Joan Didion vivía para contar historias

La escritora estadounidense, que falleció el 23 de diciembre a los 87 años, comenzó en la revista Vogue, fue la única mujer en la antología de Tom Wolfe del Nuevo Periodismo y escribió novelas, ensayos y libros autobiográficos.
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La escritora Joan Didion (Sacramento, 1934 – Nueva York, 2021) ha muerto en su casa de Manhattan por complicaciones relacionadas con el párkinson. Su madre le regaló un cuaderno “junto con el sensato consejo de que dejara de quejarme de todo y aprendiera a divertirme apuntando mis pensamientos”. Tenía cinco años. Didion llevó mal el rechazo de la Universidad de Standford, y finalmente se matriculó en la Universidad de California, Berkeley. Llevó mal no ser admitida en la hermandad de chicas Phi Beta Kappa –su nota era baja–, tan mal que escribió en su cuaderno que “la inocencia se termina cuando a una le roban la ilusión de que se cae bien a sí mismo”.

Didion era de Sacramento, “de una familia o de un conglomerado de familias, que siempre ha vivido en el Valle de Sacramento”. ¿Qué tiene eso de especial?, nos preguntamos. “Apuntes de una nativa” es un intento de respuesta. Una muestra: “Mi infancia, por ejemplo, estuvo impregnada de la convicción de que ya hacía mucho que habíamos dejado atrás nuestros mejores momentos”. Y un poco más adelante: “Sacramento es California, y California es un lugar donde la mentalidad del pelotazo y la sensación de pérdida chejoviana se reúnen formando una suspensión inestable”. Su familia compró una casa en 1951 en la que no se habían cambiado las cortinas desde 1907. Fue su abuela, Genevieve Didion, la que las cambió. 

Joan Didion se formó en Vogue: “En Vogue se aprendía deprisa –o no durabas nada– a jugar con las palabras, a pasar un par de subordinadas poco manejables por la máquina de escribir y sacarlas transformadas en una frase simple compuesta exactamente por treinta y nueve caracteres. […] aprendí a escribir, a reescribir y a volver a escribir. […] Menos era más, la fluidez era el ideal, y la precisión absoluta, imprescindible para generar la gran ilusión mensual. Ir a trabajar para Vogue era, a finales de los cincuenta, un poco como ir a entrenarse con las Rockettes”.

Didion se había subido a un avión por primera vez en 1955, cuando se fue a Nueva York a convertirse en escritora, llevaba “un vestido nuevo que en Sacramento me había parecido elegante pero que [en Nueva York] ya no me lo parecía tanto, ni siquiera en la vieja terminal provisional de Idlewild, y el aire cálido olía a moho, y cierto instinto, programado por todas las películas que había visto y por todas las canciones que había cantado y por todos los relatos que había leído sobre Nueva York, me informó de que ya nada volvería a ser lo mismo”. 

Didion escribió ensayos y reportajes y fue una pieza fundamental del Nuevo Periodismo. En la antología original de Tom Wolfe que puso la etiqueta era la única mujer; por problemas de derechos, no aparecía en la versión en español que publicó Anagrama. Escribió novelas y películas, como Ha nacido una estrella. Y aunque algunas de sus novelas se tradujeron a finales de los setenta, fue El año del pensamiento mágico (Global Rhythm, 2006; LRH, 2015) el libro que la descubrió para el público español. Además de Noches azules (LRH, 2012), se editó una antología de sus ensayos, Los que sueñan el sueño dorado (2012), ahí están piezas fundamentales como, además del que da título a la colección, “El álbum blanco”, “Arrastrarse hacia Belén”, “Viajes sentimentales”, los reportajes sobre El Salvador, y otros textos como “John Wayne: Canción de amor”, “Sobre tener un cuaderno de notas”, “En la cama” o “Adiós a todo aquello”. Se recuperó también Sur y oeste (LRH, 2017), notas para dos reportajes que no llegó a escribir; se recuperaron algunas de sus novelas: Según venga el juego (LRH, 2017), Su último deseo (LRH, 2019) y también su primera novela: Río revuelto (Gatopardo, 2018). Hace unos meses, aparecía Lo que quiero decir (LRH, 2021), una antología breve de ensayos donde están el dedicado a Hemingway –el escritor que más admiró–, algunos sobre cómo escribe y por qué, o un perfil de Nancy Reagan, entre otros.

Sus ensayos son sobre casi todo lo que sucedía a su alrededor (pero también dentro de ella), y están escritos además mientras sucedía; son crónicas de una época, captan el ambiente y lo esencial como solo una observadora atentísima puede verlo para luego volcarlo al papel con precisión y gracia. A veces sus reportajes son collages de voces y escenas y situaciones, la crónica de la caída del sueño americano se alterna con el relato de su diagnóstico clínico en “El álbum blanco”; el mejor texto para entender qué pasaba a finales de los sesenta y principios de los setenta, tan deliberadamente caótico y saltarín como esos años. Es ahí donde cuenta las entrevistas con Linda Kasabian, que le pide que le compre el vestido que va a llevar para su declaración como testigo de los asesinatos en Cielo Drive: “Mini pero extremadamente mini. A ser posible de terciopelo. De color dorado o verde esmeralda. O bien: un vestido estilo campesina mexicana, con falda amplia o bordados”. 

Para contar el mundo como lo contaba Didion, también su intimidad, en los libros sobre la muerte de su marido y sobre la de su hija Quintana Roo, pero también en muchos de sus ensayos, hace falta una implacabilidad única; es lo que se ve en El centro cederá, un documental de su sobrino Griffin Dune –puede verse en Netflix– cuando le pregunta por la escena de “Arrastrarse hacia Belén” en la que aparece una niña de 5 años puesta de ácido. “Bueno, fue…” “Déjame decirte, fue oro”, dice ella. “Vives por momentos así, si estás haciendo una pieza. Para lo bueno o lo malo”. 

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