Afghanistan

Afganistán

La presencia estadounidense en Afganistán alimentó la esperanza utópica de transformar democráticamente el país. La discusión entre el realismo y el idealismo en política exterior ha sido intensa tras el final de esa guerra, una de las consecuencias más prolongadas y costosas del 11-S.
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Para abril de este año, cuando el presidente Biden confirmó que, tal y como había prometido durante su campaña presidencial, Estados Unidos se retiraría por completo de Afganistán antes del 11 de septiembre, aniversario de la destrucción de las Torres Gemelas, esa guerra ya era la más larga de la historia del país. Los ataques del 9-11 fueron la causa de la intervención estadounidense, y la campaña militar tuvo como motivo una combinación de venganza y cálculos prudentes que sugerían que asesinar o capturar al arquitecto de los ataques, Osama Bin Laden, y destruir al gobierno talibán del mulá Omar, que lo cobijó, protegió y facilitó, impediría ataques futuros. Llámenlo imperialismo del miedo.

Tras el éxito de la campaña militar, los temores estadounidenses disminuyeron. Pero en lugar de que esto llevara a una retirada de fuerzas estadounidenses y de la OTAN, el miedo dio paso a esperanzas de la mayor variedad utópica. Fue así que los objetivos limitados (y en mi opinión completamente justificados) de la invasión de Afganistán de pronto se transformaron en una ocupación sin fin de la OTAN y Estados Unidos, que se justificó cada vez más con lo que en el ámbito de las relaciones internacionales se conoce con el término algo engañoso y condescendiente de “construcción de naciones”. Uno puede oponerse a esto, como yo he hecho y sigo haciéndolo, y no obstante percibir la lógica subyacente. Porque era una lección básica de contraterrorismo: el Estado talibán había promovido el terrorismo global; ergo, para asegurarse que el terrorismo no echara raíces en Afganistán era necesario crear otro tipo de Estado, y las fuerzas estadounidenses debían permanecer ahí hasta que ese Estado fuera capaz de sostenerse por sí solo.

En temas internacionales, el realismo y el idealismo suelen considerarse posturas enfrentadas, pero en la realidad es muy complicado separarlas. Lo mismo pasa con los intereses personales y el altruismo. Después de todo, casi todos los imperios, desde Babilonia hasta Washington, han justificado su hegemonía aduciendo que persiguen algún tipo de “misión civilizatoria”, como la llamaban los imperialistas franceses del siglo XIX. Sin embargo, en parte por la influencia que tuvo el protestantismo misionero en la política exterior estadounidense durante la primera mitad del siglo XX y en parte por la concepción propia de que Estados Unidos es un país pero también una idea, el imperio estadounidense, mucho más que su antecesor británico, 

((En esto, Estados Unidos siempre se ha parecido menos al imperio británico y más al imperio francés.))

ha sido vulnerable a la creencia de que todas las naciones aspiran a ser como Estados Unidos, y que podrían lograrlo con ayuda estadounidense.

Hoy, después de los tremendos fracasos en la construcción de democracias en Iraq y ahora en Afganistán, es tentador desestimar la idea de que una fuerza conquistadora extranjera puede llevar a cabo la transformación democrática de una sociedad, pero esto es una distorsión de los hechos históricos. Las ocupaciones estadounidenses de Alemania y Japón posteriores a la Segunda Guerra Mundial fueron cruciales para la democratización o, en el caso alemán, la re-democratización de ambos países.

