Hablábamos aquí hace dos semanas sobre las implicaciones de la operación relámpago ejecutada por las fuerzas especiales del ejército estadounidense en Venezuela; desde entonces, el impetuoso Donald Trump ha girado su atención sobre la región danesa de Groenlandia. Según él mismo ha dicho, solo hay un destino posible para tan vasto territorio: ser controlado por los Estados Unidos. Ha llegado incluso a ponerle precio: unos 700.000 millones de dólares. ¡Groenlandia para los americanos! Ante la negativa de groenlandeses, daneses y europeos a ceder la región por las buenas, el presidente estadounidense ha amenazado con imponer aranceles suplementarios a los países europeos. Sus líderes se debaten: ¿cómo responder? Se enviaron soldados a Groenlandia, se valora la suspensión del tratado de libre comercio con Estados Unidos, se buscan vías diplomáticas que eviten una ruptura con Washington. Y la Alta Representante de la UE para asuntos exteriores, la estonia Kaja Kallas, dijo off the record que quizá sea el momento de empezar a beber. No se lo reprochamos.
En la esfera pública global, formada por la suma de las esferas públicas nacionales y sus distintas hibridaciones, las reacciones tampoco se han hecho esperar. Ya es casi un tópico hablar de la “presidencia imperial” de Donald Trump, lo que de hecho supone reciclar un concepto empleado en su momento por Arthur Schlesinger Jr. para caracterizar los años de Nixon. Pero es que ya en 1945 hablaba Raymond Aron de la “república imperial” estadounidense; y el propio Gore Vidal, tan aficionado a las comparaciones con la Antigua Roma, situaba entre el final del siglo XIX y el comienzo del XX la transformación de república estadounidense en imperio de alcance mundial. Por lo demás, que el concepto sea viejo significa que la tentación imperial no es nueva: una potencia como Estados Unidos siempre está a punto de deslizarse por la pendiente del intervencionismo. Lo que nos resulta chocante –maneras locoides de Trump al margen– es que esto suceda después del terrible siglo XX y, sobre todo, que se haga contra los aliados del país americano. Y la paradoja está a la vista en el caso de la defensa de Groenlandia: si los europeos invocasen el Tratado del Atlántico Norte con motivo de una invasión estadounidense, estarían pidiendo auxilio al mismo Estado que lo transgrede.
De ahí que abunden las llamadas a la firmeza europea y se insista en la necesidad de cortar lazos con un aliado que ya no es fiable. Los franceses, fieles a su gaullismo, quieren ir a por todas; británicos e italianos se muestran más cautos. Entre los comentaristas, Andrea Rizzi llamaba desde las páginas de El País a los europeos a embarcarse en una nueva “resistencia antifascista”: ya solo cabe armarse para la defensa del continente ante los rasgos fascistas o como poco fascistoides con que se presentan tanto viejos (Rusia) como nuevos (Estados Unidos) enemigos y ante esa realidad inesperada los europeos debemos “cambiar nuestro marco mental”. En ese mismo periódico, pasada por cierto una sección de cultura donde el cantautor Nacho Vegas proponía usar la violencia contra la extrema derecha si esta pisa las moquetas del poder, el intelectual poscolonial de origen indio Pankaj Mishra subrayaba la necesidad de que el mundo se “desamericanice”. A su juicio, la civilización universal de Estados Unidos no era ni civilización ni universal: apenas un seductor espejismo cuya desaparición tiene tanta o más trascendencia –sic– que la caída del comunismo en 1991. Mishra, conviene señalarlo, no atribuye a los Estados Unidos esa colonización cultural que tanto molestaba asimismo –de Made in USA a Elogio del amor o El libro de imágenes– a Jean-Luc Godard, sino que carga contra la “anomalía” política estadounidense en los siguientes términos:
Fueron los estadounidenses, con toda su influencia, quienes dieron prioridad a la felicidad individual por encima del bien común y relegaron los viejos debates sobre el propósito y el significado supremos de la existencia humana al ámbito de la vida privada de los ciudadanos.
