¿Arderían las ciudades británicas?

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Schadenfreude quiere decir en alemán regodearse ante la desgracia del adversario. Por lo general, los ingleses sólo lo sienten cuando la desdicha se abate sobre los franceses.
     Las huelgas generales, las mortales ondas de calor, los juicios a colaboradores de los nazis, todo esto son motivos por los cuales un inglés puede refocilarse a sus anchas ya que es poco probable que sucedan en su país. Con todo, me ha asombrado encontrar schadenfreude con relación a los motines que hubo en algunas ciudades de Francia a fines del año pasado. Menudeaban los chistes sobre las banlieues en llamas. Por lo que decían algunas personas parecería que eso fuera imposible en este país. El único problema es que aquí ya sucedió. Apenas hace cuatro años, en tres ciudades del norte, sobre todo en Bradford, hubo disturbios generalizados en los que participaron jóvenes de las comunidades inmigrantes.
     Las tensiones entre los británicos blancos y no blancos –estos últimos ya son uno de cada ocho habitantes del Reino Unido– siguen siendo potencialmente explosivas. Como para demostrarlo, esta semana se inició el juicio a los dos hombres acusados de haber asesinado el año pasado al estudiante negro Anthony Walker, con un golpe de piolet en la cabeza.
     Anthony Walker esperaba un autobús en Huyton, Merseyside, cuando él, su novia y su primo fueron agredidos por un grupo de jóvenes blancos que se divertían fuera de un pub. Para evitar problemas, los tres se dirigieron a otra parada del autobús, pero fueron perseguidos, emboscados y Anthony fue brutalmente atacado. Paul Taylor ya confesó su culpa en este asesinato. La acusación sostiene que éste y su amigo Michael Barton decidieron acosar a Anthony Walker y su primo “sin otro motivo que el color de la piel”.
     ¿Qué alcance preciso tiene la violencia racial en Gran Bretaña? Según el Servicio de Fiscalía de la Corona, el número de delitos por motivo de “odio racial” en Inglaterra y Gales ha aumentado considerablemente en este año. El Servicio Fiscal de la Corona procesó a cuatro mil seiscientas personas por este tipo de delitos de marzo de 2004 a marzo de 2005, lo que representa un incremento del veintinueve por ciento respecto al año anterior. Hace unas semanas un hombre negro de cuarenta y seis años fue acuchillado por una pandilla de jóvenes blancos en Hampstead, en el norte de Londres.
     La violencia no es el único problema. Como en Francia, hay datos de que las comunidades no blancas establecidas en Gran Bretaña desde hace mucho tiempo sufren de segregación no oficial en materia de vivienda, discriminación en el mercado de trabajo y acoso de la policía. Trevor Phillips, director de la Comisión para la Igualdad Racial, advirtió apenas hace dos meses que “algunos distritos [de ciudades británicas] están convirtiéndose en auténticos guetos”, y añadió con tono inquietante: “Nos dirigimos sin darnos bien cuenta hacia la segregación”. Mientras tanto, un estudio reciente de la Escuela de Administración de Cranfield reveló que sólo el dos por ciento de los miembros del consejo de las empresas más grandes que cotizan en la bolsa de Londres pertenece a minorías étnicas (de 1,130 puestos que tiene el Consejo, sólo uno está ocupado por un británico de origen asiático. El consejo no tiene directores negros).
     Así que ¿cómo podría nadie estar a tranquilo con las relaciones raciales en Gran Bretaña? A simple vista se perciben todos los ingredientes para que haya problemas. Aunque no todo es lo que parece. En estos días se publicó una interesante investigación que indica precisamente lo contrario, pues señala que la integración racial en Gran Bretaña podría ser –por lo menos en comparación con la Europa continental– todo un éxito.
     Ludi Simpson, de la Universidad de Manchester, ha comparado la estructura étnica de ocho mil ochocientas cincuenta circunscripciones electorales de Inglaterra y Gales utilizando las cifras de los censos de 1991 y 2001. Descubrió que el número de circunscripciones mixtas
–donde el diez por ciento o más de los residentes pertenecen a alguna minoría étnica– ha aumentado de 964 a mil setenta en ese decenio. Actualmente sólo hay unas catorce circunscripciones en las que una minoría representa más de la mitad de la población, y no existe una sola circunscripción en la que la población blanca represente menos del diez por ciento de los inscritos. La mitad de las circunscripciones de Bradford están registradas como mixtas; más de dos tercios de las de Birmingham.