Por lo anterior, desestimar el consenso en política exterior sostenido desde hace décadas en Washington, que considera que la democratización no es un fraude moral ni intelectual, ni tampoco una imposibilidad, puede parecer conveniente para los críticos realistas e izquierdistas de la política exterior estadounidense en la era de la Pax Americana –pero esto es una simplificación que ignora muchas cosas. Esto se aplica especialmente, creo, a Afganistán durante la guerra de las últimas dos décadas. ¿Lo que ahí sucedió tuvo un componente imperial? Sin duda: en este momento, solo la franja cada vez más reducida que se aferra a la idea de que Estados Unidos no es un imperio podría negarlo. Pero reducir lo que sucedió en Afganistán entre la caída del mulá Omar en 2001 y la retirada total del presidente Biden en 2021 al caso de un imperio que aplasta con su puño de hierro a una población afgana que lo único que quería era que se fueran los estadounidenses es una errada descripción de lo que sucedió en ese periodo de tiempo. Como Sarah Chayes –quien inició su brillante carrera en Afganistán como reportera para la National Public Radio, luego dirigió una ONG en Kandahar y terminó como consejera especial para el entonces jefe del Estado Mayor Conjunto, el almirante Mike Mullen– escribió recientemente, “los afganos no nos rechazaban. Más bien, nos veían como ejemplo a seguir en cuanto a democracia y Estado de derecho. Pensaban que eso era lo que Estados Unidos representaba”.

Sin duda hay algo de romanticismo en la apología de Chayes. Pero cualquiera que intente comprender lo que sucedió en Afganistán a lo largo de los últimos veinte años debe empezar por aceptar el hecho de que, si algo no fue, es sencillo de explicar. Para Chayes, como para muchos otros reporteros y reporteras que cubrieron la guerra –pienso en Dexter Filkins y C. J. Chivers como dos de los más conocidos del grupo, así como los más críticos no solo del manejo de las evacuaciones del aeropuerto de Kabul, sino también del momento y del modo en el que se realizó la retirada–, la era de Estados Unidos en Afganistán no fue un proyecto condenado al fracaso desde el inicio, sino la historia de una oportunidad perdida tras otra. Hay que ser cuidadosos. A los reporteros occidentales, y sobre todo a los reporteros estadounidenses, se les ha acusado de permitir que sus vínculos personales con sus colegas e interlocutores afganos les nublaran el juicio sobre si la retirada en sí fue o no correcta. Lo mismo puede decirse de muchos directivos de distintas ONG y organizaciones filantrópicas occidentales que operaban en el país. Y aunque muchas de estas personas lo han negado enfáticamente –las polémicas en Twitter han sido maliciosas incluso para los estándares de las redes sociales–, creo que hay algo de verdad en lo que se dice.

Sostengo esto sobre la base de que la cobertura occidental de la era estadounidense en Afganistán ha sido brillante en su tratamiento de todas las maneras en que las decisiones tomadas en Washington y las acciones en el terreno fueron erradas e incluso malignas. En sus textos, Sarah Chayes se enfocó en la negativa de los legisladores estadounidenses a atacar la corrupción al interior del gobierno afgano; al hacerse de la vista gorda, Washington fue en más de un sentido cómplice e incluso responsable de ella. Chayes también exploró, con reporteo a fondo y un análisis excelente, las formas en las que Washington se negó a presionar a Pakistán para que dejara de ser el principal respaldo de los talibanes. Por su parte, C.J. Chivers y un grupo de periodistas muy talentosos, muchos de ellos afganos, crearon para el New York Times un proyecto llamado Afghan War Casualty Report. En medio de una tremenda oposición de los gobiernos afgano y estadounidense, Chivers y sus colegas publicaban un reporte semanal de las bajas sufridas por las fuerzas del gobierno afgano, de civiles afganos, así como de las fuerzas de la OTAN y de Estados Unidos por causa de los ataques de ISIS y los talibanes.

A los defensores de la presencia de Estados Unidos en Afganistán, sus críticos con posturas realistas y de izquierda los acusan con frecuencia de caer en diversas formas de orientalismo. Pero esta, me parece, es una equivocación muy grande, e insisto una vez más en que escribo como alguien que apoyó y –no obstante el fiasco de las evacuaciones en el aeropuerto de Kabul– apoya la decisión del gobierno del presidente Biden de abandonar por completo Afganistán el último día de agosto. Es un hecho que millones de afganos celebraron el derrocamiento del régimen talibán por parte de Estados Unidos, y que querían ayuda estadounidense para construir una sociedad más libre, sobre todo una en la que los derechos de las mujeres estuvieran garantizados.

