nazismo. Lo mismo decía Kafka, cuando paseaba con su amigo Gustav Janouch por las calles de Praga (Conversaciones con Kafka, Destino, 1998): “Nosotros padecemos la historia”. Es decir: no la protagonizamos. Un antihistoricismo judío, un estar fuera de la marea devastadora o no de la Historia, al que se refiere a menudo Joseph Roth, cuando habla de los judíos como “las primeras víctimas de todos los baños de sangre que la historia universal prepara y organiza”.
     Leyendo Amor y exilio nos situamos en el epicentro de una agonía furiosa y estremecida, confusa y caótica, augurada ya por un cúmulo de amenazas que se ciernen sombríamente en los años 30 sobre esa “generación del Diluvio”, como era llamada en terminología yíddish y polaca, y que ya había tenido que sobrevivir física y espiritualmente desde los grandes pogroms ucranianos iniciados en el XVII. Una generación no sólo del dolor y el duelo, del escape a través del humor y la contención del llanto y la tragedia, sino también de la depresión y la neurosis, como comenta en muchas ocasiones irónicamente Singer: “Desde luego, el hombre está loco, y de diez medidas de locura que Dios envió a la tierra, nueve le han sido asignadas al judío moderno.” En esas escenas de niñez, adolescencia y juventud “de una autobiografía que no pienso escribir jamás”, el lector es trasladado a las últimas y fulgurantes puestas en escena de esa “totalidad perdida” analizada por Magris. En el frenético y fantástico conglomerado retratado por Singer coralmente en su libro, el auténtico protagonista es la Varsovia judía y chispeante, tumultuosa y en permanente y apasionado debate, frecuentada por él, un joven aprendiz de escritor, admirador de Knut Hamsun y Spinoza, que ha empezado a colaborar como corrector en una revista literaria. Por un lado, estará el mundo cerrado y mendicante, plagado de pequeñas envidias y ofensas incurables del Club de Escritores en lengua yíddish, pero por otro lado estará también el absorbente mundo de la tiranía de las pasiones a las que el joven Singer, emancipado familiar y religiosamente, se entrega con culpable y sacrílega devoción, a través de sus numerosas y complejas relaciones.
     Ensayo concentrado de lo que después sería la evolución del siglo más sanguinario de la historia, el avispero de confusión al que el joven Singer se enfrenta es casi infinito: en él convivirán, mezclados, los sionistas que abogan por territorios de Australia o Suramérica donde los judíos por fin puedan asentarse; judíos comunistas polacos mantenidos en París por judíos ricos que creían que así “cuando llegase el día de la venganza revolucionaria” lograrían salvar su vida; chicos y chicas a la espera ansiosa de un visado para Palestina; emisarios de Moscú que hacían llamamientos “a un pogrom mundial contra todos los burgueses y miembros de la clase media, así como contra todos los socialistas que se atrevieran a apartarse un pelo del leninismo”; jóvenes provincianos, “estudiantes de yeshivá de ayer”, que condenaban a muerte a cualquiera que no estuviese a su lado en las barricadas, que amenazaban con colgar a todos los místicos y religiosos como su padre y sus tíos, a los sionistas y también a él por “haber dudado de Karl Marx”; comunistas que trataban por todos los medios de provocar una revolución y entregar Varsovia a los bolcheviques; muchachas judías que habían adoptado la moda de las chaquetas de cuero que en Rusia usaban los escuadrones femeninos de la Cheka… Un volcánico hervidero antes del desastre de “muertos anticipados que abandonaban la tumba para residir en el mundo del caos”, que Isaac Bashevis Singer también dejará atrás, siguiendo los pasos de su ya famoso hermano, el escritor en yíddish Yehoshua Singer, que desde hace algún tiempo se ha instalado en Nueva York y trabaja para la revista más importante en la lengua de ambos, Forverts. Allí se integrará en el nuevo mundo, el de la diáspora, el del exilio, y vivirá, “perdido en América, perdido para siempre”, esa reproducción de lo igualmente perdido: el shtetl (“el mundo yíddish era un shtetl“). ~