Álbum de instantes -2

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DALÍ VISTO AL PASAR (POR LAS RAMBLAS)

Pasa por entre ojos de turistas y de catalanes paseantes, pasa traqueteándole el cuerpo como carroza de largos huesos, de flacura flácida, de ojos abolsados, de techo capilar teñido, y lleva horizontal su paraguas de fastuoso puño como si llevara un niño en brazos, y en su porte de fatigado trujimán o maestro de ceremonias o funámbulo fúnebre, de tahúr de ruleta romántica, hay un resto de energía de Paganini mecánico. Desmesurados ojos de Dalí como ojos de hipnotizador anacrónico, de pitoniso melodramático, queriendo imponer su asombro a los ojos de todo el mundo, ojos como pinchados en las puntas de sus bigotes obscenos, ojos teatrales que se obligan a no mirar lateralmente para registrar el asombro de una humanidad a la que desea convertida en mero público. Gesto señoritingo y silenciosamente grandílocuo, esbeltez de encanallada marquesa, un nerviosismo que dosifica coquetamente sus tics, que compone muecas, blandos retorcimientos y quiebres bruscos insinuados apenas. Pasa Dalí y sus dos efebos o efebas aláteres se plantan en la calle para detener a los automóviles y Dalí cruza a la otra acera regodeándose en el lujo de detener el torrente automovilístico, vengándose tal vez de sus trances de aterrado peatón cuando, joven (y según cuenta Buñuel), tenía que atravesar las avenidas de París en vísperas de su estreno con lo surrealistas.

Jugando a hijo putativo y esteta de Herr Sigmund Freud, a ilustrador del Conde de Lautréamont, Dalí, artista admirable y despreciable, ha puteado por el siglo después de perder la virginidad surrealista. Su pincel hecho de los pelos de su bigote, su pincel maestro, gracioso, amariconado, ha delineado relamidamente los cuerpos densos, bellos o nauseabundos, demorándose en el telón de fondo de los sueños en horizontes hasta perderse de vista. Pompier onírico, jefe de piso del bazar postsurrealista, Dalí pasa con su melena gris bajo el tinte ostentoso, pasa como si su melena fuese la cola de un largo vestido de novia ya muy vista pero dispuesta a casarse por enésima vez como si fuese la primera, y pasa gustándose melodramáticamente a sí mismo, rompiendo incontables vitrinas de aire como vitrinas de la fama. Y aunque su fama esté ya algo más que fané y descangallada, Dalí es un divo, sin duda, y lo que en él camina es un barroco enloquecido con método, una floritura a la vez blanda y quebradiza, una genialidad sobreactuada. Y pasa el divo y los turistas y paseantes están urgidos de preguntarle: Perdone, pero ¿usted era Salvador Dalí?, y él se esfuerza en sostener su andadura de divo vivo, pero se le va notando un aspecto Nosferatu, una evanescencia de vampiro rosa amenazado por la luz diurna, de momia ceremoniosa y cursi haciendo el trottoir. Se le sospecha ya con el terciopelo cerebral gastado y raído, con el espíritu tornasolado como un trasero de pantalón de mucho uso. Y Dalí pasa llevando en los brazos su paraguas como un amado enjuto cadáver de perrito catalán.

– (Octubre de 1979 y Barcelona)


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