Francisco de Goya, "Saturno devorando a su hijo" (detalle).

La oposición venezolana y la persistencia como estrategia

La oposición venezolana ha confundido antes la falta de resultados inmediatos con el fracaso. Hoy, debe evitar castigar a quienes están dispuestos a seguir luchando.
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La imagen de Saturno devorando a su hijo no necesita una interpretación cerrada para resultar inquietante. No se trata de una escena de poder triunfante, sino de descomposición, de un cuerpo que actúa desde el miedo y no desde la seguridad. Con el tiempo, la pintura de Francisco de Goya ha sido leída menos como una alegoría mitológica que como una advertencia, una imagen del momento en que el temor a perder el control se impone y desaparece la capacidad de distinguir entre amenaza y continuidad. No es una clave explicativa del caso venezolano, pero sí una imagen útil para pensar qué ocurre cuando la ansiedad política sustituye al juicio.

Algo parecido ocurre de manera recurrente en la oposición venezolana, no por frivolidad ni por exceso retórico, sino por desgaste. Los venezolanos tienden a cargar cada intento de cambio con expectativas máximas, casi redentoras, y cuando el resultado no llega, como suele ocurrir frente a un régimen tan atrincherado como el chavismo, el movimiento entra en un ciclo conocido: frustración, búsqueda de culpables, descarte del liderazgo anterior y reinicio. El problema no es la crítica en sí misma, sino que la política en Venezuela se ha ido viviendo como un juego de vida o muerte, en el que cada revés parece exigir un borrón y cuenta nueva.

Precisamente por eso, la persistencia no puede entenderse como una postura emocional ni como un gesto voluntarista, sino como una necesidad estratégica. Aun así, conviene no perder de vista la dureza del contexto. Las probabilidades de deponer un régimen cerrado, con control institucional, coerción selectiva y redes internacionales de respaldo, son ínfimas si el propio poder no da algún tipo de consentimiento, explícito o implícito, al cambio. Eso no convierte el intento en un error, sino en algo inherentemente propenso a convertirse en una apuesta de largo plazo. Confundir la apuesta con el error ha sido una de las debilidades más persistentes de la oposición venezolana.

En ese contexto, conviene ser precisos. María Corina Machado no ha fracasado. Sigue luchando, sigue articulando apoyos, sigue operando dentro y fuera del país. Lo que no ha ocurrido, al menos hasta ahora, es el cambio en el corto plazo que muchos daban por descontado. Esa diferencia es crucial, porque convertir la ausencia de un desenlace inmediato en prueba de fracaso político no solo distorsiona el análisis, sino que reproduce un patrón que la oposición ya ha seguido antes, casi siempre con consecuencias autodestructivas.

Los ataques recientes contra María Corina Machado han provenido tanto del régimen chavista como de sectores de la propia oposición que cuestionan su estrategia, unos por considerarla timorata, otros por no verla lo suficientemente agresiva. En ambos casos, el ataque se ha extendido deliberadamente a su entorno inmediato como parte de una lógica bien conocida, la deslegitimación por asociación. No se discuten estrategias ni decisiones concretas: se siembra sospecha, se insinúa infiltración y se erosiona la confianza interna. El objetivo no es corregir el rumbo, sino elevar el costo de persistir y disciplinar a quienes siguen apostando por una confrontación real con el poder.

Aquí resulta indispensable trazar una distinción que con frecuencia se borra de manera interesada. No es lo mismo claudicar que no lograr resultados con rapidez, ni es lo mismo adaptarse al régimen que intentar confrontarlo y no conseguir el quiebre. Las trayectorias de Henrique Capriles o Henri Falcón no son polémicas porque hayan perdido, sino porque renunciaron explícitamente a la responsabilidad de intentar un quiebre, aceptando operar dentro de una arquitectura diseñada precisamente para no cambiar. En ese punto, más que tragedia política, hay resignación.

Eso es políticamente distinto de lo que representaron Juan Guaidó, Leopoldo López o ahora Machado. Aunque todos enfrentaron derrotas, ninguno abandonó el intento de desplazar el centro de gravedad del régimen. La diferencia no es moral ni estética, sino estratégica: persistieron aun cuando las probabilidades estaban en su contra.

