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Brasil sale a las calles

Brasil se encuentra en un momento decisivo. La popularidad de Jair Bolsonaro cae y la presión de amplios sectores que exigen su destitución aumenta. Pero de cara a las elecciones de 2022, la oposición aún luce fragmentada.
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El sábado 29 de mayo, miles de personas en más de 200 ciudades decidieron protestar contra el presidente Jair Bolsonaro. Fueron las mayores protestas callejeras desde el inicio de la pandemia; también la primera gran movilización contra el presidente brasileño desde su llegada al poder en 2019, y quizá la mayor que ha visto el país en años. El 19 de junio, día en que la cifra de muertes por covid-19 alcanzó el medio millón, miles de personas salieron a las calles una vez más para exigir la destitución de Bolsonaro.

Más de medio millón de muertos –por los cuales el presidente es considerado el gran responsable–, retrasos en la vacunación y una investigación parlamentaria sobre la forma en que el gobierno ha manejado la pandemia hicieron que el campo antibolsonarista despertara o, al menos, perdiera el miedo a salir a la calle.

Después de dos grandes protestas monopolizada por la izquierda, sectores de la derecha –entre ellos movimientos que ayudaron activamente a Bolsonaro a ser elegido, como Brasil Libre– también decidieron organizarse y convocaron protestas para septiembre exigiendo la renuncia del presidente.

Pero, ¿qué ocurre en Brasil?

Desde abril, una comisión parlamentaria de investigación ha puesto bajo escrutinio el manejo de la pandemia por parte del gobierno: por qué se negó persistentemente a firmar contratos para la importación de vacunas, cómo alienó a los aliados, en particular a China, y cómo el presidente y sus partidarios ayudaron a difundir noticias falsas y negacionismo científico, contribuyendo directamente a la muerte de miles de personas.

Y el 24 de junio  se desveló una trama de sobrefacturación millonaria en la compra de la vacuna india Covaxin, en la que estaban implicados el líder del Gobierno en el Congreso y el propio presidente, que habría recibido documentos que probaban la corrupción de su aliado y no hizo nada. La semana siguiente, se conoció otra acusación de compra de vacunas con sobreprecio, esta vez la AstraZeneca, a través de una empresa de dudosa reputación.

The Intercept Brasil también denunció, a principios de julio, que el gobierno pagaría 2 dólares más por dosis de la vacuna Sputnik en una compra mediada por un congresista aliado del presidente, Ricardo Barros, en lo que puede resultar ser otro escándalo de sobrefacturación. El mismo Barros, que es el líder del gobierno en la Cámara de Representantes, también está implicado en el escándalo de Covaxin y AstraZeneca.

En medio de la investigación, los partidarios del presidente empezaron a borrar videos de YouTube en los que se abogaba por lo que se conoció como “tratamiento preventivo”, o sea, el uso de medicamentos como la hidroxicloroquina y la ivermectina, que no han mostrado tener eficacia para el tratamiento de la covid-19.

La oposición salió a la calle como forma de aumentar la presión sobre el gobierno. En las protestas, el uso ostensible de máscaras y el distanciamiento social se respetaron, como pudo verse en las imágenes que se compartieron por las redes sociales. Todo muy diferente a las diversas (y más pequeñas) protestas progubernamentales en las que la aglomeración era la norma, sin ninguna preocupación por las reglas mínimas de contención de covid-19.

Creo que las manifestaciones fueron el primer evento que sacó a la oposición de un cierto inmovilismo, causado no tanto por la falta de voluntad de oponerse a Bolsonaro, sino más bien por las limitaciones impuestas por la pandemia,” dice Claudio Couto, politólogo y coordinador del Máster Profesional en Gestión y Políticas Públicas de la Fundación Getúlio Vargas (FGV).

Sin embargo, Couto añade, “las manifestaciones siguen siendo muy restringidas a la izquierda, sin una participación más efectiva de los movimientos, líderes y partidos del centro de la actual polarización asimétrica entre Lula y Bolsonaro (asimétrica porque Bolsonaro es un extremista, pero Lula es un moderado). Creo que esta reticencia del centro y la derecha moderada tiene que ver con su miedo a ser confundidos con la izquierda, precisamente cuando intentan presentarse como alternativa no solo a Bolsonaro, sino también a Lula.

