Andy Palacio o el espíritu garifuna

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En un día perversamente luminoso del pasado mes de enero, Andy Palacio, músico nacido en la población costera de Barranco (Belice) y portavoz de la cultura garífuna, falleció sorpresivamente de un derrame cerebral a los 47 años en su plenitud creativa y con un reconocimiento internacional en ascenso. Hasta aquí, la nota necrológica occidental. Según la tradición garífuna, Andy apenas se desprendió de una de las tres partes de su ser, el “ánigi”(fuerza vital o espíritu animal que esconde el corazón), pero su forma astral o “áfurugu”(vínculo entre el reino de lo sobrenatural y la realidad cotidiana) permanecerá durante más de un año entre nosotros, bañándose  y participando en las celebraciones y bailes que convoquen sus parientes y amigos a golpe de tambor, como forma de preparar el tránsito para que su alma inmortal o “iuaní” pueda acceder a la morada eterna, desde donde los antepasados o “gubidas” velan por el bienestar de la comunidad. Definitivamente, su visión de la muerte es menos fúnebre y desalmada que la nuestra. Y explica que su música sea tan intuitivamente alegre, tan dulcemente melancólica, tan sensualmente espiritual, tan livianamente profunda.          

Watina (llamada o grito en garífuna) ha sido elegido, por múltiples y fiables fuentes, el mejor disco de músicas del mundo de 2007 (las revistas Global Rhythm, Songlines y National Geographic, la World Music Charts Europe, una larga lista de programas de radio y la concesión del premio Womex), lo que ha multiplicado las resonancias a nivel planetario tanto de la belleza de esta cultura como del gravísimo proceso de destrucción en que está inmersa. En 2001, la unesco declaró la lengua, danza y cultura garífunas patrimonio oral e inmaterial de la humanidad, lo que viene a ser como cuando la jerarquía católica le da la extremaunción a un paciente terminal.

   Una primera llamada de atención sobre este mundo perdido nos llegó en 1999 de la mano del músico y productor Iván Durán, cuando a través de su compañía discográfica Stonetree Records, grabó Paranda, disco colectivo que juntó a tres generaciones de compositores y músicos recreando el repertorio tradicional de este género, entre ellos los ancianos maestros Paul Nabor y Junie Aranda. Afortunadamente le han seguido otros discos, como el Garifuna soul (2002) del hondureño Aurelio Martínez o Watina, en los que la mixtura de ritmos africanos a base de tambores, conchas, caparazones de tortuga y las tradiciones vocales amerindias, se deja influenciar por otras músicas caribeñas y la incorporación de elementos e instrumentación contemporáneos.

La singularidad de su cultura, con la presencia de todos los músicos mencionados y  otros más, ha quedado excepcionalmente reflejada en un reciente documental de tve, “La aventura garífuna”, dirigido por Patricia Ferreira, con guión y asesoramiento musical de Lara López, que se emitirá próximamente dentro de la serie Todo el mundo es música.

La aventura de esta raza presenta signos definidos que la diferencian de otras culturas zambas (mestizaje de indios y negros) de América: los “lobos” de México, los “marabous” de Haití, los “cafuzos” de Brasil o los “misquitos” de Honduras y Nicaragua.