Frente a ese historial reaparece, de forma cíclica, el argumento, presentado como realismo, de abandonar la confrontación democrática y optar por la supervivencia dentro del autoritarismo. Gestionar espacios, convivir, esperar, son argumentos seductores y no nuevos. Abundaron también en la Europa de 1940, cuando la rendición se ofrecía como prudencia y la resistencia como una forma de romanticismo irresponsable.

En su discurso del finest hour, Winston Churchill promete defender a su país a cualquier costo, incluso si ese costo es su propia vida. No relativiza la obligación de resistir ni presenta la capitulación como una opción aceptable, pero tampoco descarta la posibilidad del traspié ni de la derrota. Churchill no confunde compromiso con optimismo, reconoce que el esfuerzo puede ser insuficiente, que el territorio puede perderse y que el desenlace puede no llegar de inmediato, y aun así insiste en la lucha. A final de cuentas, como resumió en una frase que condensa esa lógica, “las naciones que caen luchando pueden volver a levantarse, mientras que aquellas que se rinden sin pelear se pierden para siempre”.

Incluso en el escenario más adverso, afirmaba, la causa no desaparecería. Si Gran Bretaña caía, el Nuevo Mundo, “con todo su poder y acompañado por la flota británica”, continuaría la guerra hasta ajustar cuentas. No se trataba de una promesa de revancha emocional, sino de una afirmación de continuidad histórica. Perder el control del territorio no equivalía a perder la legitimidad ni el derecho a volver.

Esa lógica resulta particularmente pertinente para Venezuela. El exilio no ha sido una anomalía del proceso político, sino una de sus constantes. Lo fue para Rómulo Betancourt, que pasó varias décadas entre derrotas, exilios y descrédito antes de llegar a la presidencia por la vía democrática. Su legitimidad no nació del éxito inmediato, sino de la persistencia organizada. Algo similar puede decirse de Lech Wałęsa y del movimiento Solidaridad, derrotados, ilegalizados y reprimidos durante años antes de que el régimen comunista polaco perdiera la capacidad de sostenerse.

Medir cada intento venezolano únicamente por su desenlace inmediato no solo produce frustración, sino también agotamiento político. Cada revés se traduce en una purga simbólica, en el cuestionamiento total del liderazgo y en la reconstrucción desde cero de redes internas y apoyos internacionales. La oposición no acumula experiencia, la descarta; no hereda capital político, lo liquida, en una dinámica que en vez de fortalecerla la vuelve agotable.

El resultado de ese proceso es algo más grave que la rendición explícita: la desaparición de liderazgos viables. Cuba ofrece un ejemplo extremo de lo que ocurre cuando ese punto se alcanza. Décadas de represión, exilio y fragmentación cerraron el espacio político interno, y también erosionaron la posibilidad misma de que emergiera una figura capaz de articular una alternativa reconocible, tanto dentro como fuera del país. La oposición cubana no fue derrotada en una sola batalla, fue agotada a lo largo del tiempo, hasta el punto de que hoy el problema no es solo la fortaleza del régimen, sino la ausencia de un relevo.

Ese es el riesgo implícito de confundir exigencia con demolición. Cuando cada liderazgo es tratado como desechable y cada fracaso como una descalificación definitiva, la oposición no se depura, se vacía.

El problema venezolano no es la existencia del chavismo como identidad política. Las ideologías sobreviven a sus derrotas. El problema es que no existe coexistencia posible bajo las condiciones autoritarias que impone el chavismo en su configuración actual. Sin alternancia, sin competencia real y sin garantías mínimas, la adaptación no es convivencia, es sometimiento.

Venezuela necesita poner fin a este régimen y elevar al poder a una figura distinta que lidere una transición. Para que esa transición sea creíble, no basta con indignación ni con épica. Se necesita algo menos vistoso y más difícil: continuidad política, un espacio amplio, un big tent, capaz de resistir derrotas sin autodestruirse y, al mismo tiempo, capaz de renovarse sin necesidad de pasar por la catástrofe.

María Corina Machado ha realizado hasta ahora una labor titánica. Que no haya producido aún el desenlace que muchos esperaban no la convierte en un fracaso. Convertir la ausencia de resultados en el corto plazo en motivo de demolición interna sí sería, en cambio, una forma conocida de derrota anticipada. Saturno aparece aquí solo como advertencia final: cuando el miedo a perder domina, se pierde la capacidad de distinguir entre rendirse y persistir. Y una oposición que no distingue termina castigando precisamente a quienes todavía están dispuestos a seguir luchando. ~


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