De nuevo, no se trata de una fantasía, ni del tropo imperialista del “feminismo blanco” impuesto a las mujeres afganas, por citar el deplorable libro de la autora de izquierda identitaria Rakia Zakaria. Tal vez Zakaria no haya deseado que la ocupación estadounidense ayudara a que las mujeres afganas ganaran derechos, pero millones de ellas sí lo hicieron. Es por eso que desestimar lo dicho por escritoras y analistas como Chayes, pero también por funcionarios estadounidenses, comenzando con George W. Bush –el presidente que tomó la decisión de que las tropas nacionales debían permanecer ahí– equivale a mutilar la realidad en pos de los intereses de la ideología. En Decision points, su libro de memorias de 2010 –uno de los libros de memorias presidenciales más subestimados–, Bush escribió que “Afganistán fue la máxima misión de construcción de naciones. Liberamos al país de una dictadura primitiva y teníamos la obligación moral de dejar algo mejor”.

Entre las notas al pie en un libro académico, esto quizá se leería así: “Buenas intenciones: ver Camino al infierno pavimentado con”. Ya en 2010, a la mitad de la guerra, quedó claro que la construcción de naciones no funcionaba. Pero una y otra vez, de cara a esta evidencia, Washington redobló la apuesta. Cuando Barack Obama entró al relevo de George W. Bush, reafirmó el compromiso de Estados Unidos (Bush lo elogia mucho en Decision points). Obama no tuvo más éxito que su predecesor. Fue solo hasta que Donald Trump ganó que la decisión estadounidense de buscar un proyecto de construcción de naciones de duración indefinida fue cuestionada. Antes de su elección en 2016, Trump había sido un crítico feroz de la permanencia de Estados Unidos en Afganistán. En una entrevista de octubre de 2015 con CNN, insistió en que “cometimos un terrible error involucrándonos ahí en un principio”, y preguntó retóricamente: “¿El ejército estadounidense va a quedarse ahí por los siguiente doscientos años?”.

Pero ya en el poder, Trump se distanció de aquella posición, y en 2017 de hecho incrementó el número de efectivos en Afganistán. Aún así, por lo menos según algunos testimonios, Trump seguía prefiriendo una retirada de Estados Unidos, y después de perder la elección de 2020 se decidió a poner en marcha un proceso que el gobierno de Biden no pudiera echar atrás. Todo esto culminó el 29 de febrero de 2020 con un acuerdo negociado en Doha entre el representante especial de Estados Unidos para Afganistán, Zalmay Khalilzad, y el líder político del régimen talibán, el mulá Abdul Ghani Baradar, en el que Estados Unidos se comprometía a retirar todas sus fuerzas para el 1 de mayo de 2021.

Con esa incoherencia feral que parece acompañar todo lo que hace, al inicio Trump se atribuyó el crédito por la decisión de Biden de retirarse. “Yo comencé el proceso”, presumió en un evento en Wellington, Ohio, el 26 de junio de este año. “Todas las tropas volverán a casa. Ellos [el gobierno de Biden] no pudieron detener el proceso… Veintiún años es suficiente, ¿no creemos?”. Pero en cuanto las desoladoras escenas del aeropuerto de Kabul comenzaron a dominar los titulares, Trump asumió una postura diametralmente opuesta, calificó la retirada como “una vergüenza” e incluso exigió la renuncia de Biden.

Biden ha insistido en que el acuerdo que Trump firmó con los talibanes limitaba sus opciones. “La decisión que tenía que tomar como su presidente”, dijo en un mensaje a la nación el 16 de agosto, “era cumplir con el acuerdo [que Trump firmó con los talibanes] o prepararnos para volver a combatir al régimen talibán justo en medio de la temporada de combates de primavera”. En una entrevista que dio tres días más tarde, sin embargo, Biden se mostró firme al decir que sin importar lo mal que salieran las evacuaciones del aeropuerto de Kabul, “nunca es un buen momento para abandonar Afganistán”.

