Convertible

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Mi papá era un místico, pero se enamoró de un Ferrari.

Mi papá fue matemático, pero nació hijo de un subsecretario.

Mi papá tenía luz embriagadora, pero crudo derrapó en una curva y luego en otra.

Mi papá tenía veintipocos cuando se enamoró de una rubia de una oscuridad también arrolladora.

Mi papá era un místico, pero se enamoró de un Ferrari.

Quería ser vegetariano en una comuna de jipis, pero una luna de miel por las Europas y las argollas de Tiffany lo compraron.

Mi papá quería ser papá, pero también era adicto y megalómano.

Mi papá era un místico, pero dejó a los Rosacruces para vivir en lo alteros apilados de décadas y décadas de Playboy y algunas National Geographic.

Mi papá se enamoró de un convertible que también se llama narcisismo, sic dixit.

No bien puede decirse que se iba de putas porque para él todas las vulvas eran putas, como yo.

Mi papá fue un místico, ajedrecista, desmedido con el Mustang, Acapulco y la pistola de yupi en la guantera.

Mi papá era mi papá, en la biología y la boleta, también en los juzgados…, en las llamadas por la pensión alimenticia y en los concursos del sorteo Tec por una casa que no se ganó nunca.

Un convertible rojo sangre y todas las tarjetas de crédito vencidas y los cobradores pisando el acelerador, timbrazo por timbrazo.

Un rapto. 200 kilómetros por hora, el pedal, la autopista de fin de semana, Tlayacapan.

Este es el pulso de tu hija con el mundo a versos y a puñetazos. También algo visto en pequeñas letras por el retrovisor de mi propio auto.

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