Belén Esteban y la Televisión Digital Terrestre

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La tdt en España, como lo fue durante años la televisión analógica, está completamente falta de libertad, porque sólo pueden emitir aquellos canales que el Gobierno decide que pueden emitir. De hecho, con la implantación de la tdt han desaparecido muchos canales. La tdt ha sido una asesina de pluralidad, una pluralidad que, aunque precaria, con las emisiones analógicas era posible. Han desaparecido, por ejemplo, muchas “televisiones piratas” locales cuyo objetivo no era llegar a la mayor audiencia posible, el gran disparate de la televisión, sino llegar a sus vecinos, contar sus problemas, mostrar sus calles, que hablaran sus políticos… Si el Gobierno hubiera prohibido publicar libros a Xordica o a Periférica, editoriales cuyas sedes están en Zaragoza y en Cáceres, el escándalo habría sido grande, pero como la prohibición se ha producido contra televisiones cutres, el asunto de la libertad de expresión no ha salido por ningún sitio. Y es una pena. O, mejor, es una catástrofe.

La tele es una mierda, y lo será hasta el momento en que todos podamos emitir nuestra señal por el mismo lugar: quizá eso no vaya a ser tan difícil después de todo; la próxima avanzada de internet, con la urgentísima necesidad de ampliar el ancho de banda, puede ir en ese sentido.

 La televisión que se emite es sólo la que el Gobierno quiere que se emita, y yo no quiero que el Gobierno decida qué se emite. Además de sus muchos canales, financiados con dinero público, el Gobierno controla las emisiones de las demás televisoras. La falta de libertad de emisión hace que todas las televisoras se lancen a buscar a los mismos telespectadores, cuya amplia mayoría barre cualquier atisbo de diferencia. Sólo en una libertad plena, la misma que hay para abrir editoriales, restaurantes, zapaterías, sexshops, páginas web, iglesias, salones recreativos, bingos, peluquerías, tiendas de deporte, talleres mecánicos, podrá haber televisiones que busquen a otros tipos de telespectadores y hagan otros programas para encontrarlos. No parece que vaya a ser tarea fácil.

¿Por qué no hay libertad de emisión televisiva ni, por cierto, radiofónica? Es evidente que el Gobierno español (y esto sirve para el psoe pero también para el pp, que no hizo nada en este sentido durante sus ocho años en La Moncloa) quiere tener bajo su férula esos medios de comunicación. ¿Por qué se escuchan tan pocas voces contra el secuestro de la televisión y de la radio? ¿Qué puede suceder si se abren más empresas televisivas? ¿Por qué se acepta con tanta alegría el gasto público en televisoras en vez de permitir que cualquiera pueda abrir una televisora? Cualquier lector me dirá que soy un cándido al pensar que ese escenario de emisiones libres pueda llegar a producirse pero, como consumidor de libros, estoy muy acostumbrado a que en las librerías convivan los manuales de autoayuda con las novelas de Joyce, los bestsellers con los libros de cocina, la poesía con los libros regionales, novela negra con divulgación científica, metafísica con ciencia ficción… No me cuesta imaginar un televisor en el que emitan cadenas de televisión con un espectro tan amplio. De hecho, sueño con ello, porque me encanta la televisión.

Lo que veo en los veintipico canales de tdt, y enciendo el televisor todos los días, se parece poco a mi sueño. Veo concursos amañados en los que chicas atractivas, y chicos atractivos, incitan al telespectador a que llame a un número de tarifa elevada, para que en un damero en el que sólo se lee la palabra “Perro”, averigüe qué animal que empieza por la letra P se puede leer en el damero. Veo anuncios de teletienda (sólo parcialmente, no soy tan masoquista): alargamiento de pene, asas portátiles para salir de la bañera y para subir las escalerillas del yate, ahuyentadores electrónicos de ratas, colchones de látex que se adaptan a la forma de quien duerme en ellos, alzas para zapatos para parecer más alto, adelgazantes milagrosos, aparatos de gimnasia para cuando fallan los adelgazantes milagrosos, compradores de oro… Veo teleseries viejas: Kojac, un duro detective greco-americano de cuidado; Los hombres de Harrelson; Walker, ranger de Texas (por cierto, me enteré gracias a un artículo de Quim Monzó de que el protagonista de la serie, Chuck Norris, aspira a ser presidente de Texas cuando ésta se proclame de nuevo independiente); Bonanza, Farmacia de guardia… Veo debates delirantes en los que todos tienen claro, antes de empezar el debate, que tienen que estar, en todo momento, por cualquier razón, enfrentados a sus rivales políticos y elevando la bronca hasta hacerla insoportable. Veo a Belén Esteban. Veo tanto a Belén Esteban que puedo escribir todo esto con lo que sé de Belén Esteban:

Belén Esteban saltó a la fama por tener un romance con el torero Jesulín de Ubrique, de mal arte pero de gran calado entre el público jaranero de la “fiesta”. Belén Esteban quedó embarazada de Jesulín de Ubrique y tuvo una niña, Andrea. Andrea se hizo famosa por una frase que le dijo su madre delante de las cámaras, mientras comían en un restaurante: “Andreíta, hija, ¡cómete el pollo!”. Pese a tener una hija en común, Belén y Jesulín no llegaron a casarse por la negativa del torero. Belén pasó, desde ese momento, a ser vista con gran simpatía por los espectadores televisivos de clase popular. Jesulín se casó poco tiempo después con María José Campanario, enfermera de profesión, que pasó a ser vista como “la mala”. En esa encarnación del duelo eterno, la rubia despechada, Belén, despertaba todas las simpatías, y la morena, la esposa legal, María José, despertaba, y sigue despertando, todas las antipatías. La custodia compartida de Andreíta hizo que las relaciones entre Jesulín y su clan familiar, instalado en su finca de Cádiz, Ambiciones, y Belén, que vivía en un piso de un barrio de Madrid, se fueran haciendo más y más tensas, a lo que no ayudaba nada que María José y Jesulín hubieran tenido entre tanto una hija, mucho más preservada de los focos televisivos que Andreíta. El clan de Jesulín desplegaba en todos los programas rosa de la tele sus cada vez más frecuentes líos, entre ellos los romances del padre de Jesulín, Humberto, que a su avanzada edad se mostraba como un auténtico donjuán y que llegó a abandonar a su mujer, la madre de Jesulín, que traía adosada a su hermana, Lali Bazán, una rubia teñida con muchas ganas de aparecer en la pequeña pantalla (ahora, a juzgar por las que hay en los bares, no tan pequeña). María José siguió sumando puntos en su cuenta de malvada de cuento cuando se descubrió que había montado un lío con la pensión de la seguridad social de su madre, falsamente inválida.

Belén aparecía esporádicamente en televisión y sus intervenciones conseguían un gran índice de audiencia. Ana Rosa Quintana tomó buena nota y la hizo colaboradora fija de su programa matutino. Belén se caracterizaba por decir lo que pensaba y sus opiniones seguían sintonizando con los espectadores castizos, que la veían como una Cenicienta… y diabética, enfermedad que a menudo la hace ser ingresada de urgencia. Era tan Cenicienta que cuando decidió casarse con su novio, un camarero de su barrio, ningún gran modisto quiso confeccionarle su vestido. (Paradójicamente, o no, y al parecer, sí tiene un cirujano estético de cabecera, que va estirándole y quitándole de aquí y allá con notable periodicidad). Con ese episodio nupcial, Belén pasó a la tarde, donde Jorge Javier Vázquez, en Sálvame, explota al máximo su desparpajo. Convertida en la gran estrella de Tele 5, Belén es imprescindible: como los jurados de Más que baile querían que saliera del concurso por su incapacidad para coordinar los movimientos, la cadena tuvo que presionar a la productora para que la mantuvieran en el concurso, donde sigue fascinando a la audiencia.

(Esta biografía refleja el daño que la televisión regulada causa en el cerebro de una persona medianamente sana.)

 

En mi tele soñada también saldría Belén Esteban, y quizá tendría su propio programa de cinco horas, pero habría muchas otras cosas: cine africano y de Bollywood y de Europa, literatura, pensamiento, porno, ciencia, viajes, comida, dibujos animados, entrevistas largas, documentales… La tdt camina hacia la televisión de pago, y ya ha dado muchos pasos en esa dirección: no me parecería mal si esa televisión no fuera también una televisión sin libertad de emisión. ~

 

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