Trump era tan ampliamente despreciado y temido en los círculos de poder de Estados Unidos, –incluido el mundo de los intervencionistas neoconservadores que trabajaron a las órdenes de George W. Bush, se mantuvieron lejos de Obama pero apoyaron a Biden en la campaña de 2016–, que no debe sorprender a nadie que algunos de quienes lamentan la decisión de Biden se consuelan pensando que Trump no le dejó ninguna opción real al nuevo presidente, salvo la disyuntiva entre salirse de inmediato o permanecer por tiempo indefinido.

Otros –y esto aplica en particular a las élites internacionales que odian a Trump, un grupo cuyas opiniones pueden resumirse a grandes rasgos como aquellas que dan forma y que son formadas por las páginas editoriales del Financial Times y The Economist– van más allá. Para ellos, hay continuidades sorprendentes entre Trump y Biden, no solo con respecto a Afganistán, sino también a China. Como escribió Edward Luce en el Financial Times, “Visto desde cualquier sitio en Estados Unidos, las diferencias entre Biden y Trump son claras. Pero entre más te alejas de las costas estadounidenses, más se parecen”.

Además de resonar entre los llamados realistas de las relaciones internacionales, un grupo elocuente pero marginal en Washington, esta perspectiva tiene ecos en el mundo de la izquierda seria en Estados Unidos, que ya no es tan irrelevante como fue durante décadas, porque por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial tiene importancia en la política estadounidense. 

((Esto no debe sorprender a nadie. El único precedente histórico significativo de los últimos cien años hasta la crisis actual en Estados Unidos es el caso de la década de 1930. Entonces, como ahora, era una crisis sistémica y multidimensional de legitimidad moral, política, histórica y de memoria. Y entonces como ahora tanto la izquierda dura como la derecha dura eran fuerzas poderosas. En comparación, no obstante toda la alharaca en su momento y vista en retrospectiva, la década de 1960 no fue para nada así.)) 

Pero en un país en el que los opositores a Trump en la alta burguesía pueden, a través de los medios tradicionales y las redes sociales, presentarse a sí mismos, sin vergüenza alguna, como “la Resistencia”, como si Santa Monica o el Upper West Side de Manhattan entre 2017 y 2021 fueran Lyon bajo la ocupación Nazi, las ideas de izquierda consiguen poca tracción.

Por el contrario, entre la mayoría de los partidarios de Biden dentro de la política exterior, los think tanks y las escuelas de asuntos internacionales en las universidades (donde trabajan cuando no tienen empleos en el gobierno), en los medios tradicionales y también en un número sorprendentemente amplio de grupos de derechos humanos y filantropía –sitios en donde los partidarios de Trump son tan raros como una gallina con dientes–, no hace falta vapulear ritualmente al expresidente antes de condenar la decisión de Biden. La consternación es así de profunda. Primero que nada, se considera equivocada en términos morales. Al salirse precipitadamente, el gobierno de Biden abandonó a las y los afganos a su suerte bajo el cruel gobierno talibán. Pero también es equivocada en términos geoestratégicos. En su mayoría, los medios tradicionales han reflejado y amplificado esta perspectiva, con titulares más o menos cercanos al que se publicó el 17 de agosto en el Washington Post: “La salida de Afganistán obliga a aliados y adversarios a reconsiderar el papel global de Estados Unidos”.