¡Caramba! Uno diría que atribuir al poder público la tarea de identificar “el propósito y el significado supremos de la existencia humana”, a fin de poder suministrárselo luego a los ciudadanos, es una mala idea: tenemos un buen puñado de precedentes. Y es que si la crítica del overreach trumpista se convierte en una invitación a superar la democracia liberal, cuya paternidad tampoco es exclusivamente estadounidense, entonces hablamos ya de algo muy distinto. Aunque Mishra parece arrimar el ascua imperialista a su vieja sardina poscolonial, en fin, sus consideraciones sobre la “desamericanización” cultural no dejan de tener su interés… pese a que la desamericanización parcial del mundo lleva ya un tiempo en marcha gracias a –no a pesar de– la misma globalización a la que se acusaba de hacerla posible. Al fin y al cabo, no estamos ya en esa larga posguerra europea en la que la fascinación por los productos culturales estadounidenses –con el cine y la música a la cabeza– era compartida por las clases populares y los intelectuales europeos; en este mismo blog se glosó el viaje que hizo Simone de Beauvoir a los Estados Unidos después de la II Guerra Mundial. Quien busque más detalles sobre el uso político de la cultura en las décadas posteriores a la contienda mundial tiene a su disposición La otra Guerra Fría, último ensayo de Ramón González Férriz: del expresionismo abstracto al arte pop, pasando por el peplum o Elvis Presley, todo valía contra un comunismo que se encontraba con dificultades para exportar una cultura de masas atractiva al resto del mundo.
¿Por qué ser pro-americano?
Y aunque no faltan quienes sostienen que hoy está en marcha una nueva Guerra Fría entre Estados Unidos y China, sus contornos son más difusos que los de la original. China es una versión tecnocrática del capitalismo y su modelo no es exportable más allá de las disciplinadas culturas asiáticas; puede ejercer influencia económica en otros continentes y así ha venido haciéndolo, hasta el punto de que la captura de Maduro y el subsiguiente control estadounidense del régimen venezolano puede explicarse en esa clave. A diferencia de lo que sucedía en los años 50 y 70, no hay en las democracias occidentales una intelectualidad dispuesta a defender el modelo chino a la manera en que se defendieron entonces –miedo da pensarlo– el estalinismo primero y el maoísmo después; ni los coches eléctricos ni las exportaciones baratas representan una amenaza existencial para Occidente a la manera en que lo fue la utopía soviética durante la primera era nuclear. En suma: los estadounidenses lo tienen hoy más difícil para conseguir de sus aliados un cierre de filas ante un enemigo común, máxime si su presidente se dedica a amenazar con invadir regiones ajenas o librar guerras comerciales. Ya lo señalamos aquí hace una quincena: si una democracia como la estadounidense se hace iliberal ¿cómo va a sobrevivir eso que llamamos “orden internacional liberal”, que tantas críticas suscitó en las filas de la izquierda mientras se mantuvo en pie y ahora empezamos a añorar?
Surge así la pregunta acerca del valor que para los países europeos puede conservar la relación con los Estados Unidos: si el gendarme mundial ya no ofrece caramelos y además se corrompe, ¿por qué buscar su amistad? Iván Krastev se lo planteaba el pasado fin de semana en las páginas de Financial Times, si bien allí no hacía más que desarrollar un argumento planteado por primera vez en el encuentro organizado por Letras Libres en México DF el pasado mes de noviembre, conmemoración a su vez del Encuentro Vuelta celebrado en esa misma ciudad en el lejano 1990 (sus estimulantes resultados los tiene el lector a su disposición en la web de esta revista). Citaba Krastev al escritor estadounidense John Updike, quien formulaba una pregunta enjundiosa en una novela posterior al colapso soviético: “¿Qué significa ser estadounidense si ya no hay Guerra Fría?”. Y aunque en su tribuna en el diario londinense Krastev exagera –en mi opinión– el encanto que productos chinos como el coche eléctrico o los paneles solares poseen para los consumidores occidentales, su observación sobre las razones de la victoria estadounidense en la Guerra Fría se antoja razonable: “América prevaleció en la Guerra Fría debido a que insistió en ser no solamente poderosa, sino también diferente. Hizo que la gente imaginase que la victoria de los Estados Unidos era su propia victoria”.
O sea: si los Estados Unidos no defienden la libertad, concluye Krastev, ¿por qué ser pro-americano? Para generaciones enteras de ciudadanos occidentales, el shock es innegable: nos hemos socializado en el consumo de la cultura estadounidense y sabemos de las contradicciones que afligen al gigante americano, un país de dimensiones continentales capaz de lo mejor y de lo peor; uno al que europeos y japoneses deben todavía hoy su libertad. Sin embargo, la importancia del famoso soft power no es pequeña: si los estadounidenses dejan de seducirnos mediante la imagen de sí mismos que proyectan al mundo, nuestro deseo de vincularnos a ellos no tardará en atenuarse. Eso no significa que vayamos a sustituir Nueva York por Pekín, ni que exista una alternativa propiamente europea a la cultura de masas estadounidense. Pero si la simpatía dejase paso a la antipatía de manera definitiva, calando por ejemplo entre esos jóvenes europeos que ven a Trump cuando miran a USA, las consecuencias de semejante cambio afectivo no tardarían en dejarse notar. Asunto distinto, sobre el que volveremos al final del texto, es que hayamos de considerar como definitiva la situación que hoy se dibuja ante nuestros ojos.
