A veinte años del fin de la sociedad civil zapatista

El 5 de febrero se cumplieron 20 años de un evento que pocos deben recordar, pero que a mí me dejó una marca indeleble en mis pininos como activista. 
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Ayer 5 de febrero se cumplieron 20 años de un evento que pocos deben recordar, pero que a mí me dejó una marca indeleble en mis pininos como activista. El 5 de febrero de 1995, en la ciudad de Querétaro, se celebró la tercera y última sesión nacional de la Convención Nacional Democrática (CND) impulsada por los zapatistas, antes de su fractura final, y se frustraron los intentos por integrar un frente amplio de oposición al régimen del PRI que incluiría el liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas. La descripción de los eventos de ese día y los meses que lo precedieron, así como de las nefastas consecuencias para las movilizaciones sociales en las violentas semanas que siguieron, debió ser material para un “Manual contra el sectarismo”. Sin embargo, dicho manual nunca se escribió y 20 años después aún vemos a viejos y nuevos protagonistas tropezar con la misma piedra.

Mi joven yo estaba muy entusiasmado con la irrupción del EZLN en la escena nacional. Más allá de las fantasías guerrilleras de los primeros días, el zapatismo pronto se decantó en una propuesta de transición pacífica a la democracia a través de una nueva constitución. Esa demanda fue compartida explícitamente por el PRD en la campaña presidencial de 1994 y por eso los zapatistas habían iniciado un acercamiento con Cuauhtémoc Cárdenas. Tras el fracaso que significaron las elecciones de 1994 para la izquierda en su conjunto, se esperaba que la confluencia de simpatizantes zapatistas agrupados en la CND y el liderazgo del Ingeniero resultarían en un revigorización de la campaña por el constituyente y la nueva constitución. Para ello, los zapatistas propusieron la creación de un Movimiento de Liberación Nacional.

Antes de la reunión de Querétaro ya se venía hablando abiertamente de las pugnas entre las alas ultra y moderada de la CND. En la legendaria sesión del “Aguascalientes” en Guadalupe Tepeyac, en agosto de 1994, la decisión de impulsar el gobierno de transición a través de la participación electoral reflejó claramente las preferencias de los moderados, pero desde entonces la ultra venía retomando posiciones. En la sesión de la Convención Estatal del D.F., previa a la plenaria de Querétaro, era claro que la unidad tenía los días contados.

El ala moderada presentó un documento, llamado “Plan de Querétaro”, como base para los resolutivos de la CND y también como carta fundacional para el Movimiento de Liberación Nacional. El texto en cuestión era básicamente un resumen de la propuesta zapatista más un Plan de Acción para los siguientes meses. En las mesas de trabajo se le hicieron dos críticas fundamentales al Plan de Querétaro. Por un lado, a la ultra ideológica no le gustaba que en todo el andamiaje conceptual del zapatismo y su “sociedad civil” se habían purgado las referencias a la “política clasista” que entusiasmaba a esa izquierda que no se había enterado de la caída del Muro de Berlín. A la ultra callejera (yo entre ellos) no le cuadraba que el Plan de Acción estuviera lleno de actos “simbólicos”, incluida una “jornada de recuperación de los símbolos patrios”. (El 24 de febrero, mientras el Ejército avanzada hasta el corazón del territorio zapatista, tuvo lugar dicha jornada: 7 mujeres daban vueltas alrededor del asta del Zócalo cantando “qué bonita bandera, mi bandera mexicana; más bonita se viera, si el PRI no la tuviera”.)

Finalmente el Plan de Querétaro sobrevivió entero a las mesas de trabajo, pero en la plenaria la ultra se organizó mejor. Hubo de todo: mociones, gritos, aplausómetro, cochupo tras bambalinas, mentadas de madre. Al final, en un descuido del ala moderada, la ultra hizo votar el documento a mano alzada y lo echó para atrás. Adolfo Llubere, del CEU, corría por los pasillos anunciando el fin de los tiempos si el documento no se volvía a votar y se aprobaba. A Octavio Rodríguez Araujo parecía que le iba a dar una embolia del coraje. Y al final la ultra se salió con la suya. No hubo Plan de Querétaro y Cuauhtémoc Cárdenas tuvo que dar un discurso vacío de compromisos y cada quien a su casa.

Días después, el ala moderada quiso reorganizar la CND sin la ultra. En una reunión de los secesionistas yo leí un documento a nombre de un “Foro Metropolitano de Jóvenes” donde decíamos que sí, que la ultra estaba orate, pero que el grupo moderado estaba compuesto de puras personalidades “sin trabajo de base” y el Plan de Acción del malogrado documento queretano era bastante simplón y lo que había que hacer era salir a construir el poder popular, palabras más, palabras menos. Me gané un buen regaño de Rodríguez Araujo, quien insistió en que el Plan de Querétaro era puro consenso del bueno. Después del fiasco de la CND, los zapatistas decidieron que la “sociedad civil” estaba muy mocosa para dejarla a cargo y mejor tomaron en sus propias manos la construcción del Frente Zapatista, el cual terminó en otro fiasco, pero esa es otra historia.

A 20 años del fin de la CND y del experimento de transitar a la democracia en hombros de la “sociedad civil” (nombre que se dieron a sí mismos los activistas de izquierda), sigo reivindicando el espíritu de la propuesta. El régimen del PRI no fue una perversión del legado de la Revolución por parte de unos “traidores”, como dicen algunos de los más conspicuos opinadores de izquierda en la actualidad. Sus pilares están en la Constitución de 1917, la cual consagró los derechos sociales, por supuesto, pero también estableció claramente que su disfrute depende de la buena voluntad de quienes estén al mando del aparato de Estado. Ese es el diseño y práctica institucionales que nos propusimos cambiar en los años 90 bajo el llamado del zapatismo. Me parece que la demanda tiene plena vigencia hoy en día.

Pero sí algo me quedó claro a partir de esa experiencia es que los activistas que acuden a los llamados para cambiar el país no se representan más que a sí mismos, con sus virtudes y sus vicios, por lo que toda pretensión de hablar a nombre de la “sociedad civil”, el “pueblo” o cualquier otro ente legitimador es un acto farsante. En su lugar, lo que urge es rearticularse a partir del aprendizaje de las experiencias fallidas y, entonces sí, tratar de convencer a la mayoría de los ciudadanos (o a la “sociedad civil”, el “pueblo”, las “fuerzas vivas”, el “neo-proletariado”, o como guste el amable lector) de la pertinencia y calidad de nuestra propuesta. 

 

 

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