Espantapájaros. Oliverio Girondo

Para (no) leer poesía

Para calificar como un (no) lector de poesía es necesario reunir las siguientes dos características: amor incondicional al género e inexplicable poca dedicación a su lectura.
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I

Para calificar como un (no) lector de poesía es necesario reunir las siguientes dos características: amor incondicional al género e inexplicable poca dedicación a su lectura. El (no) lector de poesía es un lector de clóset, o un lector ocasional, o un lector polígamo que traicionará el verso en el momento en que se cruce una novela en su camino. Cuando abre un libro de poemas, el (no) lector de poesía redescubre un gozo olvidado que atesorará siempre pero que no buscará repetir hasta mucho después de un incierto margen de tiempo; en las librerías contempla con nostalgia la sección de versos mientras camina hacia la caja con la última novela de Houellebecq bajo el brazo; tiene uno o dos poetas favoritos que relee sin insistencia y algunas noches se imagina lo feliz que podría ser leyendo únicamente poesía. ¿Por qué es así? Nadie lo sabe

II

Uno de los más grandes enemigos del (no) lector de poesía es el crítico que descree del sabio consejo que recomienda no “hablar poéticamente de la poesía” (Witold Gombrowicz), vicio que crea un hueco entre el poeta y el (no) lector. Por desgracia, cuando el (no) lector busca acercarse de nuevo a su placer olvidado, lo que hará –como hice yo– es acercarse a una antología, digamos, por ejemplo, a la Antología de la poesía hispanoamericana actual (edición de Julio Ortega), donde es posible encontrar joyas de la crítica-poética como la siguiente:

Poesía de vehementes apelaciones, figuraciones del eros, la aventura y al subversión, la de [Enrique] Molina se distingue también por su profunda empatía vital (p. 75).

O como ésta, sobre Martín Adán:

Luego, los ciclos La mano desasida (un canto entorno a Machu Picchu) y Diario de un poeta demostraron su poder poético, su vocación metafísica, su socavamiento verbal de la tradición, su pasión por conocer desde la interperie desasida de su oficio sin premio posible (p. 45).

O ésta, sobre Joaquín Pasos:

Junto a su vigor lírico arde en el poema la inteligencia de la percepción asociadora, que combina planos en una trama compleja, con estremecimiento cósmico y aprehensión intensa de los detalles. La densidad de sus poemas y su calidad emotiva son una demanda por una lengua poética indagatoria y al a vez próxima, abismada y perentoria. (p. 41).

Juicios así orillan al (no) lector hacia dos caminos. El primero, que consiste en la búsqueda infructuosa de objetos directos en algunas frases, o en una pausada reflexión sobre lo que puede implicar el “estremecimiento cósmico”. El segundo, la angustia de imaginar que si ha resultado dificultoso entender una breve explicación introductoria será imposible abarcar cada uno de los poemas incluidos. Cualquiera que sea el camino, se ha creado un vacío entre el (no) lector y el poeta muy parecido al que reseñaba W. Gombrowicz –uno de los más célebres (no) lectores de poesía– en su célebre “Contra los poetas”:

Me he encontrado, pues, frente al siguiente dilema: miles de hombres escriben versos; centenares de miles admiran esta poesía; grandes genios se han expresado en verso; desde tiempos inmemorables el Poeta es venerado, y ante toda esta montaña de gloria me encuentro yo con mi sospecha de que la misa poética se desenvuelve en un vacío total.

III

Además del crítico-poeta, otro impedimento del (no) lector de poesía –éste menos grave– es la popularización de los versos. Casos como el de la fama de Jaime Sabines han producido infinidad de (no) lectores de clóset. Casos como el del grupo Maná y la extravagancia de nombrar alguno de sus discos con un verso de Octavio Paz han producido que cientos de (no) lectores renieguen cada vez que leen, en la defensa trasera de un auto, el verso “amar es combatir”.

Finalmente, el abuso de ciertas palabras –por ejemplo “mariposa”, “balsámica” (usualmente junto a “noche”), o cualquier tipo de interjección que comienza con “¡Oh!”– provoca dudas y consternación en el (no) lector de poesía, que rápidamente escapa y se refugia en cualquier otro lugar.

Sin embargo, alguna esperanza le queda a este (no) lector, pues su aletargada lectura lo tiene en la página noventa y dos de un libro de más de quinientas. Seguramente, conforme avance, encontrará muchos y mejores ejemplos que lo alienten a seguir (no) leyendo poesía.

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