Tomemos los casos de dos jefes de gobierno europeos de centroizquierda. El primero goza de una mayoría parlamentaria abrumadora. Sus logros legislativos incluyen medidas que fortalecen los derechos de los trabajadores y los inquilinos. Las listas de espera para tratamientos médicos están bajando, y el número de inmigrantes –una preocupación para muchos votantes– está disminuyendo. El segundo no ha aprobado ninguna medida significativa de su plan de gobierno en casi tres años, ni siquiera un presupuesto. Los dos han sufrido sendas derrotas en elecciones regionales este año. Sin embargo, es más probable que el primero, Keir Starmer en Reino Unido, pierda su puesto antes de que acabe 2026 a que esto le pase al segundo, Pedro Sánchez en España, por más que resultara mejor para sus respectivos países si fuera al revés.
¿Qué explica esta diferencia de fortuna? Superficialmente no es tan difícil identificar las razones por las que Starmer enfrenta un amago de rebelión dentro de su partido. Su problema básico es que no cae bien. Tiene un aire de burócrata gris más que de político inspiracional. Esto no importaba tanto en 2024 cuando la prioridad de muchos británicos era deshacerse de los conservadores que habían estado en el poder por catorce años, un periodo dominado primero por la austeridad tras la crisis financiera y luego por el Brexit, con sus secuelas de conflicto y caos. Pero ahora importa mucho más, pues los ciudadanos quieren saber a dónde quiere llevarlos su primer ministro y el gobierno laborista en un panorama adverso. Peor aún, las acciones del gobierno de Starmer han sufrido contradicciones. Anunció que su prioridad número uno era aumentar el crecimiento económico, y luego tomó decisiones de aumentar los impuestos y derechos laborales que desanimaron a la inversión privada. Los logros del gobierno, ya mencionados, pasan bastante inadvertidos. El resultado de todo esto es que Starmer tiene un nivel de rechazo público inédito, de 69%, con solo 23% aprobando su gestión. Es poco consuelo para él saber que está ligeramente mejor que en enero.
Pero Starmer es también una víctima de las nuevas circunstancias políticas de Reino Unido. Un sistema electoral diseñado para el bipartidismo ha cedido a la fragmentación política que está tan de moda en las democracias mundiales. En las elecciones locales y regionales de comienzos de mayo, cinco partidos ganaron entre el 16% y el 26% del voto que lograron los populistas de derecha de Reform UK, el partido de Nigel Farage. La pérdida de casi mil quinientos escaños municipales, más el parlamento regional de Gales, hizo que los diputados laboristas entraran en pánico. Si Starmer ha sobrevivido hasta ahora se debe en parte a que su rival más popular, Andy Burnham, el alcalde de Manchester y exministro de Tony Blair, no es actualmente diputado. Va a intentar entrar al parlamento el 18 de junio en una elección complementaria. Si derrota a Reform UK en esa lid, lo más probable es que reemplazará a Starmer.1
La pregunta más importante es si esto beneficiaría al Partido Laborista y al país. El Reino Unido enfrenta problemas estructurales que todavía no son evidentes en España. El Brexit es el más obvio. Según los estimados de los economistas, el PIB británico está entre un 4% y un 8% más bajo de lo que estaría si el país siguiera como miembro de la Unión Europea. La inversión y la productividad han sufrido. Hay más: después de dos o tres décadas de independencia energética, el Reino Unido se convirtió en un importador neto de energía en 2004, con el declive de los campos de petróleo y gas del mar del Norte. Convencido de la importancia de la transición verde (que es más lenta que en España), el gobierno de Starmer rechazó ofrecer nuevas licencias para la extracción de combustibles fósiles. El resultado es que el país está bastante expuesto a la subida en el precio internacional del gas como consecuencia de la guerra de Netanyahu y Trump contra Irán.
Burnham hoy día representa la “izquierda suave” del laborismo. Dice lo que el partido quiere oír: un papel más grande para el Estado en la economía. Pero en realidad sus posiciones no distan mucho de las de Starmer. Parece que sus amigos lo han persuadido de que una política fiscal más expansiva sería cobrada por los mercados de bonos con una subida en el costo del servicio de la deuda pública (que iguala el 94% del PIB, ligeramente menor que el de España). Como ha escrito Blair, en una intervención ya poco común en la política británica, un cambio de líder sin un plan serio para enfrentar un mundo de cambios radicales, que incluyen desde Trump hasta la inteligencia artificial y el acercamiento a la UE, es “irrelevante”.
Por más que Blair es ya una figura tóxica en el Reino Unido, no son pocos los diputados laboristas que comparten esa posición. Por eso, Starmer sobrevivió el impacto inmediato de las elecciones locales, y no es imposible que siga sobreviviendo.
En cuanto a Sánchez, su activismo internacional como un líder progresista no puede tapar sus dificultades internas. Estas se han multiplicado con las nuevas revelaciones sobre José Luis Rodríguez Zapatero y su papel en el rescate altamente cuestionable de la aerolínea hispano-venezolana Plus Ultra, y luego con los supuestos intentos del psoe de subvertir las investigaciones judiciales a la corrupción. Que dos de los partidos de su base parlamentaria, tanto el Partido Nacionalista Vasco como Junts, hayan pedido que Sánchez convoque una elección general en el otoño, y que no cumpla su deseo de seguir hasta julio de 2027, es una señal de su mayor debilidad.
Sin embargo, Sánchez goza de varias cosas que Starmer no tiene. La primera es una economía que crece robustamente (aun si eso se debe en parte simplemente a añadir trabajadores inmigrantes), que ayuda a explicar el piso sólido de alrededor del 30% de aprobación del PSOE. La segunda es su gran habilidad política. Otra es menos positiva: los diputados socialistas españoles, a diferencia de sus pares británicos, son absolutamente sumisos frente a su líder. Si bien cambiar al líder tanto como uno cambia la camisa no está bien, tampoco es que un liderazgo se convierta en una eterna camisa de fuerza. A la larga, esta rigidez estalinista podría llevar al socialismo español a una derrota mayor. ~
Este artículo aparece en la edición impresa de julio de Letras Libres.
- La elección complementaria se celebró el 19 de junio, después de que este artículo entrara a imprenta, y la ganó Burnham. El 22 de junio, Starmer anunció su renuncia como primer ministro. Seguirá en funciones hasta que el Partido Laborista elija a su nuevo líder. (N. de la R.) ↩︎