La elegía continua de Adam Zagajewski

La obra del poeta polaco recién fallecido es un ejercicio perenne de la memoria y un homenaje a la propia vida, y a la vida misma, por medio de una escritura vinculada estrechamente con la finitud.
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Asimetría, el último poemario de Adam Zagajewski traducido al español, si bien no el último de su obra, puede leerse como un libro de elegías. Partidario, según decía el mismo, de una literatura de la observación y lo concreto, el poeta recurrió en varias ocasiones a la forma poética más concreta posible, esa que rememora a quienes han muerto, a lo que se ha perdido, o simplemente medita a partir de la observación. Como en sus poemas sobre objetos o sucesos históricos, en sus elegías trasluce la precisión de algunas escenas: sábanas flotando en la calle, flores cayendo, el brillo azul de una pantalla de computadora a medianoche. Esta precisión es contrastada con el motivo de la escritura, un duelo que no opera desde la tristeza absoluta, sino desde el desarraigo. Cuando perdemos a alguien, la operación de la memoria se vuelve más profunda, remarca ciertos acontecimientos, transforma nuestras vidas y nuestra idea de lo que el otro fue en nuestras vidas, así como nosotros fuimos para él: “Mi amigo no ha muerto, mi amigo vive / pero no puedo encontrarle, no puedo verle/ no podemos conversar / mi amigo se oculta de mí”.

En su conmemoración a Krzysztof Michalski, el escritor polaco personifica al filósofo como “un hombre invisible, alguien que escucha atentamente.” El valor de la escucha y el silencio, la atención al otro, la sencillez, son valores que traslucen en la obra del poeta fallecido el 21 de marzo de 2021. En un texto como “Intenta celebrar el mundo mutilado”, quizás su obra más celebrada y que este año cumple veinte años de haber sido escrita, trasluce la misma postura ética: “Miraba los yates y los barcos lujosos; / uno de ellos tenía un largo viaje por hacer, / a otros les aguardaba solo un vacío salado.” La yuxtaposición de elementos cotidianos e instantes de tragedia, lo trascendental en conjunción con lo pasajero, posiciona al escritor como alguien que observa el mundo desde afuera, que mira desde la esfera del lenguaje, desde su propio rincón, a las cosas que nos cruzan a todos: “recuerda los momentos cuando estabais juntos / en una habitación blanca y se movió la cortina.” Su talento, entonces, era utilizar los momentos más íntimos, las situaciones más particulares, y abstraerlas de manera que pudieran ser relacionadas con experiencias generales.

Este talento, en conjunción con sus actividades políticas y su participación directa en el grupo 68, posicionaba al polaco en un lugar muy específico: era, al mismo tiempo, el poeta militante sin temor a denunciar la injusticia, el escritor contemplativo de memorias y libros históricos, y un autor sutil, cuyo trabajo desprendía orfebrería, cuidado y conocimiento del lenguaje. Al observar su historia, sus opiniones, sus filiaciones, podríamos pensar que Zagajewski se alinea, tanto en política como en estética, a los valores de su inevitable predecesora, Wislawa Szymborska. Sin embargo, Szymborska se caracterizaba por resaltar el lado humano de una realidad constantemente brutal, con su forma clínica de usar el lenguaje, como puede verse en su elegía a las víctimas del ataque terrorista al World Trade Center el 11 de septiembre de 2001: “Solo puedo hacer dos cosas por ellos: / describir ese vuelo / y no cerrar el poema.” En cambio, “Intenta celebrar el mundo mutilado”, elegía del nacido en 1945 para el mismo acontecimiento, evita del todo referirse a él. En lugar de ello, nos deja observar algunas vistas del mundo, algunos momentos de la experiencia, entrever la luz entre los espacios de oscuridad en que habitamos.

LeeAutorretrato en el avión” y “El centro no se sostiene“, de Adam Zagajewski.

Contrario a sus predecesores que vivieron en la Europa ocupada por los nazis, Zagajewski no vivió de primera mano los horrores de la guerra, pero fue profundamente consciente de ellos. Este ejercicio de memoria lo acompañó durante toda su vida, en cada cambio político, en cada quiebre social; desde su espacio de observador, aprendió a concentrar la fuerza de los acontecimientos en los espacios de resistencia, en las cosas que nos acompañan y que no cambian, no importa qué tanto cambiemos nosotros. Esta actitud también lo acompañó durante la pandemia, como dijo en entrevista con El País hace apenas unos meses: “una gran parte de mi vida mental consiste en responder a los acontecimientos intentando entender lo que sucede con la epidemia, con la tragedia estadounidense, etcétera… Pero esta clase de vida dividida entre lo que es la poesía, la música y los acontecimientos externos siempre es la división entre los dos aspectos de la vida.” De alguna manera, la situación que hemos vivido durante un año se corresponde plenamente con la escritura del polaco: nuestra sociedad ha cambiado brutalmente en un tiempo corto, nuestras formas de interacción y nuestros modos de vida se han trastornado, pero seguimos haciendo las mismas cosas, habitando los mismos espacios, siendo de la misma manera. Como el filósofo de su poema, nos vamos convirtiendo en seres invisibles, y debemos aprender a escuchar con atención, tanto a nosotros mismos como a los demás.

Poeta público de los momentos íntimos, amante de la música y de la historia, y elegista consumado, Adam Zagajewski queda en nuestra historia literaria gracias a la labor de sus editores y traductores, como Xavier Farré y Claire Kavanaugh, quienes se han dedicado a posicionar su obra como una de las más ampliamente difundidas de la literatura polaca.

Los grandes temas de su obra, como la migración, el cambio social o la evolución de las estructuras políticas, pueden distinguirse también en sus textos ensayísticos, como la memoria Dos ciudades, donde atestigua el tortuoso proceso de su país, que pasó el siglo XX dividiéndose entre la Europa Central o la Europa del Este, o En defensa del fervor, donde muestra su amor por la multiplicidad de la literatura. Incluso en estos libros, complementarios a su obra poética, resalta su talento elegíaco, su manera de habitar el pasado por medio del presente, de indicar las cosas que él mismo nunca vivió. Su práctica es un ejercicio perenne de la memoria, y ahora se percibe como una elegía de sí mismo: un homenaje a la propia vida, y a la vida misma, por medio de una escritura vinculada estrechamente con la finitud.