Francisco Hernández es una de las voces mayores de la poesía mexicana de nuestro tiempo. Le han sido otorgados el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes (1982), el Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada (1993), el Premio Xavier Villaurrutia (1994), el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (2005), el Premio Iberoamericano Ramón López Velarde (2008), el Premio Mazatlán de Literatura (2010) y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Lingüística y Literatura en 2012. Fue merecedor en 2016 de la Medalla Bellas Artes. Entre sus obras destaco: Moneda de tres caras (1994), La isla de las breves ausencias (2009), Población de la máscara (2010) y el Mal de Graves (2013), entre otras.
Su obra explora todo aquello que le compete al ser humano. Un rasgo que la hace inconfundible es su fraseo que imprime un ritmo que se dilata y contrae; el verso, o a veces el versículo, o ya de plano la suma de frases que dibujan un párrafo, siempre estarán cifradas por los acentos que caen aquí y allá provocando periodos, jirones de voces, que pueden ser, casi, de cualquiera. Estas frases melódicas nos hablan de una particular respiración que vendría a constituir un rasgo inequívoco de su literatura. La historia del poema, por lo general, oscila en torno a un personaje, a un sueño que se va construyendo y se le achaca a alguien que posee un pasado que está por ser cantado y revelado. Pareciera que no solo el poema está vacío, sino que el poeta, el autor del poema, es un cangrejo ermitaño que reclama un caparazón para figurar y así poder recorrer la playa.
La mirada de Francisco Hernández más que ver, parece alucinar. Crea un escenario. Los mares del sur, que iluminara Gauguin y que cantara Cesare Pavese, aunque en realidad le pertenezcan a Stevenson, también figuran como diapositivas interiores de un mapamundi trazado, al parecer, por Miguel Covarrubias en sus litorales. Pero lo que vemos y admiramos en el cuadro, en los poemas de Francisco Hernández son delirios donde la belleza muestra su infinita crueldad. Hay una ternura como telón de fondo, pero el paisaje, en su inmensidad, también le da cabida a un sesgo irónico, de corrosiva intensidad. Tal vez estemos frente a los muchos rostros del amor, del desamor, de la fatiga, del hartazgo y, porque no, del rencor que sedimenta lo que alguna vez brilló en el cielo. Y en estas geografías señaladas por los márgenes vemos cómo aparecen voces, hilos sentimentales que se enredan y amortajan; primero, a los convocados, y después, a los lectores.
Tiene detrás de sí una rica tradición donde se perfilan potencias como Hölderlin, Baudelaire, Rimbaud, Schumann o Trakl. Lo cual equivale a darle voz y protagonismo a Susette, Jeann, Paul, Clara o Grete. Y así, bajo estos potentes reflectores, aparece el extenso y laberíntico universo de la locura. La lluvia que cae es blanca, la hierba es blanca, la tierra es blanca, y los hombres y mujeres que sufren y viven en los poemas de Francisco Hernández, independiente de su condición y color, son blancos. El blanco es la ausencia, la sombra de la no-presencia. La memoria aquí es una trampa en permanente acecho. Estamos al borde del acantilado y, a la vez, cruzamos un desierto inconmensurable. Pero la voz del poeta, que se nos convierte en legión, puebla esa ausencia con fantasmas que surgen de una evocación continua, donde lo desconocido y lejano acaban por ser lo conocido y cercano.
No hablaremos de una temperatura emocional, sino de una fiebre que recorre los textos de Francisco Hernández como una fuerte descarga eléctrica que transita por las vértebras de lo dicho y cantado. Si atendemos al microscopio nos daremos cuenta que los poemas que integran las diferentes series presentan un final que cierra y, a la vez, abre la posibilidad de una continuación emocional en el siguiente texto, como eslabones que encadenan una conciencia lírica cercana al delirio y a las puertas de una percepción muy próxima al fuego que abrasa al tigre de Blake. Es cierto, esto ya lo intuíamos: no existe tal isla, no existe tal geografía; Viernes, más que una ilusión que se teme, es una alucinación que nos asalta continuamente. Trakl jamás fue a Borneo como yo nunca vi a Hölderlin asomarse por la ventana de la casa del carpintero Zimmer para contemplar el lento discurrir de las aguas del río Neckar. Pero cuando leí Habla Scardanelli el agua me llegaba a la cintura. Nuestro nombre no obedece al del personaje del poema, pero somos nosotros los que habitamos lo leído.
Su obra poética ha saturado el imaginario de sus lectores de nombres y fechas, aventureros y geografías, cuyo exotismo nos revela nuestra propia historia. Un fresco poblado de máscaras que se han ido convirtiendo en rostros, en entidades pasionales, que nos habitan y desbordan. Un espejo –su obra– que no solo nos refleja, también nos seduce bajo el incesante oleaje de su voz cuyo timbre nos lleva al hueco de la oración, o a la promesa, siempre dilatada, de la letanía. Somos náufragos de un barco que aún no ha zarpado. ~