Foto: Sofie Sigrinn, CC BY-SA 4.0 , via Wikimedia Commons

Gloria Gervitz, o de cómo atesorar el silencio

En la obra de Gloria Gervitz (1943-2022) se distingue la intención de conciliar la experiencia vivida con el lenguaje. Migraciones es el registro de ese viaje.
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La poesía de Gloria Gervitz está habitada por una soledad constante, que anima a una lucha por encontrar el sentido de la existencia (la propia y la del universo) mediante el cuestionamiento de lo inmediato y lo visible. Al realizar esta búsqueda, la voz poética se condena a sí misma a una enunciación distante, remota, en donde todas las cosas (la vida, la naturaleza, el acto de escribir) se ven como desde atrás de un cristal empañado. En la obra de la poeta mexicana, como en la intención del cabalista o del exegeta, se distingue una indagación sobre el acto de nombrar, y una intención (fútil a sabiendas) de conciliar la experiencia vivida con el lenguaje.

Migraciones es el registro de ese viaje, el cual se articula primero en una escritura amplia y espaciosa, con reminiscencias whitmanianas que permean la generación a la que perteneció, y después se va atomizando hasta llegar a la expresión mínima de una poesía en la que el silencio pesa más que el ruido, y la concreción del lamento, del gemido y de la duda sustituyen al verso descriptivo y a la búsqueda de familiaridad semántica. Con el tiempo, del llamado “Fragmento de ventana” a la última edición del poema, ya desnuda de separaciones y epígrafes, atestiguamos Migraciones como una obra que está en proceso de desintegración: lentamente se van cayendo adjetivos, refinando palabras, eliminando contenidos y añadiendo espacios en blanco, intersticiales, en los que habita una nueva intensidad.

Una lectura paralela de las diversas ediciones de Migraciones podría mostrar las profundas diferencias que existen entre los poemas, cuando tomamos en consideración este constante proceso depurativo. El libro publicado en la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica en 1991 es muy distinto a la segunda edición de 2002, en cuanto a tamaño y distribución, pero se mantienen ciertas constantes en la voz de Gervitz: una sensibilidad espacial y descriptiva que pasa por lo natural, por lo erótico y por lo memorioso para llegar a una contemplación sobre el efecto que tenemos en el otro, y en cómo nuestra muerte incidirá en la memoria de los nuestros. La versión publicada en 2017 por Mangos de Hacha, en cambio, se llega a leer como un poema muy distinto: la fuerza erótica del poema es mucho más sutil, todos los versos se perciben más breves y concienzudos, y lo que antes era una obra multirreferencial, con varias citas y otros cúmulos de información, es sustituida por una tensión minimalista, en la cual ya no se percibe al poema como una unidad en partes, sino como una especie de monolito que comienza en la amplitud y termina en el silencio. La muerte, en esta versión, se ha convertido también en otra cosa: un continuo cuestionamiento por el ser, una búsqueda (casi bíblica) por soltar preguntas al universo: “¿hasta dónde puedo irme en contra de mí? / ¿hasta dónde estoy dispuesta? / ¿hasta dónde?”.

Tomando referencia de elementos tan distintos como la plegaria de Job en el Antiguo Testamento, la cadencia formal de la lírica árabe, y los experimentos formales de poetas como Samuel Beckett o Susan Howe (a quienes tradujo), Gloria Gervitz concibió una obra única en el panorama de la poesía mexicana. Su voz logra, al mismo tiempo, herir emocionalmente y meditar desde la ausencia, y los recursos que aprendió a usar (y cuyo transcurso podemos leer de un libro al siguiente, o incluso dentro de distintos poemas en un mismo libro) resultan estimulantes para cualquier persona que quisiera entender las raíces de la poesía contemporánea. En efecto, las Migraciones pueden leerse como testimonio del ejercicio conceptual que lleva de la poesía modernista (presente, sin duda, en la escuela de la escritora) a la poesía conceptualista, de donde la autora ha abrevado para trabajar con los juegos entre totalidad y vacío, silencio y lenguaje, palabra y respiración: sin embargo, no hay que olvidar que todo esto, esta operación continua y sesuda, está concentrada en generar un efecto de soledad, pues al centro del proyecto de Gervitz persiste la búsqueda de conciliar nuestro estar en el mundo con un sentimiento continuo de desconexión, de rechazo, de lejanía.

En el marco de la poesía mexicana contemporánea, Migraciones comparte lugar con libros como Cuerpos de Max Rojas y la obra de Francisco Cervantes con el pseudónimo “Hugo Vidal”, al ser un proyecto que tiene poca conexión con el saber-hacer instituido por los sistemas culturales. En lugar de producir una obra continua, marcada por libros inéditos distintos, que puedan obtener premios y faciliten cierta estabilidad de carrera, Gervitz eligió concentrar todos sus esfuerzos en trabajar, una y otra vez, el mismo libro, dejándonos con una obra mucho más vasta de lo que parece, pero enterrada en las ligeras variaciones, inclusiones y sustracciones que aparecieron cada vez en una Migraciones distinta. Quizá, como poca gente, Gloria Gervitz supo desde el primer momento lo que tenía que decir, pero las palabras para decirlo sobraban, de ahí que prefiriera recorrer el camino de la sustracción. ¿De qué otra forma, si no reduciendo nuestro lenguaje, podríamos encontrarnos con los misterios de la vida y de la muerte? ¿Cómo, si no atendiendo a lo menor, podemos llegar a la palabra no como un medio, sino como la marca de un devenir continuo e imparable, que solamente podrá detenerse cuando haya llegado nuestra hora? Ahora que Migraciones se cierra con el fallecimiento de su autora, que las palabras de una obra tan continua y profunda han llegado, después de décadas, a fijarse en una fecha de inicio y de final, será necesario esperar una edición íntegra del libro, que dé cuenta de ese proceso y proponga una forma más panorámica de interpretar la obra de la poeta. Espero con emoción tener noticias pronto de ese tipo de proyecto.

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