     De esta manera, Simpson descarta el surgimiento de guetos. La realidad es que con el crecimiento de las comunidades de inmigrantes –debido sobre todo a los nacimientos y no a la inmigración–, las personas se dispersan en nuevos barrios en vez de quedarse en enclaves segregados.
     ¿Más buenas noticias? Según Lucinda Platt, de la Universidad de Essex, en torno al cincuenta y seis por ciento de los niños de las familias indias de la clase trabajadora, al llegar a adultos desempeñan actividades profesionales o de gerencia, en comparación con sólo el cuarenta y tres por ciento de los hijos de las familias blancas, que no son inmigrantes. Hoy en día incluso a los descendientes de familias del Caribe le va mejor que a los blancos. No es que lleguen a puestos ejecutivos, desde luego, pero tampoco necesitan pensiones por desempleo.
     Pero antes de destapar el Black & White para brindar por cuarenta años de afortunada integración racial (porque la Ley de Relaciones Raciales se aprobó en 1965), hay que reflexionar sobre el significado de estos estudios.
     Claro que sería bueno que la convivencia en los barrios y la movilidad social hicieran desaparecer las tensiones, pero desafortunadamente esto no está garantizado. Una integración racial acertada –ya sea en el mercado inmobiliario o en el mercado de trabajo– puede producir en realidad el efecto contrario, por paradójico que parezca. Por el siguiente motivo.
     Hace cien años, cientos de miles de judíos emigraron hacia Occidente desde Polonia y Ucrania, países ocupados por los rusos, huyendo de la discriminación y de los periódicos pogroms. Muchos se establecieron en Europa occidental. Ahí prosperaron, y abandonaron pronto los barrios bajos donde se habían establecido a su llegada. A principios del siglo XX los hijos y los nietos de los inmigrantes eran prósperos empresarios, profesionales y académicos. Otro indicador de la integración fue el matrimonio cada vez más frecuente de judíos con no judíos. En Hamburgo, por ejemplo, para inicios del decenio de 1930 uno de cada dos judíos que se casaban, contraía nupcias con un gentil. La asimilación de los judíos alemanes fue tal que los dirigentes religiosos temían que su comunidad llegara a disolverse.
     Sin embargo, diez años después, esa disolución le había abierto paso a la “solución final”, cuando primero Alemania y luego toda la Europa continental fueron presa de un violento antisemitismo.
     El Holocausto, desde luego, fue un crimen histórico extraordinario. Pero su causa de base –una violenta reacción contra la integración en apariencia venturosa de una minoría étnica– fue todo menos extraordinaria. Bosnia también parecía una sociedad multicultural estable cuando Tito gobernaba Yugoslavia. Hasta 1989, uno de cada seis croatas de Bosnia se casaba con una mujer no croata, y uno de cada seis serbios- bosnios desposaba una mujer no serbia. Pero en pocos años ese país fue desgarrado por la peor violencia interétnica de Europa desde 1945.
     Esto no es un pronóstico de nazismo ni de balcanización en la Gran Bretaña. Pero señalo los peligros de una violencia comparable contra la integración. Porque por cada caso de éxito –como el de ese muchacho con aspiraciones académicas, Anthony Walker– hay por lo menos dos, y tal vez más, fracasados blancos.
     Los fracasados blancos de la Gran Bretaña, sin instrucción suficiente, sin oficio y posiblemente sin trabajo, deberían reconocer su propia responsabilidad (o tal vez la de los dirigentes electos y de los padres negligentes) por la difícil condición en que se encuentran. Pero les conviene mucho más achacársela a los esforzados hijos de los inmigrantes, cuyo desempeño contrasta tanto con el propio. No quiere decir que Anthony Walker estuviera haciendo alarde de esto en la parada del autobús, pero estaba con su novia blanca, y los celos sexuales suelen enconar las crisis de integración. Así fue sin duda en la Alemania nazi.
     Esto no sólo ofrece una pista sobre los delitos de “odio racial”. Que una minoría de policías comparta los prejuicios de los delincuentes ayuda a explicar por qué el acoso de la policía agobia a la población no blanca en la Europa urbana.
     Así que, no, el sudeste de Bradford no es lo mismo que el noreste de París. Pero la diferencia no es tanta para que Gran Bretaña se permita regodearse por el mal ajeno. Los problemas de Francia pueden deberse a la falta de integración social. Pero Gran Bretaña podría descubrir que también el éxito puede producir complicaciones imprevistas. ~
     

© Niall Ferguson, 2005
     Traducción de Rosamaría Núñez


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