Elvira Lindo y la Gran Vía

Criticamos el feísmo de las tiendas masificadas como Primark, pero han hecho la vida más fácil a muchas personas.
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El otro día leí una columna de Elvira Lindo que no me gustó. Agradezco a la autora, eso sí, que me haya brindado la excusa para hablar de uno de mis temas favoritos: mi abuela. Voy a tratar de explicar qué cosas de aquel artículo encontré injustas o equivocadas, sin ningún ánimo de que puedan ser tomadas como un juicio personal contra Lindo, a quien respeto y reconozco un mérito profesional.

El texto del desencuentro se titulaba “Adiós, Gran Vía”. Venía a cuento de los tumultos que se organizan a la entrada de esa macrotienda que es Primark, y también de los carteles luminosos y publicitarios que han ido engalanando la calle más madrileña de Madrid. Lindo lamenta la progresiva transformación de nuestro paisaje urbano, que acabará por convertir la Gran Vía en “una copia más de Times Square”.

Y también reniega de la avidez de la masa que hace largas colas para acceder al “emporio del low cost”. Para la escritora se trata de “una alianza entre los que ceden las ciudades a las grandes corporaciones y los que jamás cuestionan el comportamiento de la masa, porque sale más a cuenta mantener alto el orgullo de un pueblo acrítico, que es lo mismo que decir desmovilizado”.

Quienes compran en Primark son, por tanto, la masa acrítica que no está dispuesta a pagar un “precio justo” por su ropa. Pero tales afirmaciones nos adentran en terrenos pantanosos. En primer lugar: ¿Qué es un precio justo? No tenemos herramientas para establecerlo más allá de la interacción de la oferta y la demanda. ¿El precio justo tiene que ver con las horas invertidas en la manufactura de una prenda? ¿Acaso con la calidad de los tejidos? ¿Con la procedencia del atuendo?

Todo esto tiene algo que decir sobre el precio final de un artículo, pero la última palabra siempre la tiene el comprador: las cosas valen lo que la gente está dispuesta a pagar por ellas. Al fin y al cabo, su tuviéramos que juzgar el precio de un Miró por el tiempo invertido por el artista y el coste de los materiales requeridos para su obra, no entenderíamos que sus lienzos se subastaran por millones de euros.

Otro problema de sugerir que quienes compran en Primark son la masa acrítica es la implicación clasista que encierra. Por oposición, hemos de asumir que quienes adquieren abrigos en las tiendas de la calle Serrano, siempre espaciosas y ordenadas, son el pueblo crítico y concienciado. Pero la realidad siempre es más prosaica que cualquier columna de opinión: si compras en Serrano, lo más probable es que seas rico.

Se desprende un cierto desprecio intelectual, y hasta moral, del texto de Lindo, que añora los tiempos en los que los españoles compraban poco y con el ánimo de que lo comprado durara muchos años. Entonces me acordé de mi abuela. Nadie ha amado tanto la Gran Vía como mi abuela. Esa Gran Vía que Lindo no quiere que se parezca a Times Square y que, sin embargo, ya se proyectó, en el siglo XIX, como una émula de las avenidas neoyorquinas.

Cuando era adolescente, mi abuela quedaba con mi otra abuela y con más amigas para ir a los cines de la Gran Vía. Ni siquiera la guerra las detenía. A veces, el ruido de las sirenas y el estallido de los obuses obligaba a suspender la película: entonces salían corriendo, Montera abajo, hasta llegar al metro de la Puerta del Sol, donde había que abrirse paso a empellones para poder subirse a un convoy.

Mi abuela Carmela me contaba cómo habían de tejer sus jerseys y sus faldas, que después eran susceptibles de transformarse, agrandarse, ser menguadas en repetidas ocasiones a lo largo de los años. Lo hacían porque comprar ropa era caro y se felicitaba por la llegada de las prendas baratas, que habían dejado, a muchas mujeres como ella, tiempo libre para leer, para estudiar, para estar con sus hijos.

Mi abuela amaba la Gran Vía y amaba el cine. Sin embargo, el tiempo la llevó lejos de allí. Vivió muchos años en la calle Hermosilla, con mi abuelo y con sus tres hijos. El abuelo Mario había nacido en aquella casa en 1916, pero no era suya. Pagaban un alquiler de renta antigua por un piso enorme en el corazón del barrio Salamanca. Así que los pocos vecinos, ya ancianos, que todavía quedaban en un barrio desprovisto de ascensores en muchos casos pero codiciado por inmobiliarias y agentes comerciales, fueron abandonando sus casas. Hoy, la casa de mis abuelos pertenece a una conocida cadena de hoteles. El salón, la cocina, los dormitorios, han sido desmembrados para ser convertidos en habitaciones sobrias, elegantes y caras. Y está bien que así sea.

A Elvira Lindo no le gusta ver cómo Madrid cede a las grandes corporaciones y las franquicias acaban con el pequeño comercio. Y entiendo muy bien su nostalgia, porque es la misma que a mí me invade cada vez que paso por Hermosilla esquina Lagasca. Pero no podemos olvidar que son las grandes empresas las que generan más empleo y de mejor calidad. Que son las que ofrecen trabajos más estables y mejor remunerados. Que son las que cuentan en mayor medida con representación sindical para defender los derechos de sus empleados y que son las que menos despidos generaron durante la última gran crisis.

Mis abuelos dejaron el barrio Salamanca y se fueron a vivir a San Blas, muy lejos de la Gran Vía. El abuelo murió y mi abuela ya era mayor. Con el tiempo, una insuficiencia cardiaca fue limitando su actividad, hasta el punto de tener que moverse en silla de ruedas para evitar la enorme fatiga de tener que caminar. Pero nunca perdió la afición por el cine. Así que comenzamos a llevarla a las multisalas de un centro comercial que le quedaba muy cerca de su nueva casa. Eran estupendas, pues contaban con accesos para minusválidos, podíamos dejar el coche en su aparcamiento gratuito y después cenar todos juntos en alguna de esas cadenas de restauración.

No sé si Elvira Lindo conoce San Blas, pero no es tan bonito como la Gran Vía. Sin embargo, aquel centro comercial hortera y surcado de franquicias permitió a mi abuela seguir disfrutando del cine en los últimos años de su vida. Criticamos el feísmo de las tiendas masificadas como Primark, las moles comerciales que se yerguen en el extrarradio y que asfixian al pequeño comercio, las multisalas que llevan al cierre a los viejos cines de la Gran Vía. Y nos olvidamos que todo ello ha hecho más fácil la vida de millones de personas.

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