Si de algo estaba orgulloso Roberto Bolaño era de sus lecturas. Cauto a la hora de valorar su propia obra, se mostraba en cambio seguro de su criterio como lector. Sus lecturas parecen inagotables, sin embargo, hubo autores que contaron más que otros. Se puede decir que Kafka era el escritor por antonomasia para Bolaño. A él parece seguirle, muy de cerca, Georges Perec.
Bolaño no concebía la literatura sin riesgo ni juego, sin construcción de nuevas estructuras, por lo que no es sorprendente que encontrara inspiración en un escritor como Perec. La huella de Perec en su obra es innegable y se puede rastrear desde el entramado de voces e historias que compone la segunda parte de Los detectives salvajes hasta el inconcebible catálogo de feminicidios en 2666. El crítico literario Rodrigo Pinto ha subrayado también el entusiasmo de Bolaño por el incompleto y provocativo 53 días de Perec, señalando algunas afortunadas coincidencias entre este libro y Los sinsabores del verdadero policía. En una memorable conversación con Cristián Warnken en el programa de televisión chileno La belleza de pensar, Bolaño celebraba en Perec la habilidad para “salir de sus libros e imponer el juego fuera de ellos”.
Pero la admiración de Bolaño no se limitaba a las audacias formales de Perec; también sentía una profunda empatía por su vida, marcada desde la infancia por la muerte de sus padres durante el Holocausto. Perec desesperaba por conservar algún recuerdo de ellos y encontró en la escritura una forma de salvar del olvido unas pocas migajas de memoria. Bolaño, de hecho, declaraba su alergia a cualquier libro de memorias, con dos únicas excepciones: las Memorias del duque de Saint-Simon y W o el recuerdo de la infancia, de Georges Perec. En una carta célebre dirigida a su amigo Enrique Vila-Matas, evoca los restos de la peluquería que regentaba la madre de Perec en la rue Vilin, en el barrio de Belleville:
Conozco también esa foto: una fachada de ladrillos y una puerta hecha con cuatro tablones de madera, encima de la cual, sobre los ladrillos, está pintada la leyenda Peluquería de señoras. Por ahora es el texto de tu libro que más me ha conmovido. Me ha hecho llorar y me ha hecho recordar al gran Perec, el novelista más grande de la segunda mitad de este siglo.
No es casual que el destino de Georges Perec interpelara a Roberto Bolaño, ya que la orfandad y el desarraigo son obsesiones que atraviesan toda su obra. Sus libros están poblados de jóvenes errantes, lanzados a la búsqueda de un sentido que rara vez encuentran. En su cuento “Carnet de baile”, Bolaño escribe: “Hay que matar a los padres, el poeta es un huérfano nato.” Y, en Los detectives salvajes, Manuel Maples Arce dice de Ulises Lima y Arturo Belano: “Todos los poetas, incluso los más vanguardistas, necesitan un padre. Pero estos eran huérfanos de vocación.”
El caso más extremo es quizá Lalo Cura en 2666. No solo es huérfano, sino que encarna una genealogía de la orfandad, una estirpe marcada por la violencia repetida contra madres e hijas. Su figura contiene, en miniatura, el horror de Santa Teresa. Y, sin embargo, es también el único policía que conserva un resto de humanidad, el único que, en medio de la indiferencia, se toma en serio la investigación de los crímenes.
A menudo Bolaño pone en escena a una figura tutelar que contempla a esos jóvenes con una mezcla de admiración y ternura. El ejemplo más elocuente es Auxilio Lacouture, protagonista de Amuleto, una suerte de madre de sustitución de la poesía mexicana que se esconde en los baños de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM durante la ocupación militar de 1968. Desde ese encierro, Auxilio observa y bendice a esos jóvenes que caminan, cantan, hacia el abismo, hacia la masacre.
Extendí ambas manos como si pidiera al cielo poder abrazarlos, y grité, pero mi grito se perdió en las alturas donde aún me encontraba y no llegó al valle. Flaca, arrugada, malherida, con la mente sangrando y los ojos llenos de lágrimas busqué los pájaros como si los pobrecitos me hubieran podido ayudar en esa hora en la que todo en el mundo se apaga. La rama estaba vacía.
Lo que más conmueve a Auxilio Lacouture es la “generosidad y valentía” de esos jóvenes, virtudes que, de manera inesperada, recuerdan también la figura de Perec. En “Un paseo por la literatura”, una larga enumeración de sueños de evidente filiación perecquiana, Bolaño parece asumir el papel de Auxilio Lacouture y extiende ambas manos para poder abrazarlo:
1. Soñé que Georges Perec tenía tres años y visitaba mi casa. Lo abrazaba, lo besaba, le decía que era un niño precioso.
[…]
57. Soñé que Georges Perec tenía tres años y lloraba desconsoladamente. Yo intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas, libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo de Nueva York y mientras él jugaba en el tobogán yo me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará matarte. Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?
