Primera potencia mundial busca presidenta ideal

A Hillary Clinton le pedimos todos los atributos que buscaríamos en cualquier persona que aspire a la presidencia, pero esos atributos han sido mayoritariamente masculinos. Verlos en ella nos descoloca y nos hace exigirle matices ridículos.
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Requisitos:

Que dé emotivos y espontáneos discursos pero que no sea sensiblera

Que tenga varios años de probada experiencia política nacional e internacional, pero que no sea demasiado hormonal (menopáusica)

Que sea asertiva pero no mandona

Que tenga seguridad en sí misma pero que no sea vanidosa.

Que sea dinámica e independiente pero tierna y compasiva

Que sea combativa y agresiva pero no demasiado enérgica

Que sea persuasiva pero no demasiado insistente

Que defienda sus posiciones pero que no sea obstinada

Que tenga sentido del humor pero que no se autopromocione

Que sea dedicada pero no egoísta

Que sea desenvuelta pero no cínica

Que sea formal pero simpática

Que sea sociable pero modesta

Que sonría pero no demasiado

Que sea ambiciosa pero no egocéntrica

 

No existe esa presidenta ideal (así como tampoco existe el crítico irónicamente buscado hace cincuenta años por Gabriel Zaid en “País sumamente importante de ejemplar y brillante subdesarrollo con literatura en plena expansión al mercado internacional solicita crítico literario ideal”). Hillary Clinton es, en palabras de Jonathan Chait, “una política normal con carencias políticas normales” por la que sin duda vale la pena votar.

 

 

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