Foto: Claudio Furlan/LaPresse via ZUMA Press

Mi novela de ciencia ficción habla sobre un 2022 en el que el aborto es ilegal en E.U., pero no busqué predecir el futuro

La ciencia ficción es un vehículo perfecto para contar historias sobre cuán precarios y circunstanciales son nuestros derechos.
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Unos meses antes de que la covid-19 paralizara al mundo, publiqué un libro llamado The future of another timeline (El futuro de otra línea de tiempo). Está ambientado en 2022 y trata de un grupo de viajeras en el tiempo que viven en un Estados Unidos alternativo donde el aborto nunca fue legalizado. Trabajando en secreto, viajan 130 años al pasado, al siglo XIX, para fomentar protestas en contra de Anthony Comstock, un firme opositor al aborto. Su objetivo es cambiar el curso de la historia. Spoilers: tienen éxito, más o menos. Cuando regresan a 2022, el aborto es legal en algunos estados, aunque sigue siendo ilegal en la mayoría de ellos.

No se siente nada bien saber que estoy viviendo una versión de la sombría línea de tiempo alternativa que imaginé en mi libro. Mientras escribía mi novela, la gente hacía memes sobre los placeres de la cerveza y lo poco importante que es para algunos la autonomía de las mujeres sobre su cuerpo, a manera de burla de las declaraciones de Brett Kavanaugh durante las audiencias para ser ratificado como juez de la Suprema Corte de Justicia. Y mientras escribo esto, la nueva mayoría conservadora de la Suprema Corte ha convertido 2022 en el año en que el derecho universal al aborto en los Estados Unidos se convirtió en un sueño tan imposible como viajar en el tiempo.

La única diferencia entre mi libro y la realidad de muchos estadounidenses es que mis activistas tienen acceso a unas máquinas del tiempo geniales.

Pero no estoy aquí para decir “se los dije”. No predije mágicamente estos acontecimientos, ni escribí mi libro como una “advertencia” sobre lo que podría ocurrir. En verdad estaba escribiendo sobre el presente tal y como lo observaba, en donde muchos estados de Estados Unidos, como Ohio, Kentucky y Luisiana, solo tenían una clínica de aborto. En los últimos años, estados como Texas han dificultado tanto la posibilidad de abortar que el procedimiento es algo prácticamente fuera del alcance de la gente.

Esta situación tampoco es nueva. En la década de 1980, la Enmienda Hyde declaró ilegal el uso de fondos federales para abortos. Eso significa que dentro de las reservas donde habitan los pueblos indígenas, y donde las clínicas están financiadas con fondos federales, no se han podido interrumpir embarazos legalmente durante décadas, a menos de que conduzcan hasta el hospital más cercano en donde se pueda abortar, que podría estar a cientos de kilómetros de distancia de su hogar.

La línea de tiempo alternativa que imaginé en mi libro ya se estaba desarrollando en la historia oficial del acceso al aborto para toda la población en Estados Unidos. Muchas personas no podían acceder al procedimiento. Algunos trabajadores de clínicas han sido asesinados por realizar abortos y muchos otros han sido hostigados sistemáticamente. Todo lo que tuve que hacer fue describir lo que realmente estaba sucediendo a mi alrededor. De alguna manera, la única diferencia entre mi libro y la realidad de muchos estadounidenses es que mis activistas tienen acceso a unas máquinas del tiempo geniales.

Para mí, lo interesante sobre las historias de ciencia ficción que parecen predecir el futuro no es preguntarse “¿cómo lo viste venir?”, sino “¿por qué decidiste describir la realidad usando un tópico poco realista de la ciencia ficción?”. La respuesta es que a veces las metáforas pueden ayudarnos a ver la realidad con más claridad que un informe de investigación. Y la belleza de las máquinas del tiempo es que son los vehículos perfectos para contar historias sobre cuán precarios y circunstanciales son nuestros derechos. En el clásico cuento de Ray Bradbury “A sound of thunder“, por ejemplo, un viajero en el tiempo pisa una mariposa de hace 65 millones de años y regresa al presente para descubrir que un fascista se ha apoderado de los Estados Unidos.

Dicho en términos de la vida real: un ligero cambio en nuestras circunstancias históricas y nos despertamos en una nueva nación donde se ha perdido el acceso al aborto con una decisión judicial firmada por solo seis personas. De manera igualmente abrupta, nuestros líderes han autorizado a las patrullas fronterizas a encarcelar a refugiados. Nuestra adhesión el Acuerdo Climático de París se evaporó de la noche a la mañana. Todo es tan surrealista que parece que estamos en una línea de tiempo alternativa, pero tal vez es simplemente la forma en que se siente el cambio histórico.

