Foto: Zerojosefer, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

La tumba de Chávez

Está por verse qué rumbo tomará la anhelada transición democrática en Venezuela, pero el socialismo del siglo XXI descansa ya junto a su figura más emblemática.
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Los últimos años de la Unión Soviética estuvieron marcados por el colapso económico y la inestabilidad política, y no era para menos: setenta años de socialismo se venían abajo. Un símbolo de esa época ha persistido hasta ahora: la tumba del líder de los bolcheviques, Vladimir Ilich Ulianov, conocido mundialmente como Vladimir Lenin y fallecido en 1924.

Después de la caída de la también llamada URSS, ha continuado el debate en la sociedad rusa sobre si el cadáver del revolucionario debe ser enterrado o permanecer embalsamado en el mausoleo construido hace alrededor de cien años. Si bien no es más una atracción turística que un lugar de encuentro para los rusos como sociedad, homenajea a una figura política controversial, fundador de un sistema de gobierno muy influyente que terminó en un fracaso tremendo. Para un demócrata de cualquier parte del planeta, Lenin constituye una figura política indigna de una veneración que recuerda a las reliquias de los santos en las iglesias católicas. Fue un líder cruel dispuesto a eliminar todo asomo de disidencia a sangre y fuego.

Los herederos de la Revolución bolivariana actuaron al estilo bolchevique cuando su líder, Hugo Chávez, murió el 5 de marzo de 2013. En tiempo récord se levantó un mausoleo en el Cuartel de la Montaña 4F, una edificación que se terminó de construir en 1906 y fue sede, sucesivamente, de la Academia Militar, el Ministerio de la Defensa y el Museo Histórico Militar. En su ansia por renombrar el patrimonio arquitectónico del pasado con fines de propaganda, la revolución rebautizó el museo: las siglas 4F del actual Cuartel de la Montaña aluden al 4 de febrero de 1992, fecha del primer intento de golpe encabezado por Chávez, quien se refugió, ya derrotado por el gobierno legítimo de Carlos Andrés Pérez, en lo que era en aquel entonces el Museo Histórico Militar.

Los restos del primer gran artífice de la ruina venezolana yacen en la “Flor de los Cuatro Elementos”, un diseño del arquitecto Fruto Vivas que simboliza la tierra, el agua, el aire y el fuego. Cuenta con guardia de honor y todos los días a las 4:25 p. m., hora oficial del fallecimiento del golpista devenido en presidente de Venezuela, se realiza una ceremonia con saludo militar. La nomenclatura revolucionaria se deja ver en el mausoleo en circunstancias complejas, como si el comandante Chávez pudiese inspirar desde la tumba las grandes ideas para superar las coyunturas difíciles, al estilo de la del 3 de enero de 2016, cuando el ejército estadounidense se llevó al dictador Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores a Estados Unidos para ser juzgados en un tribunal de Nueva York.

En su formidable libro La tumba de Lenin: Los últimos días del imperio soviético (1993), David Remnick relata la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, cuyo colapso sorprendió al mundo entero. En pocos años, las repúblicas se separaron de la hegemónica Rusia, comenzó a desarrollarse una economía capitalista, el debate político plural y la crítica emergieron (después de un silencio digno de un proyecto político que vivió un periodo totalitario tan feroz como el encabezado por Stalin) y el Partido Comunista perdió terreno velozmente ante la inevitabilidad de los cambios. El entonces secretario del partido, Mijaíl Gorbachov, tuvo que lidiar con una organización dividida entre las fuerzas del cambio, encabezadas por Boris Yeltsin, proveniente de sus filas, y los conservadores que querían dejar las cosas tal como estaban, con el Partido Comunista al frente de un inmenso imperio al que manejaba de un modo férreo, corrupto e ineficiente económicamente.

Remnick registra un fenómeno interesante. La gente de a pie ya no compartía los valores que se les había inculcado por setenta años: el antiimperialismo; el protagonismo del pueblo en la construcción del socialismo, la etapa previa al paraíso en la tierra llamado comunismo; el rechazo al capitalismo productor de ruina y opresión; la democracia liberal y el pluralismo como elementos corruptores de la moral revolucionaria. Sobra decir que este ideario formaba parte de la propaganda revolucionaria, del condimento ideológico necesario para justificar las condiciones de vida de las mayorías y la hegemonía del Partido Comunista, pero su divulgación funcionaba, hasta el punto de que destacados pensadores, científicos, artistas y escritores, por no decir políticos, defendieron firmemente a la URSS. Cuando veo a personas que escriben en diarios mexicanos para defender a la Revolución bolivariana y a Nicolás Maduro, me resulta imposible no recordar estas debilidades propias de cierta izquierda que vive en las democracias liberales pero defiende a dictaduras férreas.

En todo caso, ya no queda gran cosa por defender. Las baladronadas antiyanquis de Chávez son letra muerta; incluso en vida del militar socialista, el Estado venezolano cobraba puntualmente la factura petrolera pagada por Estados Unidos, habitual cliente que pagaba a precios de mercado. La solidaridad entre los pueblos, debidamente financiada con los recursos energéticos de la nación, ya no solo no es posible económicamente, sino que la presidenta de facto, impuesta por el gobierno estadounidense, suspendió los envíos de petróleo a Cuba. Lo que queda del experimento chavista es la ruina de un país con ingentes recursos y la sola palabra “socialismo” causa repulsión entre quienes se consideran sus víctimas. La población una y otra vez ha probado que quiere votar, harta de la hegemonía tramposa del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Incluso, el emblemático color rojo que se impuso en oficinas públicas, vallas, ropa o gorras, hasta extremos verdaderamente impropios de un mínimo sentido del decoro político, empieza a ser sustituido por tonalidades más sobrias y neutrales.

Todavía está por verse qué ocurrirá con la tan deseada transición democrática de Venezuela, pero el socialismo del siglo XXI, como proyecto político alternativo al neoliberalismo, falleció a causa del cáncer del sinsentido, del quedarse en el poder a costa del sufrimiento mortal de la población. Aquellas arengas interminables de Chávez y su pegajoso sentimentalismo son ahora tan lejanos como su frenética voluntad de cambiar a Venezuela de raíz sin saber cómo hacerlo y dilapidando la más grande riqueza petrolera del país en toda su historia. El socialismo del siglo XXI acompaña en su tumba a los restos mortales que, más temprano que tarde, serán entregados a la familia Chávez para que tengan digna sepultura en un cementerio. Los monumentos funerarios no son dignos de presidentes de la república que fallecieron recientemente, que dividen a las sociedades y que son el emblema del militarismo y el fracaso. ~


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