En la remota Isla de San Vicente (mejor llamada Yurumein) de las Antillas Orientales, vivían originalmente los pacíficos arahuacos, quienes padecieron en tiempos igualmente remotos constantes ataques de los aguerridos caribales, expertos navegantes procedentes del denso Orinoco, quienes terminaron por devorar literalmente a los hombres (de ahí viene la voz caníbal) y esposar (en los dos sentidos del término) a sus mujeres. De este mestizaje  surgieron los llamados caribes rojos. Tiempo después, hacia 1635, dos galeones españoles cargados de esclavos negros traídos del golfo de Guinea, naufragaron frente a la isla. Los supervivientes alcanzaron la orilla y terminaron mezclándose con los nativos. Este segundo mestizaje los convirtió en caribes negros. Muchos cimarrones huidos de otras islas como Barbados, llegaron también a este paraíso terrenal donde los negros no eran esclavos. Consiguieron convivir con los primeros colonos franceses, hasta la llegada de los salvajes ingleses, que conquistaron la isla a sangre y fuego y  deportaron  en 1797 a los pocos supervivientes, unos 3.000, a la inhóspita isla de Roatán, frente a Honduras. De aquí se inició la diáspora hacia la costa atlántica de Centroamérica, desde Nicaragua –donde ya casi han desaparecido– hasta Honduras (la mayor comunidad, unos 100.000 individuos), Guatemala y Belice. Una segunda migración, por razones económicas, se ha venido desarrollando durante el siglo xx, convirtiendo a Estados Unidos en la segunda comunidad garífuna, aunque totalmente atomizada en ese inmenso e incomprensible territorio. Actualmente habrá unos 250.000 individuos en todo el mundo, aunque su lengua y su cultura están seriamente amenazados por  la dispersión y el aislamiento de su población, el carácter marginal de sus comunidades (tanto en lo económico como en lo social) dentro de cada país, el realismo trágico de los gobiernos latinoamericanos y su absoluto desprecio por las culturas indígenas, el animoso empeño cristiano en acabar con el animado animismo de sus creencias y la aparición reciente en toda esa latitud del más voraz de los mamíferos del planeta: el promotor hotelero.   

El garífuna es un idioma proveniente del arahuaco y del caribe, con reminiscencias del bantú, felizmente salpicado de expresiones inglesas, francesas y españolas. El nombre, según parece, quiere decir “los que comen yuca”, base de su alimentación y con la que hacen el tradicional casabe, un pan con forma de galleta. Viven en pequeñas comunidades matriarcales en las que, originariamente, las mujeres organizaban la vida doméstica y faenaban en el campo mientras los hombres se dedicaban a la caza y pesca. Su religión es formalmente cristiana, aunque en su interior, afortunadamente, sobrevive la poesía de los símbolos y deidades de origen animista, presentes en sus rituales y celebraciones. El baile, el canto y los variados ritmos de tambores africanos que configuran la “paranda”, la “punta”, el “dü gü”, el “sambey”, el “jungujugú” o la “wanaragua”, son el sustrato de su música y están originalmente asociados a ritos,  danzas guerreras, esponsales, sanaciones o velorios. Pero los jóvenes, escolarizados  en español o en inglés y subyugados por la modernidad urbana y cosmopolita de la radio, la televisión e internet, sueñan con despegarse/desapegarse de ese mundo antiguo y cerrado y contemplan la contradictoria civilización global como la tierra del oro. Y hacia ella fluyen, ilusionados, diluyéndose en el magma caótico de las megalópolis contemporáneas.

A falta de una literatura escrita y con la tradición oral casi desaparecida, la música es, sin duda, el elemento vigoroso y aglutinador que puede preservar ciertas señas de su identidad cultural, como la lengua y sus símbolos, en el imparable mestizaje universal. Y la contribución de la música garífuna al acervo latino y caribeño ha sido muy variada. Ya desde finales de 1970,  Cayetano Pen y su Turtle Shell Band, crearon el estilo del “punta rock”, una aceleración rítmica de la  “punta” con influencias del merengue dominicano y del “zouk” antillano, más la trepidante instrumentación electrónica de guitarras, sintetizadores y cajas de ritmo. El propio Andy  Palacio, en los años ochenta, antes de volver la vista atrás y rescatar las huellas del folklore, fue uno de sus principales exponentes. Sound City Band, Sounds Inc.y posteriormente, Ügürau, Punta Rebels, Griga Boys o el grupo Aziatics, residente, como muchas otras bandas, en Estados Unidos, han tomado el relevo y exploran la fusión en todas direcciones: reggae, hip-hop, electrónica. El  único temor es pensar que algún día lleguen a olvidar que el nombre original de la punta es “banguidy” (nueva vida), una danza funeraria que festeja el arcano: la sagrada eternidad del espíritu. ~

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