Otro hermoso homenaje se encuentra en una carta dirigida a Jorge Herralde, en la que Bolaño felicita tanto a los traductores como al propio editor por el hito literario que suponía la traducción y publicación en castellano de El secuestro. Y para la ocasión añade “un poemita como humilde homenaje”:
Ser Perec, pensé:
Trefe, demente, en pequeñez
El hereje del Everest.
Pez y semen, ser
Perec en Belén, en Elche.
Leer vergeles:
Éter, entes, gentes.
Ser Perec en pestes,
Tejer, destejer mesteres.
En este poema (casi) monovocálico en e, Bolaño juega a proyectarse en Perec y deja aflorar los rasgos que más le fascinan: la fragilidad junto a una cierta megalomanía, la heterodoxia erigida como método y la disidencia frente a toda doctrina, la infancia como estado permanente, esa conjunción paradójica de pequeñez y gigantismo tan propia de Kafka, y la paciencia del artesano que no cesa de aportar variaciones al edificio literario.
Pero lo más llamativo del poema es que Perec es asociado con el Niño Jesús. La admiración deja de ser solo estética y adopta un tono cercano a la devoción. Bolaño llegó incluso a llamarlo “San Perec”, y las referencias a Cristo reaparecen en otros textos. Así ocurre, por ejemplo, en una carta dirigida a Carlos Edmundo de Ory:
“Georges Perec fue Jesucristo reencarnado. En serio. Cristo volvió, tal como había prometido, pero esta vez no quiso volver a ser crucificado. Nació en una mala época, se llamó Georges Perec, escribió La vida instrucciones de uso.”
En Los sinsabores del verdadero policía, J. M. G. Arcimboldi cuenta a Georges Perec entre sus amistades más importantes: “Georges Perec, al que admiraba profundamente. En cierta ocasión dijo de él que seguramente era la reencarnación de Cristo.”
Debo reconocer que siempre me resultó difícil entender qué quería decir exactamente Bolaño cuando comparaba a Perec con un Jesucristo reencarnado. Hasta que volví a leer algunos pasajes de 2666 y, hacia el final de la novela, me detuve en el episodio donde Hans Reiter se encuentra con el viejo que le alquila su máquina de escribir. Es allí donde Reiter se improvisa un nuevo nombre y nace Benno von Archimboldi. El viejo de la máquina de escribir se lanza entonces a un largo monólogo sobre las obras maestras y las obras menores.
Toda obra que no sea una obra maestra es, como se lo diría, una pieza de un vasto camuflaje […]. ¿Por qué una obra maestra necesita estar oculta?, ¿qué extrañas fuerzas la arrastran hacia el secreto y el misterio? […] Un bosque que crece a una velocidad vertiginosa, un bosque al que nadie le pone freno, ni siquiera las Academias, al contrario, las Academias se encargan de que crezca sin problemas, y los empresarios y las universidades (criaderos de atorrantes), y las oficinas estatales y los mecenas y las asociaciones culturales y las declamadoras de poesía, todos contribuyen a que el bosque crezca y oculte lo que tiene que ocultar, todos contribuyen a que el bosque reproduzca lo que tiene que reproducir, puesto que es inevitable que así lo haga, pero sin revelar nunca qué es aquello que reproduce, aquello que mansamente refleja […] ¿Un plagio, se dirá usted? Sí, un plagio, en el sentido en que toda obra menor, toda obra salida de la pluma de un escritor menor, no puede ser sino un plagio de cualquier obra maestra. La pequeña diferencia es que aquí hablamos de un plagio consentido. Un plagio que es un camuflaje que es una pieza en un escenario abigarrado que es una charada que probablemente nos conduzca al vacío.
El extenso episodio culmina con estas palabras decisivas:
Antes de que Archimboldi se despidiera de él, después de beber una taza de té, el hombre que le alquiló la máquina de escribir le dijo:
-Jesús es la obra maestra. Los ladrones son las obras menores. ¿Por qué están allí? No para realzar la crucifixión, como algunas almas cándidas creen, sino para ocultarla.
Roberto Bolaño, lector de excepción y profundo conocedor de la historia de la literatura, sabía cuán difícil es escribir de verdad. Y en Georges Perec supo reconocer aquello que el bosque esconde, lo que los ladrones ocultan, lo que habita en el secreto y en el misterio: una obra maestra.