Arreola: El loco por la literatura / 2

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En ese tiempo fue cuando más traté a Arreola, no sé si lo conocí, porque ¿de verdad se puede conocer a alguien? Y si por una parte actuaba espléndida y sinceramente su personaje de loco por la literatura, de artesano de los libros, de juglar y buhonero que, según uno de sus textos, vendía joyas y baratijas de su alma en la plaza pública, yo sabía que por otra parte, sin duda, debía guardar su personaje íntimo, con su gabinete mental secreto, su loca relojería de contradicciones tras la tapicería de las palabras, y su armazón recóndita de contradicciones. Para comenzar, estaban sus miedos…

Aquel Arreola cruzador de calles como un agitado y parlante sonámbulo, el Arreola extravagante transeúnte que yo tengo siempre en el recuerdo, se declaraba perdido en la metrópoli, pregonaba su miedo a los anchos y azarosos espacios urbanos, es decir su famosa agorafobia. Esta desgracia que le obligaba a hacerse frecuentemente acompañar por su hermano, era a juicio de algunos amigos de sus amigos, un invento de Arreola mismo para enriquecerse el propio personaje, hacerlo interesante, novelesco, kafkiano, convertirlo en el gran paseante de su deseado laberinto. Y tales amigos, con el fin de probar si esa agorafobia era realidad o arreolidad, conspiraban para un día, acechando a Juan José tras una esquina de sus trayectos cotidianos, sustraerle al acompañante sin que él se diera cuenta, sólo por reír de la cara de susto que pondría un Juan José que al cabo de unos pasos se descubriera solo, al fin solo consigo mismo, acaso por una vez mudo, y perdido en la ciudad, en el espacio, en el tiempo…

El Arreola de entonces era un maestro peripatético, anterior a sus famosos talleres literarios, que mientras caminaba, acompañado siempre, iba ejerciendo su rapsódico magisterio literario por el que sabíamos del verbal órgano catedralicio de Claudel, de la magia de los adjetivos adversarios y sin embargo harmónicos de Borges, de las relegaciones y antesalas infinitas de Kafka, de los jaliscienses cuentos como lampos y tinieblas de un tal Rulfo de quien yo todavía no leía nada y a quien él consideraba a la altura de Chejov y Faulkner y el más grande escritor que estaba dando Jalisco, todo esto veteado de otros muchos temas que podían ser extraídos de la mera vida no literaria, o bien de otras artes, y que igualmente le servían para repentizar ensayos sur place: el problema cada vez más grave de los vinos que no están agrios al día siguiente de ser descorchados, lo cual denunciaba su falsificación o mala cepa; o los riesgos y enigmas del ajedrez, juego intrincado, especie de teatro lento, en el que puede usted ejercitar toda su sabiduría para que luego un niñito, como no queriendo la cosa, y sin experiencia en la materia, le dé jaque mate en un abrir y cerrar de ojos; o lo imposible de que en México se hiciera buen teatro porque no había escuelas de declamación y se ignoraba el arte de decir los octosílabos, endecasílabos y alejandrinos, sin contar el delicado asunto de los acentos y los hemistiquios, y para no hablar de la falta de instructores de esgrima y equilibrio corporales; o lo triste de que no llegaran las grandes películas francesas con Louis Jouvet y Jean-Louis Barrault y Edwige Feuillère y María Casarès, les monstres sacrés, aquellos a quienes les bastaba (decía Arreola que decía Cocteau) emitir un oui o un non para avasallar al público con la autoridad del monosílabo; o lo maravilloso y terrible de que no se pudiera vivir sin ser o esposo o amante o hijo o esclavo de las mujeres, a las que debía uno cuidarse mucho de entregarse, créamelo, pero no, no me lo crea, hay que entregárseles totalmente, hay que enloquecer por ellas, aunque, si se mira bien, mejor no, pero quién sabe, son hipnóticas en este estilo o en otro, es un milagro y un espanto la mujer, la mujer es el cielo y el infierno del escritor, ¿se ha fijado usted qué magnetismo carnal el de nuestra amiga (aquí el nombre de una escritora) que es bella aunque no jovencita ni mucho menos, y está como hecha de jamón de pétalo de rosa faisandé?; he notado en las galeras de su libro que escribe usted “enseguida” como una sola palabra, no tiene importancia, pero yo lo escribiría en dos palabras, “en seguida”, o, mejor, no lo escribiría, no es una buena expresión, el español debiera ser un idioma menos rígido y retumbante, más suave y flexible, como el francés, o más rápido, como el inglés, aunque, bueno, la verdad es que nada tiene que pedirle a ninguno de los dos; mire usted, por poco atropellan a esa anciana, es terrible cómo se conduce en automóvil en esta ciudad, sería bueno prohibir esas máquinas asesinas, el automóvil es un ataúd anticipado y rodante, nos lleva prisioneros y quiere hacernos cómplices en el asesinato del peatón, habría que usar solamente la bicicleta, la bicicleta es sana y amigable, no es algo que lo envuelva y lo domine a usted, aunque, claro, también puede uno morirse de accidente ciclista, eso le pasó a un músico francés, Chausson…

