George Innes

Oklahoma al final de la primavera

Llevar un diario que sea como instantáneas. Con el tiempo, el fondo y los detalles dicen cada vez más.
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Para que quede constancia de cómo funcionaban las cosas. Esa es una de las razones que nos llevan a escribir. Nosotros hemos visto algunas cosas, y los hombres del futuro tendrán, para conocer nuestro tiempo, los vestigios que nosotros les dejemos. Las palabras suelen ir sesgadas; los rastros inconscientes son los que siguen los arqueólogos audaces y fantasiosos. Si bien es verdad que las palabras también funcionan como objetos, y por eso pueden enmohecerse, pulirse o quedar despojadas de los sentidos que en su época todo el mundo reconocía sin detenerse a pensar. También pueden adquirir sentidos nuevos; cómo se reirían los etruscos si pudiesen darse un paseo por aquí. A mí también me gustaría viajar a su tiempo.  

Llevar un diario que sea como instantáneas. Con el tiempo, el fondo y los detalles dicen cada vez más.

El sábado el mercado está anormalmente vacío. Se debe a la visita del papa, o más bien al alarmismo con el que el ayuntamiento ha advertido de lo incómoda que iba a estar la calle esos días. Los distritos se atrincheran. Nadie quiere cruzar la Castellana. Lo cierto es que también hay menos pescados en las pescaderías, y los pescaderos explican que apenas había género en Mercamadrid. No sabemos si es que los camioneros también se han asustado o si es que los restaurantes se lo han llevado todo para dar de comer a mucha más gente que de costumbre. Pero con el trabajo más ligero los comerciantes del mercado están muy dicharacheros. Recuerdan viejas historias del barrio y costumbres desaparecidas, que resultan no ser tan viejas porque se remontan a “antes de la pandemia”. Hemos visto hace unos días Mi calle, la última película de Edgar Neville, que está ambientada a unos pasos de donde estamos. Se rodó en 1960 y abarca cincuenta años de la historia de una calle que está precisamente a pocos metros de aquí, donde estamos eligiendo entre tan pocos pescados.

En la película de Neville se recoge el atentado de Mateo Morral el día de la boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, y en esa parte se alternan las imágenes de estudio con película documental de las multitudes que asistieron al desfile nupcial de 1906. En el mercado de 2026 nos llegan ráfagas de conversaciones sobre el rey actual, que está a cientos de metros en el palacio, y cuando lo mencionan “el rey” suena no como una figura constitucional sino como los reyes de los cuentos que se disfrazaban de mendigos y se daban un paseo por sus ciudades para comprobar si sus súbditos eran virtuosos o mezquinos.

Al final de la película los antiguos negocios han cambiado, como se ve en un plano de la recién abierta cafetería Oklahoma, que ha venido a sustituir una taberna o a un luthier. La cafetería ofrece “hamburgers”, “hot dogs”, “malted mik” y “muffings”, y eso nos sorprende y divierte y enseña tanto como cuando lees a los viajeros antiguos quejarse de que hay muchos turistas en la ciudad que están visitando. Es gracioso que Oklahoma no sea precisamente un estado tan sofisticado como Massachussets o Maine, y que se haya elegido su nombre para ese puntal de la modernidad que viene a ser la cafetería con sus especialidades extranjeras. 

A los dos días voy a desayunar a un sitio igual, que también ha venido a sustituir a un bareto de barra grasienta y tragaperras. Aún hace fresco y entra el sol y rebota de manera muy agradable en las paredes blancas. Está todo el mundo enfrascado en el teléfono mientras espera que le sirvan el café. Un tío que parece ser el dueño le pregunta a otro si ha ido a ver al papa, jejeje, una broma que oigo de refilón y cuyo tono me desazona, pero entiendo que se trata de maneras de romper el hielo, que los humanos necesitamos relacionarnos y entendernos y que detrás de todo eso no hay sino un deseo de sentirse unidos. 

Y luego por la tarde, a lo largo de las aceras, la gente espera en sillas plegables el paso fugaz de la comitiva. 

En medio de la multitud o a solas buscamos la manera de no embotarnos.


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