En solo unas cuantas semanas, la sabiduría recibida entre “los buenos” ha sido que, si Estados Unidos estuvo dispuesto a abandonar a los afganos a su suerte, ¿cómo pueden los taiwaneses confiar en que los estadounidenses los van a defender? ¿Y Japón y Corea del Sur? “Más allá de las consecuencias locales –tronó Richard Haass, exfuncionario de alto nivel del Departamento de Estado, que ahora es presidente del Council on Foreign Relations y es considerado una figura emblemática de la política exterior estadounidense– las consecuencias funestas del fracaso estratégico y moral de Estados Unidos [en Afganistán] reforzarán los cuestionamientos acerca de la confiabilidad de Estados Unidos entre sus amigos y enemigos a todo lo largo del mundo”. En esto, Haass sigue un camino muy conocido para todos los que han estudiado la guerra de Vietnam. Ahí también el gobierno de Nixon y sus partidarios en el Congreso y el sistema político establecido insistieron en que Estados Unidos no podía retirarse de Vietnam porque “quedaría mal”. ¡Hablando de orientalismo! Y sin embargo, no puedo pensar en un solo ejemplo en la historia política moderna de Estados Unidos, incluido Vietnam, en que un presidente haya provocado entre las élites este grado de consenso en contra de las decisiones que tomó.

Los augurios dicen que el retiro de Afganistán envalentonará a China frente a Taiwán, incentivará aun más el ánimo belicoso de Corea del Norte y confirmará al gobierno iraní que puede tomar una posición dura en las negociaciones nucleares con Estados Unidos y la Unión Europea, pero todo esto está por verse. La postura que uno adopte frente al asunto–vale la pena tener en mente que hasta este punto todos estamos especulando–, dependerá en buena medida de si uno acepta como válida la perspectiva “de pérdida de reputación”, “de quedar mal en un lugar y verte debilitado en todos los demás” que tienen los críticos de Biden en los medios y en los círculos políticos; o si acepta lo que Jenny Lind, experta en relaciones internacionales de Dartmouth, llama la tesis de “la credibilidad del poder”, que postula que lo que importa es el modo en el que Estados Unidos despliegue su poder en zonas de vital importancia geoestratégica. En otras palabras, si Estados Unidos expande sus compromisos militares en las regiones del Pacífico y el Índico, lo que suceda en Afganistán puede no importar mucho, si es que importe siquiera. Yo (aunque no le resulte sorprendente a nadie) tiendo a coincidir con la perspectiva de Lind, y creo que, desde una perspectiva de poder político, contra lo que cree Richard Haass, la credibilidad política y militar de Estados Unidos depende poco de lo que suceda en Afganistán y mucho de cómo se desplieguen las fuerzas de combate después de Afganistán.

Aquí ya estamos en el terreno de la Machtpolitik pura y dura. E incluso si asumimos que el argumento de las “capacidades” planteado por Lind, Darryl Press, su colega en Dartmouth, y otros es correcto, la Machtpolitik jamás ha sido ni será capaz de dar cuenta de manera satisfactoria de los temas morales que están en juego. Lo que vale la pena notar en el discurso del presidente Biden en el que anunció la retirada completa y prácticamente inmediata de Estados Unidos es que rechazó por completo la lógica de la construcción de naciones planteada por George W. Bush. “Nuestra misión en Afganistán nunca debió ser la de construir una nación”, dijo. Al contrario, insistió, “el único interés nacional vital de Estados Unidos en Afganistán sigue siendo hoy el que siempre ha sido: prevenir un ataque terrorista en nuestro territorio nacional”. Donde tergiversó los hechos, y por lo que personas como Chayes, Chivers y Filkins mostraron su molestia, fue al decir que los soldados estadounidenses habían estado dispuestos a morir por una causa por la que los soldados del gobierno afgano no estaban dispuestos a sacrificarse. Para empezar, aunque las bajas estadounidenses no han sido tan ligeras como parecen a primera vista, palidecen en comparación con las que sufrieron sus aliados afganos.