Conviene asimismo señalar que no todo el mundo está de acuerdo con el diagnóstico de Krastev acerca de la victoria estadounidense en la Guerra Fría. Tal como me ha señalado amablemente Juan Luis Manfredi, el politólogo Andrew Michita sostenía hace ya más de cinco años en las páginas de The American Interest que su país no ganó la Guerra Fría porque encarnase los valores liberales, sino porque gozaba allá por 1947 de una indudable ventaja estratégica sobre la Unión Soviética: la moneda global de reserva, una sólida base industrial, los mayores depósitos de oro, la mitad del PIB mundial, una armada más grande que la combinación de todas las armadas del mundo, una población creciente y una creciente clase media, el monopolio sobre las armas atómicas. Dicho de otra manera, los valores liberales que hacen atractiva una forma de vida –pese a las quejas de Mishra sobre el individualismo americano o las que planteó en la Italia de los 60-70 un Pasolini afligido por la desaparición del campesinado italiano a manos del hedonismo consumista– habrían servido de poco en ausencia de la fuerza económica y militar de los Estados Unidos de la segunda posguerra. Basta pensar en lo que hubiera podido hacer Stalin con Europa o Mao con Japón si los americanos hubieran rehusado desplegar su fuerza militar alrededor del globo. Pero también el planteamiento de Michita es excesivamente simplista, ya que las reservas de oro americanas no hubieran podido suscitar otra cosa que envidia si los europeos hubieran seguido siendo pobres –viene a la memoria el episodio de Paisá en el que un soldado negro americano huye horrorizado de las cuevas que habitan los niños napolitanos más desventajados– y la cultura estadounidense hubiese carecido de atractivo. Aunque los valores liberales no ganan guerras, bien pueden ganar posguerras: quienes se han visto privados de su libertad a manos del totalitarismo están mucho más dispuestos a defenderla que aquellos que jamás la han visto amenazada.
Los problemas de desamericanizarse.
Es probable, sin embargo, que tanto europeos como estadounidenses minusvaloren las dificultades que comporta alcanzar los fines que respectivamente se han fijado o van fijándose sobre la marcha. Aunque leemos que Europa tiene que desamericanizarse con urgencia, ¿sabemos lo que comporta desamericanizarse de verdad, o sea hacer lo necesario para transformar la potencia latente de Europa en una potencia real? ¿Estamos dispuestos a pasar de las declaraciones grandilocuentes a la acción decidida y concertada? Ahí es donde empiezan las complicaciones. Primero, porque no será fácil que logremos ponernos de acuerdo: la Unión Europea no es un Estado y no lo será nunca, razón por la cual padece una “desunión operativa” –lo ha recordado John Müller– que lastra la adopción de decisiones arriesgadas. No hay más que ver el tratado de libre comercio con América Latina, que el mismísimo Emmanuel Macron ha calificado de inaceptable y cuya aprobación depende ahora los europarlamentarios europeos; o en esa España dispuesta a mandar ingenieros a donde sea y soldados a ninguna parte.
Pero incluso si la UE utiliza su músculo económico para crear alianzas con otros bloques regionales, ¿saldría viva de un choque comercial frontal con Estados Unidos? Sobre todo, claro, está el problema militar: aunque los europeos no deseamos estar en guerra con nadie ni queremos gastar dinero en armamento, la Rusia de Putin sigue en suelo ucraniano y no parece que malquistarse con los americanos sea la mejor solución para Ucrania. Si buscamos alcanzar eso que ha dado en llamarse “autonomía estratégica”, ¿acaso no hemos de gastar más dinero en defensa o empezar a perforar nuestro suelo en busca de gas o metales raros? Pero ¿podemos hacer todo eso manteniendo al mismo tiempo nuestros lujosos Estados del bienestar, o se sacrificarán voluntariamente nuestros pensionistas en nombre de la desamericanización de Europa y el mundo? Más aún: ¿tomaremos las medidas necesarias, bosquejadas por Draghi y Letta, para ser más innovadores y competitivos? Ya se ve que desamericanizarse tiene un precio que los europeos quizá no deseen pagar, aunque todo depende de quién lleve qué programas electorales a los comicios nacionales y qué alineación de fuerzas surja de ahí, sin que pueda descartarse a medio plazo la aparición –lo sugería Janan Ganesh en las páginas del Financial Times tirando de los escritos políticos del hijo de Evelyn Waugh– de una extrema derecha que pasase a defender la integración europea como proyecto de defensa de la excepcionalidad cultural europea: ¡judeocristianos, a las armas! Ya lo veremos.