Guilherme Casarões, también politólogo y vicecoordinador de la Graduación en Administración Pública de la Fundación Getulio Vargas (FGV), coincide con Couto en el carácter izquierdista de las manifestaciones, y dice que “desde el inicio de la pandemia la izquierda se encontró en este dilema que es ver a Bolsonaro movilizando a un número muy grande y creciente de personas, mientras la propia izquierda no podía ir más allá de caceroladas ocasionales”. Pero lo cierto, añade, “es que la cacerolada no tiene el mismo efecto de imagen política e incluso estética que una manifestación de grandes proporciones, por lo que la izquierda siempre ha tenido este dilema sobre qué hacer, cómo organizarse, cómo movilizarse”.

Casarões agrega que el dilema de la izquierda era cómo comportarse ante una “narrativa creciente del bolsonarismo de que solo Bolsonaro es capaz de llevar a las masas a la movilización. Las manifestaciones a favor de Bolsonaro, aunque pretendan ser espontáneas, están maquinadas y planificadas para evitar cualquier tipo de ruido, cualquier tipo de oposición, por lo que, a pesar de ser una narrativa falsa, convence y se ha convertido en una clave importante allí para oponer el Bolsonarismo a cualquier alternativa.” Al final, la izquierda ha podido movilizarse y llevar una cantidad significativa de gente a las calles. Casarões dice que “Bolsonaro ha perdido uno de sus campos hegemónicos –el otro es el de las redes sociales, donde es más difícil mostrar algún tipo de retracción o pérdida o derrota táctica–. Pero en la calle la cosa es visible”.

Para Couto, este carácter puramente de izquierdas es un problema, un error estratégico, aunque es comprensible. Es un error porque estos sectores del centro están más interesados en desgastar a Bolsonaro que en distinguirse de Lula. Es a partir de la erosión de Bolsonaro que surgirá algún espacio para el crecimiento de una alternativa a la izquierda de Bolsonaro y a la derecha de Lula, y creo que esta alternativa es más viable si viene de la derecha moderada que si es centrista”, dice.

Lo cierto es que Bolsonaro ha sentido la pérdida de su popularidad y las protestas sirven aún más para ponerlo contra la pared. Según Casarões, Bolsonaro ha optado por tratar de reunir en un solo lugar a la mayor cantidad de gente posible, para mostrar fuerza: “renunció a hacer manifestaciones repartidas por todo Brasil y comenzó a apostar por las manifestaciones focalizadas precisamente porque entendió que esta era la única manera garantizada de mostrar una imagen fuerte de apoyo popular”.

Brasil se encuentra en un momento decisivo. La popularidad del presidente ha caído, al igual que la presión de amplios sectores parlamentarios y sociales, y también de la calle. Pero aún falta tender puentes entre las distintas facciones de la oposición.

A pesar del carácter izquierdista de las manifestaciones contra Bolsonaro, fue notorio el silencio de Lula da Silva y de Dilma Rousseff.  Si bien es cierto que dirigentes del Partido de los Trabajadores –como la presidenta del partido, Gleisi Hoffmann– participaron en las manifestaciones, se notó el silencio de sus dos principales figuras.

Para Couto, esto fue una precaución de ambos para “evitar que los movimientos del fin de semana fueran tachados como actos de la campaña petista a la presidencia”. Casarões cree que las próximas manifestaciones pueden adoptar un carácter menos “partidista” y agregar diferentes bandos, pero que probablemente “serán protestas más dispersas, porque es difícil organizar, convencer y estructurar una gran protesta del bando anti-Bolsonaro debido a las diversas preocupaciones con la pandemia”. “Tal vez, con la vacunación sea más fácil lograr esta organización y revelar la fuerza política de la oposición en la calle”, concluye.

Sólo el tiempo lo dirá. Mientras, la presión contra Bolsonaro crece cada día y, según la senadora Simone Tebet, miembro de la comisión de investigación, ya hay suficientes pruebas para un impeachment.