((2,218 miembros del servicio militar estadounidense han muerto en las dos décadas de conflicto afgano. Un número similar de contratistas privados del ejército estadounidense han muerto, lo que atestigua también hasta qué punto se ha privatizado esta larga guerra. Esto ha conducido a algunos analistas y expertos a caracterizar el número de bajas como ligeras, y si la comparación se hace con las fuerzas del gobierno afgano, de las cuales, según se dice, más de una quinta parte han muerto a lo largo del conflicto, esta perspectiva es correcta. Pero una parte de la razón que explica la baja cantidad de militares estadounidenses muertos en combate es el enorme progreso de la medicina de batalla, que ha significado que muchos de los efectivos que en tiempos tan recientes como la primera Guerra del Golfo en 1991 murieron en combate, sobrevivieron a sus heridas en el conflicto afgano. Suman más de 20,000 y una visita veloz a la unidad de rehabilitación de cualquier hospital del ejército estadounidenses, con su gran cantidad de pacientes con lesiones irreparables en la columna vertebral o en el cerebro, o que han padecido la pérdida de alguna extremidad, sirve de lección para comprender lo que esto significa.)) 

Y si el ejército afgano colapsó tan rápidamente, se debe en gran medida a que Washignton toleró a un gobierno que en realidad era una cleptocracia cínica. En pocas palabras, cuando Biden aseguró en su discurso que “les dimos [a los afganos] todas las posibilidades para determinar su propio futuro”, dijo una falsedad. En cambio, desde mi punto de vista, donde Biden acertó fue al insistir que no cometería el “error” de quedarse a pelear indefinidamente en un conflicto que no atañe a los intereses nacionales de Estados Unidos. No solo es correcto, sino que se trata de una postura radical en términos de la reciente conducción del gobierno estadounidense. Porque al hacer este compromiso, Biden está pasando la página de uno de los principios fundamentales de la llamada Larga Guerra, uno que dice, en sus palabras, que Estados Unidos intentaría “rehacer países por medio del despliegue indefinido de sus tropas”. Está por verse si Biden tiene éxito, aunque sea parcialmente, ya que los expertos, los medios y muchas de las ONG y los esfuerzos filantrópicos de alcance global sin duda combatirán este “reinicio” con todas sus fuerzas. Pero por ahora, al menos, lo que Biden hizo fue desvincular el objetivo surgido del 11 de septiembre de conseguir la seguridad permanente para el territorio nacional

((Para muchos en la izquierda, la “seguridad permanente” es vista como un objetivo totalmente ilegítimo. En su libro más reciente, The problem of genocide: Permanent security and the problem of transgression, A. Dirk Moses, plantea el argumento más desarrollado de esta perspectiva. Es brillante y frustrante a la vez; se trata de una obra de impactante erudición, profundo compromiso moral, pero en mi opinión también incluye prescripciones morales utópicas tan extremas que uno solo puede colegir que un historiador del calibre de Moses las ha incluido como una especie de provocación. El argumento de Moses es complejo y no puedo hacerle justicia en una nota al pie, pero en esencia dice que la búsqueda de la seguridad permanente es una especie de sentencia moral para el imperio –de forma destacada al Estados Unidos actual–, que injustamente le otorga a los grandes poderes una licencia para cazar y matar a quien sea que consideren una amenaza a la nación, o en principio, a los intereses estadounidenses. Así se borra una distinción fundamental en legislación internacional humanitaria entre los objetivos militares legítimos y los objetivos civiles ilegítimos. Esto lleva a Moses a pedir que se consideren ilegales las acciones que tienen como objetivo la seguridad permanente, y también pide que se imponga un límite de diez años a toda ocupación. (The problem of genocide, pp. 1-3 y pp. 509-511).)) 

de la idea de construir naciones, algo que habría sido inconcebible bajo el gobierno de Obama o de Bush, aunque no así, para ser justos, con el de Trump.