Una de las preguntas que acecha a las viajeras en el tiempo en mi libro es si la historia está impulsada por unos pocos individuos poderosos (los llamados “Grandes Hombres”) o por la acción social colectiva. Creyendo fervientemente en que la respuesta reside en la segunda opción, se unen a activistas del siglo XIX que desafían las nacientes leyes Comstock con protestas creativas, panfletos sobre cómo interrumpir un embarazo y conferencias públicas sobre la anarquía.

Este también fue mi esfuerzo por describir nuestras vidas en el presente. Aunque la decisión de la Suprema Corte es reciente, el movimiento por la libertad reproductiva no lo es. Feministas como Ida Craddock y Emma Goldman lucharon arduamente para cambiar nuestras leyes de libertad de expresión para que fuera legal que las personas publicaran información sobre métodos de control de natalidad. (Sí, las publicaciones sobre anticonceptivos y el aborto alguna vez se clasificaron como obscenas y, por lo tanto, exentas de las protecciones de la Primera enmienda que protege la libertad de expresión en Estados Unidos). Es posible que no podamos viajar en el tiempo para escuchar las palabras de activistas del siglo XIX como Lucy Parsons y Harriet Tubman, pero vivimos en la línea de tiempo que construyeron para nosotros. Sus victorias ganadas con tanto esfuerzo finalmente nos dieron el voto y, con ello, más control sobre nuestros cuerpos, nuestro futuro y nuestra nación. Vivimos en el mundo que ellas hicieron posible.

Toda lucha por la libertad es una lucha generacional en la que contribuyen millones de personas. Es cierto que a veces algunas personas poderosas, como los jueces de la Suprema Corte, pueden cambiar nuestros destinos. Y de vez en cuando algún personaje político como Anthony Comstock puede generar un pánico moral que persiste durante décadas. Pero el poder real proviene de la acción colectiva, las palabras y los hechos de todos los que luchan por la justicia durante cientos de años. En última instancia, somos nosotros quienes les damos a esos Grandes Hombres su poder, y podemos quitárselo.

Pero no lograremos nada sin antes reconocer nuestra línea de tiempo actual tal y como es. La decisión de Roe v. Wade hizo que el aborto fuera técnicamente legal en 1973, pero a millones de personas se les ha negado desde entonces. En el Estudio Turnaway, un grupo de investigadores hizo una crónica sobre la vida de mil mujeres a las que se les negó interrumpir sus embarazos en estados con leyes restrictivas durante 2008 y 2010. Forzadas a permanecer embarazadas en contra de su voluntad, estas mujeres reportaron cambios dramáticos en el curso de sus vidas. En comparación con las mujeres que abortaron, aquellas que fueron rechazadas abandonaron la escuela con mayor frecuencia, ganaron menos dinero, permanecieron en relaciones abusivas durante más tiempo y experimentaron más episodios depresivos.

Todo esto sería mucho más fácil de explicar si pudiéramos saltar entre líneas de tiempo. Entonces podría tomarte de la mano y mostrarte cómo la misma persona puede llevar vidas muy diferentes con y sin acceso al aborto. Por algo la película del multiverso Todo en todas partes al mismo tiempo se ha convertido inesperadamente en un éxito en 2022. Nos ayuda a comprender que el presente es un lugar complicado, con muchas narrativas en conflicto que chocan constantemente entre sí.

La metáfora de la línea de tiempo alternativa también nos brinda una forma de mantener la esperanza frente al desastre. Nos recuerda que tenemos aliados que quizá nunca conozcamos, que están tan lejos de nosotros que bien podrían vivir en otra dimensión. Estos aliados son nuestros mayores, las activistas que lucharon por nuestros derechos reproductivos y la autonomía corporal durante los últimos 200 años. También son los extraños distantes que luchan con nosotros hacia un objetivo común, en todo el país, en clínicas y aulas, parques públicos y clubes nocturnos, cafeterías y lugares de culto. Cuando resistimos, cuando protestamos y cuando nos oponemos, casi podemos conectar a través del tiempo y el espacio

La decisión de la Suprema Corte no es una derrota final, ni es el fin de nuestra fuerza. Como les dice una feminista del siglo XIX a las viajeras del tiempo en mi novela: “Siempre hemos estado juntas en este camino”. Podemos cambiar el futuro. Pero primero, debemos reconocer lo que está sucediendo en el presente y darnos cuenta de quién está aquí luchando junto a nosotros.

Este artículo es publicado gracias a una colaboración de Letras Libres con Future Tense, un proyecto de SlateNew America, y Arizona State University.


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