Cinco argumentos antiatómicos irrefutables

Cinco razones de peso para cuestionarse el uso continuo de la energía nuclear
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Primer argumento: La vulnerabilidad de las centrales nucleares.

Las explosiones en el reactor 4 de Fukushima, son, hasta nueva orden, la mayor catástrofe atómica de la historia, y vienen a recordarnos lo que parecía exitosamente reprimido en el inconsciente colectivo: que vivimos en un mundo permanentemente al borde del infierno nuclear. Ya, hasta antes de ella, se habían registrado 63 accidentes en centrales nucleares –en Three Miles Island y en Chernóbil, ¿cómo olvidarlo?, pero también en Checoslovaquia, Rusia, Francia, Suiza, Alemania y Japón–, dejando un saldo de decenas de muertos y miríadas de víctimas tardías de la radiación, amén de las miles de hectáreas devastadas por siglos. Eso sin contar todas las averías y disfunciones que pudieron desembocar en accidentes nucleares pero que pudieron ser reparadas a tiempo, los llamados incidentes nucleares de reporte obligatorio, cuyo número llega a abrumar: 5 670 –tan sólo en Alemania

Llegar a creer que, con sus burdas manitas, la humanidad podía domeñar las fuerzas desatadas del átomo es el mayor, y el más fatal, de todos sus actos de soberbia.

 

Segundo argumento: La falta de depósito final para los desechos radiactivos.

En los 65 años que van de la Era Nuclear, la humanidad ha producido aproximadamente 300 mil toneladas de residuos nucleares, a las que se le suman 12 mil anuales, sin que hasta la fecha se haya encontrado una solución definitiva para deshacerse de ellos. Si consideramos que su vida media es de entre 24 mil (plutonio 239) y 15.7 millones de años (yodo 129), ese propósito resulta a todas luces insensato, pues ¿dónde almacenar con seguridad absoluta las sustancias más contaminantes y longevas que ha producido el hombre? ¿Enterrarlas? ¿Mas en qué recóndito intestino de la tierra se garantiza la ausencia total de movimientos tectónicos? ¿Hundirlas? ¿Pero en qué parte de las profundidades marinas puede predecirse a ciencia cierta que no emergerá un nuevo volcán o se abrirá un nuevo abismo? ¿Desterrarlas al espacio? ¿Y quién nos asegura que no se producirá un accidente en alguno de los más de 5000 despegues necesarios para esa colosal misión? Y, además: ¿qué institución inmortal sería la responsable de administrar cualquiera de las alternativas propuestas?

 

Tercer  argumento: La amenaza del terrorismo nuclear.

Casi raya en el milagro que hasta ahora todavía no se haya producido ningún ataque terrorista a una planta nuclear. Las posibilidades son abundantes:

– Un ataque aéreo: Realmente no hace falta leer el estudio de Greenpeace para darse cuenta de que los métodos de defensa propuestos hasta el momento (una barrera de niebla para ocultar el reactor o un cordón de elevadas torres a su alrededor) no son solo infantilmente inefectivos sino, peor aún, contraproducentes –ellos mismos pueden ser usados como instrumentos de ataque: Aprovechando la niebla para atacar por tierra o derribando alguna torre sobre el reactor.

– Un atentado cibernético: De hecho, el programa para llevarlo a cabo ya existe. Se llama Stuxnet y fue diseñado para perturbar procesos en plantas nucleares. Si bien hasta ahora únicamente se ha usado –nadie sabe por quién, pero todos lo imaginamos– para sabotear el programa atómico de Irán, es sólo cuestión de tiempo hasta que un devoto hermano del terror logre reescribirlo y…

Además hay que considerar la posibilidad de un ataque con una “bomba sucia”. Ya en una ocasión fue detenido un grupo de extremistas musulmanes que se encontraba en poder de desechos radiactivos suficientes para construir una bomba nuclear. En este momento se desconoce el paradero de 2 285 esferas de material radiactivo, desaparecidas del Centro de Investigaciones de Jülich, Alemania.

 

Cuarto argumento: El agotamiento del uranio.

Actualmente existen 443 centrales nucleares en funcionamiento, 62 en proceso de construcción, 83 en la fase de planeación y 130 en proceso de aprobación –muchas de ellas, por cierto, en zonas de alto riesgo sísmico. Y la tragedia de Fukushima no ha menoscabado en lo más mínimo ese furor constructor. Por otro lado, si bien la fecha varía (para algunos, en 20 años, para otros, en 50 y, para unos más, en 100), es indiscutible que el uranio se agotará, con lo cual todas esas plantas atómicas acabarán por convertirse en cascarones baldíos, plantados en una tierra emponzoñada. Seamos realistas: La producción de energía nuclear es un breve –y cada día más siniestro– callejón sin salida.

 

Quinto argumento: El freno al desarrollo de tecnologías para la producción de energías ecológicas.

El principio es muy simple: La naturaleza humana tiende a la placidez. Solo si hace falta, el hombre se pone a pensar e inventar. De ahí que, mientras siga existiendo energía atómica, faltará el incentivo más poderoso para invertir los recursos requeridos, tanto financieros como intelectuales, en el desarrollo de tecnologías energéticas ecológicas: la urgencia de la necesidad –mater artium necessita. De hecho existe ya una alternativa, asaz prometedora, para abastecer con energía solar al 90% de la población mundial, tan sólo a la espera de los fondos y el desarrollo del Know-how requeridos para realizarla: el Proyecto Desertec.

 

(Fuente de la imagen)

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