Esta oposición es menos sorprendente de lo que podría parecer. El giro reciente en muchos de los medios importantes hacia un tipo de postura woke suave y demótica, en la que la alta cultura se considera un emblema de la supremacía blanca, aun cuando –qué sorpresa– al alto capitalismo no se le trata así, puede llevar a las personas neófitas en estos asuntos a asumir que las y los editores de esos periódicos y revistas estarían completamente a favor de la decisión de Biden de salirse por completo de Afganistán. En realidad, una cantidad de los editores en cuestión –David Remnick del New Yorker es un caso ejemplar– apoyaron la invasión de Irak en 2003. Más tarde muchos, incluido el mismo Remnick, se retractaron de gran parte de lo que dijeron. Pero en 2021 como en 2003, el imperio estadounidense fuera de sus fronteras no es visto como una fuerza completamente negativa, como lo es hoy el supremacismo blanco. Dicho de otro modo, mientras que el racismo es igual al barbarismo, para ellos claramente el imperialismo no. Un meme encapsula esto perfectamente. Muestra la imagen canónica de la Guerra de Vietnam, un bombardero B-52 arrojando una cascada de bombas, en dos versiones: una republicana, en la que aparece la foto sin alteraciones, y una demócrata, en la que el avión tiene las palabras “Black Lives Matter” pintadas en el fuselaje, y una bandera arcoíris, símbolo de la diversidad sexual, pintada en la cola.

Al escuchar el debate sobre Afganistán, parecería que estamos ante una cosmovisión de centro izquierda que no solo mezcla el capitalismo del director de J.P. Morgan Chase, Jamie Dimon, con el más necio (y, como muchos en la izquierda no se cansan de señalar, despolitizado) y facilón pensamiento woke de Robin DiAngelo, la autora de White fragility. Pero ahora esta mezcla incluye a la persona que uno menos esperaría: el pionero de las operaciones de contrainsurgencia en el ejército estadounidense, el general Edward Lansdale. La justificación más poderosa para todo esto –y, por razones comprensibles, una razón de peso entre ciertas ONG de derechos humanos y organizaciones filantrópicas que desde 2001 instalaron programas en Afganistán– es que si Estados Unidos se retira por completo, el régimen talibán destruirá las mejoras sustantivas en términos de derechos, libertad y autonomía económica de las mujeres, conseguidas en las últimas dos décadas.

Estas preocupaciones son reales. De hecho, hay evidencia de que los talibanes ya han comenzado a hacer lo que se temía de ellos. Ninguna cantidad de desdén de la izquierda identitaria por las preocupaciones de las feministas estadounidenses en cuanto al destino de las mujeres afganas –el tipo de desdén que lanza Rakia Zakaria en su “Against White Feminism”, o el de la profesora de UCLA y activista Sherene Razack cuando dijo que los trabajadores humanitarios occidentales “se robaban el dolor de los demás”– cambiará estas realidades.

Para ser justos, como con cualquier otra perspectiva absurdamente reduccionista del mundo, no importa lo mucho que se distorsionen sus usos, es innegable que históricamente los derechos de las mujeres se han empleado como justificaciones morales para el imperialismo. El caso clásico de esto es la campaña de las autoridades imperiales británicas en la India para proscribir y después eliminar el rito del satí, una costumbre que hacía que las mujeres, al morir sus maridos, se inmolaran en con ellos en la misma la pira funeraria. 

((Incluso si a primera vista parece un caso claro, se complica al examinarlo con detenimiento. El rito del satí no era una práctica generalizada por toda la India hindú, y de hecho parece haber sido más común en Bengala. Y no fueron los británicos, sino el emperador Akbar, reformista de la dinastía de los mogoles, quien primero intentó abolir esa práctica, en el siglo XVI. De hecho, las acciones del Raj en el siglo XIX parecen haber tenido tanto que ver con la presión del reformista indio Raja Rammohan Roy, como con la expresión de la conciencia moral británica.)) 

La realidad subyacente del dominio británico en la India, como lo dijo Shashi Tharoor en su buena jeremiada contra el Raj, Inglorious empire: What the British did to India, fue que “los británicos interfirieron con las costumbres sociales [de la India] solo cuando les convenía”. Pero aunque la emancipación femenina en Afganistán fue empleada como justificación moral por los defensores de la guerra estadounidense, dicha emancipación fue profunda y generalizada.