Y de pronto, como si la moneda lanzada al aire hubiera caído sobre la misma, la única cara, Arreola volvía a la literatura, los libros, los autores: Si usted me hubiera dicho que deseaba las Vidas imaginarias, no se las hubiera vendido a Fulano, pero será mejor así, porque puede usted leerlas en francés (creo que me ha dicho usted que lee francés, ¿no?), es una delicia Schwob en francés, una prosa perfecta, a Borges se le nota que ha leído bien a Schwob, ¿ha leído usted a Jorge Luis Borges?, escribe en Sur, por cierto que acaban de reditar la Historia universal de la infamia, tiene usted que leer ese libro, él dice que sus historias derivan de Stevenson y Chesterton y hasta de las películas aquellas tan barrocas de Marlene Dietrich y Von Sternberg, pero en gran parte vienen de Schwob…

Y siempre surgía, además de Arreola escritor, el otro y el mismo Arreola juglar y mimo y actor, el hombre de la afiebrada, la inteligente afición por el arte de Talía, el fan que, como cuenta Antonio Alatorre, fue a recibir a Louis Jouvet en la estación de tren de Guadalajara con un ramo de flores y un discurso emitido en un francés más arreolino que galo, y que viajó al sombrío París de la posguerra para aprender a actuar con su casi facsímil en carne y hueso: Jean Louis Barrault, y que habría de animar en un papel multifacético de juglar los primeros programas de Poesía en Voz Alta y en ese errante tablado encarnar poco después, con un modo expresionista, anguloso y casi ceremonial, al Rapaccini de Hawthorne-Paz.

Un día, acaso por descuido, Arreola cayó en la televisión, pues quizá pensó que sería un modo de volver al teatro. Así que muchos años después, años de no encontrármelo, salvo en sus libros, y de ya no verlo en tablados, me lo devolvían sus charlas en la pantalla de cristal: esa turbia pecera de imágenes como él había dicho alguna vez. Lo vuelvo a ver: los ojillos chispeantes, la afilada nariz como pararrayos de las palabras, las manos finas y teatrales, con hebras grises en la cabellera que era su natural penacho de espadachín y poeta al modo de Cyrano. (¿Cómo a ningún metteur en scéne se le ha ocurrido montar aquí esa obra y darle a Juan José el papel para el que nació?) Allí se aparecía, vivaz fantasma de sí mismo, hablando y gesticulando, sobrecargando los aparatos televisores de tanta inteligencia, de tantas caprichosas ideas, de prosa y poesía, de gran estilo oral, que era de temerse que un día las pantallas estallaran en protesta porque se les hizo tragar un alimento rarísimo. Así, el juglar del pensamiento, el admirable verbócrata, se reproducía semanalmente ante las cámaras, siendo otro del que conocíamos sin dejar de ser el único e inconfundible Arreola: en cada tema se extraviaba por las ramas, jugaba con ideas, con imágenes y verbos y sustantivos y adjetivos como con pelotas que dejaba girando en el aire, convertidas en astros y cometas, y siempre enamoraba a imaginados fantasmas femeninos o galanteaba a la guapa locutriz de turno, y se inclinaba hacia ella y con la nariz le robaba el aroma y luego encontraba y recitaba alguna flor escrita por algún poeta, Calderón o Rilke o Villaurrutia (por ejemplo la rosa que gira tan lentamente que su movimiento es una misteriosa forma de la quietud). Entonces la electricidad que se establecía entre la imagen parlante de Arreola y nosotros ya no tenía que ver con el aparato ese, el turbio ojo de pescado, con esos bulbos, esos cables, esas cámaras, porque era la electricidad del habla, la complicidad calurosa y vibrante con quien sólo dice su canción a quien con él va, como en el misterioso romance del infante Arnaldos. Y podía suceder que, montado en su hipogrifo, Arreola se columpiara en la facilidad de palabra, convirtiéndose en “especialista en todas las cosas y algunas más” (vaya, hasta llegaría a improvisarse en brillante cronista de futbol, desde luego reinventando el juego en delirantes lucubraciones), y a veces su hipogrifo verbal, corriendo parejas con el viento, lo llevaba más allá de donde pensaba ir, lo desflecaba en espuma sonora, en lo gratuito y arbitrario y hasta injusto. Peligros de la verbocracia, porque la palabra es una forma de poder y el poder una forma de embriaguez, a veces credencial para caminar haciendo eses, para apuntar mal, perder pie, danzar y creer que es el mundo el que danza alrededor de uno. Y siempre se le perdonaba a Arreola, porque no había mala fe, y porque se presentía que renacía en él aquel juvenil aprendiz de brujo que al convocar los poderes de la lengua no siempre podía dominarlos. Lo peor era que eso sucedía porque Arreola había caído en la coquetería, por otro nombre el pecado, de ya no escribir, de darnos a desear sus páginas, sus milagrosos miligramos de prosa, sus arreoleras y arreolinas de gran torero verbal. En la tele, su voz y su gesto eran su modo de evadir la escritura con otra forma de escritura, otra manera de escribir páginas fuera de los libros. Pero también, y sobre todo, lo queríamos en la página.

Así que hubimos de agradecerle a Fernando del Paso que, dotado de un oído leal, haya hecho hablar a Arreola de escritor a escritor, poniéndolo otra vez en letras, en página, en el poderoso silencio del papel, en ese libro demasiado breve, admirablemente titulado Memoria y olvido, donde se unen tan perfecta y cabalmente el Arreola oral y el Arreola escritor, caras opuestas y aliadas en una misma moneda: nuestro Arreola de antes y de siempre.