Esta sucia moneda, con todo, tiene dos caras. Porque si Europa habría de pagar un alto precio por desamericanizarse ¿qué supone para los Estados Unidos desoccidentalizarse de la mano de Trump y sus posibles herederos? Robert Kagan ha alertado sobre ello en un artículo publicado en The Atlantic en el que establece un paralelismo entre el mundo que emerge ante nosotros y el anterior a 1945, dominado por grandes poderes en conflicto. En este mundo emergente, los estadounidenses van camino de quedarse sin aliados fiables, con todo lo que eso comporta: si no puedes acceder a recursos, mercados y bases ajenos porque has dinamitado la alianza transatlántica, tendrás que gastar todavía más dinero en defensa. Y los estadounidenses, advierte, no están preparados ni material ni psicológicamente para ello:
Durante ocho décadas, han habitado un orden liberal internacional al que dio forma la fuerza hegemónica de América. (…) Los americanos están tan acostumbrados a este mundo esencialmente pacífico, próspero y abierto que tienden a pensar que es el estado normal de los asuntos internacionales. No pueden imaginarlo saltando por los aires, no digamos ya concebir lo que eso significará para ellos.
Aunque Trump y sus aliados piensan que el resto del mundo se adaptará y acomodará a la nueva voluntad estadounidense, en definitiva, puede presumirse más bien a que a un giro radical (el estadounidense) seguirán otros (el de las demás potencias). En otras palabras: si la alternativa a la que se enfrentan los europeos es la subyugación, sostiene Kagan, bien podrían responder a lo grande y armarse hasta los dientes no matter what. Y es que los estadounidenses gozaban de influencia sobre el resto de los países occidentales porque los trataban como miembros de una comunidad de naciones democráticas o, cuando menos, como socios estratégicos; si dejan de hacerlo, constatarán que sus intereses no son los únicos que cuentan. Kagan concluye con una advertencia: “Si los americanos pensaron que defender el orden liberal mundial era demasiado caro, espera a que empiecen a pagar por lo que vendrá después”.
Acaso el mejor aliado que pueden encontrar los europeos, sin embargo, se encuentre en el interior de Estados Unidos: en ninguna parte está escrito que el rumbo que ha marcado el trumpismo haya de contar indefinidamente con el apoyo de los votantes estadounidenses. Pese a que la victoria de Trump ante Kamala Harris –pésima candidata demócrata– fue más amplia de lo esperado, nadie le dio un cheque en blanco. Y si sabemos desde Montesquieu que los intereses económicos de los ciudadanos constituyen un freno para el aspirante a déspota, tampoco está claro que una mayoría suficiente de americanos vea con buenos ojos la toma ilegal de Groenlandia o apruebe el desdén con que Trump se dirige a los europeos. Apuntaba Paul Krugman hace unas semanas que un segmento clave del electorado republicano, los pequeños comerciantes, siente ya el perjuicio derivado de la política económica de Trump. Súmese a ello el triste espectáculo que da el ICE buscando a inmigrantes ilegales rifle en mano, capaz por sí solo de alienar a los latinos que apoyaron al magnate en las urnas, el hecho de que China –que por cierto se encuentra en plena regresión demográfica– haya aguantado bien la guerra comercial iniciada por Trump o las dificultades con que está topando la Casa Blanca a la hora de solucionar la llamada “crisis de asequibilidad”: ni siquiera está claro que los republicanos vayan a ganar las elecciones mid-term del próximo noviembre. A día de hoy, Trump goza de un índice de aprobación del 40%, 16 puntos por debajo del que tenía cuando inició su segundo mandato: el 56% de los encuestados desaprueba su gestión.
Se alegará que no sabemos si Estados Unidos va a seguir siendo una democracia o se convertirá en un régimen iliberal. Y es verdad. Nótese que los Estados Unidos podrían dejar de ser una democracia plena solo a condición de que la mayoría de los estadounidenses esté convencida de seguir siéndolo; allí no hay ni habrá nunca apoyo social bastante para una dictadura que ejerza como tal a cara descubierta. En cualquier caso, es pronto para saberlo. Pero si la voluntad de los votantes se sigue respetando y una parte del electorado trumpista se revuelve contra el magnate, quizá el orden internacional liberal no esté perdido para siempre. Mientras esa duda se despeja, Europa tendrá que hacer sus deberes: le toca ganar músculo ejercitando su propia virtud sin hacer demasiados aspavientos. Y cuidado: bien sabemos que lo más fácil es apuntarse al gimnasio; lo difícil es seguir en él.