El argumento que dice que el Raj británico fue más benéfico que perjudicial en la India es injustificado. Pero la emancipación de las mujeres en Afganistán, por lo menos en el ámbito urbano, ha sido un suceso cada vez más raro en este mundo terrible: una victoria para la humanidad. Uno debe ser muy cuidadoso aquí, muy preciso: decir esto no es decir que el incremento en los derechos de las mujeres afganas después de 2001 fue todo o siquiera mayoritariamente consecuencia de las acciones estadounidenses. Al contrario, la lucha por los derechos de las mujeres ha tenido muchos éxitos, tanto bajo el gobierno del Sha como durante el periodo comunista, como queda claro cuando uno le echa un ojo a un álbum de fotografías del Kabul de clase media de las décadas de los sesenta o setenta. Pero estas libertades y derechos se suprimieron cuando los talibanes llegaron al poder en Afganistán, y no hay razón para pensar que las cosas habrían cambiado si hubieran continuado en el poder. Así que, aun si uno cree que la presencia de Estados Unidos no fue una condición sine qua non para que las mujeres afganas consiguieran hacerse con sus derechos, la retirada de Estados Unidos sí quiere decir que perderán esos derechos.

((Lo que les sucederá a las mujeres en Afganistán bajo el gobierno talibán será una catástrofe. El destino de la educación superior afgana es un ejemplo de ello. Desde 2001ha sido financiada por el gobierno estadounidense, por organizaciones filantrópicas y con fondos de otras naciones de la OCDE. Eso sin duda no se permitirá en el futuro. Como lo dijo Musa Joya, un físico médico a la publicación científica Nature: “Gastamos todo nuestro dinero, energía y tiempo en Afganistán para construir un futuro más brillante para nosotros y para nuestros hijos. Pero con esta retirada, destruyeron nuestras vidas, nuestras esperanzas y ambiciones”.)) 

No son las feministas estadounidenses blancas las que le robarán el dolor a las mujeres afganas, para usar la frase de Sherene Razack: lo harán los talibanes. Y toda la palabrería antiimperialista e identitaria en el mundo no cambiará este hecho.

¿Esto quiere decir que el presidente Biden se equivocó al terminar de manera abrupta la guerra estadounidense en Afganistán? No lo creo, y apoyo completamente su decisión. Lo digo no con poca culpa y duda, por lo que he querido enfatizar el precio que pagarán las mujeres afganas como consecuencia, porque me parece que muchas de aquellas personas que apoyan la retirada inmediata se han negado a mirar de frente a la catástrofe de género que sobrevendrá. En realidad, Estados Unidos tenía dos solo opciones: permanecer en Afganistán indefinidamente, o irse de ahí, como lo reconocen incluso algunos partidarios de la primera alternativa cuando describen la corrupción absoluta del Estado afgano.

Si el imperialismo es la única respuesta, entonces hay algo mal con la pregunta. Y al decidir salirse, no obstante el terrible costo, Biden abre la posibilidad de que la Larga Guerra no será, como muchos temían, interminable después de todo. Esa Larga Guerra ha causado un daño terrible en nuestras sociedades, tanto en el Norte como en el Sur globales. Ha alimentado de muchas maneras a los Estados de vigilancia en todo el mundo. En Estados Unidos, trajo una era en la que no quedó claro nunca si el país estaba en paz o en guerra, algo que resulta extremadamente corrosivo en términos morales para cualquier sociedad. Obviamente esto no quiere decir que la guerra con drones terminará, ni siquiera en Afganistán, donde Biden ya ordenó un ataque en represalia por el ataque suicida en el aeropuerto de Kabul. Sin embargo, sí quiere decir que por primera vez desde el cambio de siglo sea posible imaginar que el contraterrorismo dejará de estar en el centro de la estrategia o del poder estadounidense. En un momento en el que no hay mucha esperanza a nivel internacional, esta es un motivo para tenerla.

¿Qué más hay que decir? No hay una buena manera de terminar la guerra estadounidense en Afganistán; la guerra tenía que terminar, su final ha sido terrible y puede volverse más terrible todavía.

Traducido del inglés por Pablo Duarte.