Lecciones para escritores de Truman Capote

En el documental 'The Capote Tapes', disponible en Filmin, el escritor estadounidense reflexiona sobre el estilo, la escritura, cómo escribir un relato o cómo ignorar a los críticos.
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En 1997 George Plimpton publicó Truman Capote. Donde varios amigos, enemigos, conocidos y detractores recuerdan su turbulenta carrera, un intento de retrato del escritor a partir de conversaciones y entrevistas con quienes lo conocieron. Para escribirlo, Plimpton grabó casi cuarenta cintas de conversaciones, de ahí el título del documental que puede verse desde hace unas semanas en Filmin sobre Truman Capote, The Capote Tapes. Ebs Burnough –que debuta con esta película– añade voces y entrevistas, destaca la de Kathy Harrington, hija de uno de los amantes de Capote a la que el escritor prácticamente adoptó.

La película se centra quizá demasiado en las amigas ricas de Capote, los cisnes, y cómo dejaron de hablarle después de que apareciera en Esquire en 1975 un adelanto de su novela inacabada, Plegarias atendidas, donde contaba muchas de las confidencias que inocentemente sus amigas de la aristocracia neoyorquina le habían hecho. Una vez que Capote fue expulsado de ese círculo elitista, se acercó a otro grupo, el de Andy Warhol.

Capote aparece consciente de sí mismo, de su imagen y su personaje, alimentando la figura del escritor-celebrity. Pero lo que más le importaba era la literatura, hacer los mejores libros que fuera capaz de hacer: por eso cuando le preguntan por las reacciones al adelanto en Esquire dice: soy escritor, ¿por qué creían que les escuchaba? Eso no significa que no le doliera, que no quisiera gustar, etc. Quizá si sus amigas hubieran leído A sangre fría no habrían compartido sus secretos con él.

El documental me lleva a rescatar la entrevista que le hizo The Paris Review en 1957 y que está recogida en la selección de Acantilado. Capote cuenta que empezó a escribir a los once años para un concurso en el que el premio era algo que él quería: “La primera entrega apareció un domingo, bajo mi nombre real: Truman Streckfus Persons. Pero alguien se dio cuenta de que estaba revelando un escándalo local en forma de ficción y la segunda entrega nunca apareció. Evidentemente, no gané ningún premio.”

Capote pasó la infancia al cuidado de unas tías en el sur –su vecina y amiga para siempre era Harper Lee–, años después su madre se lo llevó con ella a Nueva York, pero no fueron una familia feliz: la madre se suicidó. La protagonista de Desayuno en Tiffany’s tiene algo de su madre y de las amigas de su madre.

Mientras, Capote en el sur era expulsado de colegios y los profesores creían que era tonto: “Consideraba él que lo más adecuado, y también lo más humano, sería enviarme a una escuela especial, preparada para tratar a chavales retrasados. Fuera lo que fuese que pensara cada cual, mi familia en bloque lo tomó como un ultraje, y con el fin de demostrar que yo no era un subnormal me mandaron a una clínica de estudios psiquiátricos de una universidad del este, para que establecieran mi coeficiente intelectual. Me lo pasé muy bien durante todo el proceso y ¡adivine lo que pasó!: volví a casa convertido en un genio, eso había proclamado la ciencia. No sé quién se quedó más pasmado, si mis antiguos profesores, que se negaron a creerlo, o mi familia, que tampoco quería creerlo, pues lo que esperaban era que les dijeran que yo era un chico normal y corriente.”

En la entrevista Capote explica muchas cosas sobre cómo escribe, siempre en horizontal y primero dos borradores a mano, y sobre su estilo: “Me considero en esencia un obseso del estilo y concedo gran importancia a la colocación de una coma, al peso de un punto y coma”; “Para mí, y ruego que me disculpe por una imagen bastante vulgar, supongo que el estilo es el espejo de la sensibilidad de un artista, más que el contenido de su obra”; “Pero tener un estilo, un estilo, suele ser un obstáculo, una fuerza negativa, y no un refuerzo”.

Da algunas pistas para saber si un texto está logrado: “La prueba para saber si un escritor ha dado o no con la forma natural de su relato consiste en preguntarte, después de leerla, si es posible imaginarla de otra manera o, por el contrario, acalla tu imaginación y te parece que ésa es la forma absoluta y perfecta. Perfecta como una naranja, como una naranja que la naturaleza, simplemente, ha hecho bien.” Y explica en 1957: “Mis mayores ambiciones literarias siguen girando en torno al cuento. Cuando se analiza seriamente, el relato es la forma de prosa más difícil que existe y la que más disciplina exige. Todo el dominio y la técnica que pueda tener se los debo enteramente a mi entrenamiento en este género.”

También da un consejo importante: “He sido y sigo siendo objeto de considerables ataques, algunos de ellos absolutamente personales, pero ya no me afectan: he conseguido leer las calumnias más ultrajantes sobre mí sin inmutarme. Y en este sentido puedo dar un consejo importante: no hay que molestarse jamás en responder a un crítico, jamás. Escribe mentalmente la carta al director, pero nunca la pongas negro sobre blanco.”