Dos poemas

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Vivir en marzo

Mañana usaré un vestido largo, limpio,
blanco: el último color de los cadáveres sobre la tierra,
para que crea el Destino estar en desafío
y se sorprenda.
Lleva siglos en silencio el oráculo de Delfos,
se ha pasmado la pitonisa,
no sé si auguro bien los cielos;
ignoro si el número de pájaros que vuela frente a mí
es de suerte o de congoja,
pero advierto la textura de las nubes
y el aleteo en bandada es la tranquilidad de mi respiración:
no estoy lejos.

Una sola lágrima
me ha hecho dejar el balero:
la muerte menguó nuestras largas mesas de fiesta
cuyos manteles hemos debido recortar para que no arrastren
ante la ausencia.        

Mi pertenencia se ratifica
en la roya que infecta igual los bosques de cedro
al otro lado del mundo
y los muebles de mi casa desierta;
por la misma razón puedo unirme a las procesiones fúnebres,
tanto a las plañideras como a las incendiarias;
por la misma razón otros pueden venir con velas y letanías a mi costa
para orar por las cenizas esparcidas con amargura.
Por la misma razón.

Que se derrame como linfa materna el vestido blanco,
símbolo textil de mi ética,
bajo los verdes trinos de los árboles de marzo;
entre sombras picoteadas,
tan adecuadas para soñar
con el abril que quizá no llegue. 

Anastasia

Altísima Anastasia,                                                   
la que puede resucitar,
tantos años esperando por ti.

Incluso
si volvías con la mirada apagada
o el cabello enmarañado;

incluso si te tomaba toda la vida
contarnos lo que pasó
cuando quebraron las perlas
de tus vestidos frágiles.  

Incluso así,
esperábamos.

Sería un dulce día equinoccial 
por tenerte otra vez en casa,
niña nuestra.

Teníamos fe
en la autoproclamada bondad innata de los hombres,
confianza atizada por la ausencia de un cuerpo
al cual ungirle especies aromáticas.

Tantas noches imaginándote jugar
con la nieve del norte,
tantas noches
orando para que los aullidos de trenes boreales
no asustaran tu sosiego,
para que tus dedos no estuviesen adormecidos.

¡Ay, princesa!
Pero nunca llegaste a tu reino,
porque no tuvieron piedad de ti.

Se heló nuestro latido
el día que nombraron tus huesos:
la que puede resucitar,
Anastasia, es aquel fémur.

Ya viejos nos tocó sentir
el peso de la piedra a la entrada inamovible,
la ilusión convertida en canas,
en pesadillas de los fríos años 
aguardándote,
apenas durmiendo, pensando en ti.

Muchos son los que lloran tu muerte
en muchos hogares de mi nación.
También lo sabemos:
las princesas no resucitan.

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