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Lo que Karl Marx leía

Más allá de las consecuencias que sus ideas tuvieron en la historia del siglo XX, Karl Marx fue un erudito formidable, que por goce individualista leyó a Esquilo y a Shakespeare, a Dante y a Defoe, a Goethe y a Schiller, entre tantos otros.
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Como pocas figuras de la historia universal, Karl Marx cambió el destino de millones de hombres. De su obra sale, en buena medida, la socialdemocracia, la cual, en fecundo conflicto con el liberalismo, ha creado sociedades donde el bienestar se expande a niveles nunca soñados en el periplo de la humano. De su obra –se lo hicieron saber tempranamente anarquistas como Proudhon y Bakunin– nacieron también interpretaciones que dieron lugar a regímenes despóticos de una crueldad concentracionaria nunca antes vista.

Pero si nos trasladamos a nuestro nanouniverso, resulta que hay otras personas que llevan como propios los nombres de ciertos prohombres –en mi infancia conocí a niños Stalin y Sandino–, y en el México de la autoproclamada Cuarta Transformación alguien llamado Marx (Arriaga Navarro por sus apellidos), ha llamado la atención por ser un funcionario de nivel medio pero colmado de grandes ilusiones calcadas del cartabón totalitario.

Muy lejos en el tiempo, o arrojados de la Historia en plena carretera, quedaron aquellos izquierdistas letradísimos cuya dedicación a la patrística marxista y a su heresiología era, en verdad admirable. Los intelectuales que llegaron al poder en 2018, según lo confesó el propio jefe del Ejecutivo, apenas si se cuentan con los dedos de las manos. Y representan, digo yo, lo más rudimentario de la izquierda, seriamente desfondada desde la caída del Muro de Berlín, cuando aquellos quienes conservaban cierta lucidez, apagaron la luz y cerraron la puerta. Con la excepción de los primeros años del régimen de los Kirchner en Argentina, la verdadera intelectualidad (y no solo en América Latina) suele ser rechazada por los populistas, cuyos desgobiernos, a diferencia de las antiguas y anhelantes izquierdas, desprecian sin paliativos a los académicos de las ciencias sociales, a los doctores universitarios, a los científicos, a los escritores y a los artistas. Desprecio moral y pichicatería presupuestal a los cuales no puede seguir sino la consigna de reeducar al lector. Dice nuestro Marx que debe liquidarse la lectura como “un acto individualista de gozo”, para utilizarla con fines emancipatorios.

Quien conozca la obra de Karl Marx (1818-1883) encontrará a un erudito formidable que encontró su paraíso en la sala de lectura del Museo Británico, lejos de la vida precaria de su familia, a la cual apenas sacaba a flote la ayuda generosa del industrial Friedrich Engels. A cualquier lector de tiempo completo le es difícil dividir, en su existencia, qué tanto tiene de goce leer y qué debe solo al oficio del acto de leer. Yo leí completo El Capital, y si me permito hacer pública semejante jactancia es porque alguna vez el poeta Eduardo Lizalde y yo hablamos de esa experiencia compartida, en tiempos distintos, y concluimos en que no perdimos el tiempo: aun la página más espesa y abstrusa exhuma placer erudito. A quien ha comparado El Capital con las sinfonías de Bruckner, por dramáticas y genialmente barrocas, no le falta razón.

Dejando de lado, un momento, las consecuencias prácticas que tuvieron los marxismos, Karl Marx se deleitaba leyendo a toda clase de economistas burgueses o socialistas, como su amigo y después enemigo Proudhon, Jean–Baptiste Say o Nicolas Linguet, este último uno de sus inspiradores. Sin “goce individualista”, Karl Marx no se hubiera adentrado desde la historia romana –de donde viene su noción episódica de la “dictadura” del proletariado– hasta el socialismo francés y sus precursores (léase lo que dice de Rousseau en La miseria de la filosofía, escrito gozosamente contra Proudhon), pasando por la economía política inglesa de Adam Smith y David Ricardo. Para no hablar de la filosofía alemana.

