Lorenzo Meyer, antiprofeta

En 2018, el historiador mexicano publicó un texto que denostaba a quienes anunciaban la ruina para México si López Obrador llegaba al poder. 17 meses después, buena parte de aquello que veía con escepticismo se ha cumplido.
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Días antes de las elecciones federales del 1 de julio de 2018, que dieron la victoria a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y a su partido, el historiador Lorenzo Meyer publicó en el diario Reforma el texto “La elección y la escatología”, que denostaba a quienes como “Jeremías tropicales” (en alusión, por supuesto, al ensayo “El mesías tropical” de Enrique Krauze) anunciaban la ruina para México si el tabasqueño llegaba al poder.

Más allá de no entender el sentido del calificativo tropical en el ensayo de Krauze –que proviene del propio AMLO en su descripción del carácter tempestuoso de sus coterráneos– y de reinterpretarlo como “clasista” –aplicándoselo como en revancha a sus críticos–, Meyer elaboró una curiosa lista de aquellas jeremiadas que hace casi dos años concebía como indicadores de “la ruina del país y la pérdida del futuro”:

Estos nuevos Jeremías aseguran que AMLO significaría el regreso del abominable priismo clásico, del autoritarismo puro, del que cerrará y arruinará a la economía –acabará con el TLC, expropiará y reestatizará empresas, subsidiará lo incosteable e indebido, detendrá la construcción de infraestructura indispensable (el nuevo aeropuerto)–, hará un pacto de impunidad con el crimen organizado y con el presidente saliente, echará por la borda la reforma educativa, pondrá a Morena en manos de sus hijos, aceptará en su partido a corruptos, no entenderá la complejidad del sistema internacional y propiciará movilizaciones constantes.

Transcurridos apenas 17 meses de gobierno de AMLO, buena parte de aquello que Meyer veía con escepticismo se ha cumplido, dejando al historiador en vías de convertirse en un verdadero antiprofeta, que tiene la habilidad de errar del todo en sus predicciones. Porque, tal como pronosticaban los molestos “profetas del desastre” criticados por Meyer, López Obrador detuvo la construcción de infraestructura indispensable cancelando el nuevo aeropuerto en octubre de 2018, aun antes de tomar posesión, tras una ilegítima consulta popular. Su pacto de impunidad con el crimen organizado está a la vista, no solo en su lema “abrazos, no balazos”, sino en su lamentable cercanía con la familia del Chapo Guzmán, a la que saluda, con la que departe y celebra, a la que le construye carreteras, a quien auxilia diplomáticamente “por razones humanitarias”, a la que le liberó a Ovidio, heredero del imperio delictivo, negociando con criminales. Su otro pacto de impunidad, con el corrupto gobierno de Enrique Peña Nieto, se refleja en el silencio, la ausencia de investigaciones, el esfuerzo por dirigir sus baterías contra el expresidente Felipe Calderón. Significativamente, el calificativo “peñabot” tan utilizado por los seguidores de AMLO en redes sociales entre 2012 y 2018 ha sido sustituido por el de “borolista” u otros parecidos que aluden a Calderón, como si acusar a alguien de ser afín a Peña Nieto hubiera dejado de ser ofensivo o útil.

AMLO, por supuesto, echó por la borda la reforma educativa, cancelándola en abril de 2019 y eliminando el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación. Sobre la aceptación en su partido a corruptos, quizá el tema no sea los que hayan entrado en él, sino los que ya estaban: Manuel Bartlett, Jaime Bonilla, Napoleón Gómez Urrutia, Carlos Lomelí, entre muchos otros, han sido acusados por diversas irregularidades. En política exterior, más que la “falta de comprensión” ha pesado la falta de interés de AMLO, que relegó a nuestro país a un segundo plano en organismos como el G-20 y en eventos como el Foro de Davos. La disminución de recursos a la Secretaría de Relaciones Exteriores, así como la cancelación de ProMéxico (la agencia comercial y de inversiones de México en el mundo) apuntan hacia un aislacionismo contra la realidad de la globalización. Para aquello de la “movilización constante” tenemos por ahora los informes trimestrales que AMLO presenta ante multitudes en la Plaza de la Constitución. Y, a estas alturas, ¿quién podría negar que el presidente “subsidia lo incosteable e indebido” con la construcción de la refinería de Dos Bocas, el aeropuerto de Santa Lucía o el Tren Maya?

Al presidente Andrés Manuel López Obrador le falta todavía cumplir algunas de las antipredicciones de la lista: acabar con el TLC, expropiar y reestatizar empresas (aunque tiene ya el ojo puesto en las Afores) y poner a Morena en manos de sus hijos. Quizá la actual crisis, que según él le viene “como anillo al dedo” a sus proyectos, precipite su acometida, salvo la última, por improbable.

Con todo, ¿podemos decir ya que, como antiprofetizó Meyer, esto es el “regreso del abominable priismo clásico” o estamos cerca de ello? La intolerancia de López Obrador, su antipatía por la prensa crítica, su predisposición a insultar al adversario, su propensión a saltarse las leyes o actuar extralegalmente, su terquedad en imponer su voluntad por encima de razones válidas, son ya expresiones ciertas de ese “autoritarismo puro” ligado al viejo PRI. Pero este régimen es, en realidad, algo mucho peor: es el regreso del caudillo priista clásico pero con más poder, con mayor arrastre popular y sin los pocos (pero reales) límites que le imponía la fuerza de un partido. Es, como lo dijo atinadamente un buen amigo, un “Echeverría sin frenos”.