Aquel Karl Marx no sabía que iba a incendiar el mundo, y solo era un militante exiliado tratado con todo respeto por esa sociedad victoriana cuya hospitalidad honró con un oportuno e impecable comportamiento burgués. Sus sueños de Prometeo, desdichadamente, los tenía; su goce de lector, también, al grado de que en 1859 abandonó su “trabajo científico” para escribir uno de sus libros menos conocidos, El señor Vogt (1860), un voluminoso panfleto (por su género) para denunciar a un espía, donde su placer por la sátira dividió a sus lectores. Hubo quienes le reprocharon perder su valioso tiempo en la literatura y hay quien piensa, al contrario, que es uno de los libros más significativos de Karl Marx. Al final, dicho sea de paso, quien fuera también uno de los primeros y más grandes periodistas modernos resultó tener la razón: el tal Vogt –a quien Karl Marx quiso demandar por difamación– era en efecto un espía prusiano al servicio de Napoleón III. Se supo tras el desastre de Sedán y la apertura, por los comuneros de 1871, de los archivos imperiales.

Karl Marx es inconcebible sin su pasión por Epicuro, materia de su tesis de doctorado. Sin las pasiones intelectuales de los Jóvenes Hegelianos contra quienes acabó por oponer a Cervantes. Varias de sus numerosas biografías lo presentan libérrimo en el placer intelectual. Amaba a Esquilo y a Shakespeare (la no muy canónica Timón de Atenas fue su tragedia preferida), a Dante y a Defoe, a Goethe y a Schiller, fue íntimo de Heine (a quien le perdonaba sus inconsistencias políticas de poeta) y compartía con Engels la lectura, por goce, de La Comedia Humana, de Balzac, la descripción más precisa del mundo burgués firmada por un legitimista monárquico, decían, estudiosos como fueron de la contradicción dialéctica en filosofía.

Por goce individualista leía Karl Marx, como cualquier buen lector que trasmite su emoción, tras la lectura, al prójimo, escribiendo gigantomaquias, manifiestos, artículos, convocando círculos de lectura. Me atrevo a asegurarlo: no hay estudiante de filosofía, en su silenciosa soledad de lector, aquella descubierta por Agustín de Hipona frente a San Ambrosio de Milán, que no goce desentrañando paulatinamente los misterios de Hegel. Así Karl Marx. Sus consecuencias emancipatorias son otra cosa: la tragedia del siglo XX. ­Pero los hombres de ideas son solo parcialmente responsables del uso de éstas por las generaciones venideras. El Gulag, retrospectivamente, es una posibilidad remota en la polisémica obra karlmarxiana, pero no deja de ser una posibilidad. Lo mismo ocurre con la relación entre Nietzsche y el nacionalsocialismo.

Leer, solamente leer, no hace libres a los hombres. Stalin y Mao fueron lectores de una apetencia monstruosa, pero leían para corroborar que la letra entra con sangre, para no hablar de aquella derramada por los piadosos lectores de los libros revelados del monoteísmo. El frenesí del libro emancipador empuñado contra el enemigo de clase desencadenó los crímenes de la Revolución cultural en China. Si se amenaza a quien lee por goce o por egoísmo no tardará en enviarse a la hoguera sus lecturas. Se querrá salvarlo. Reeducarlo, insisto.

Leer por fanatismo, como lo sugiere nuestro Marx, con un propósito “emancipador”, es una añeja y malévola receta. Leer por goce individualista es, por el contrario, leer críticamente, como lo hizo Karl Marx, quien nunca tuvo poder –recuérdese– más que sobre un puñado de discípulos. Los palurdos con el dinero del Estado para distribuir y recomendar la liberación mediante la lectura, son peligrosísimos. No menospreciemos a nuestro pobre Marx: no dejemos pasar su amenazante desprecio por el lector creativo y vivo. Por el lector irresponsable, sobre todas las cosas, ante el poder y sus anatemas.